Los premios Ariel 2019 supieron distinto, no solo porque es la primera vez que se realiza la gala en la Cineteca Nacional; no solo porque hubo protestas hacia los recortes presupuestales en distintas áreas artísticas y culturales en México, también porque las mujeres de la industria cinematográfica declararon #YaEsHora.

Con pañuelos rojos en sus muñecas izquierdas, directoras como Alejandra Márquez Abella (Las niñas bien) y Lila Avilés (La camarista), decenas de actrices como Ilse Salas, Gabriela de la Garza, Irene Azuela, Cassandra Ciangherotti, Sophie Alexander-Katz, periodistas, guionistas y productoras tomaron antesala de los premios Ariel 2019 para lanzar este movimiento que exige igualdad de oportunidades de trabajo para mujeres en la industria del cine.

Esta vez no se trata solo de actrices haciendo señalamientos de abuso sexual contra poderosos de la industria, se trata de una colectiva de mujeres de todos los ámbitos del cine, organizadas para exigir derechos puntuales: tolerancia cero a la violencia de género, paridad laboral e historias con perspectiva de género.

El objetivo es crear un espacio seguro y justo para todas las mujeres de la industria del cine. No se necesita ser víctima directa de violencia de género para luchar en contra de esta y como comentaron algunas de las integrantes de esta iniciativa, tampoco es exclusiva de una industria ni de una manifestación artística.

“Es un movimiento que no solo tiene que ver con las mujeres que trabajamos en el cine”, comentó la actriz Sophie Alexander-Katz (Las horas más oscuras de nosotras) previo a la 61ª ceremonia de entrega de los premios Ariel. “Somos las que impulsamos el movimiento porque en realidad somos las pocas que podemos tener un micrófono, que tenemos ese privilegio. Pero la idea es que sea un movimiento horizontal que represente a todas las mujeres mexicanas”.

En la industria del cine, por ejemplo, las violencias sexistas y la discriminación por género pueden reflejarse en una diferencia significativa entre el pago de actores y actrices que tienen el mismo peso en una producción. “La verdad es que no he pasado por ninguna cosa como acoso fuerte o que pueda ser traumático, pero sí de repente he sabido que le pagaron mejor a un compañero o siento que escuchan más las ideas que vienen de los hombres que las que vienen de mí”, explicó la actriz Cassandra Ciangherotti (Solteras) en su paso por la alfombra de los premios Ariel 2019, minutos antes del lanzamiento de #YaEsHora. “Creo que he tenido que agarrar mucho carácter y fuerza para hacerme escuchar en los sets y para que se escuchen y respeten las ideas que tengo”.

#YaEsHora es una respuesta a estas situaciones, una plataforma y una red de seguridad para mejorar la vida de todas las mujeres involucradas en esta industria y más allá. “Está atendiendo un poco este despertar femenino donde las mujeres creo ya estamos cansadas del acoso”, agregó Ciangherotti. “Como gremio nos correspondía un poco estar presentes también y poner un alto a los acosos y abusos que pueden llegar a sufrir en nuestra industria”.

Recordando el (primer) Me Too mexicano

Antes del #MeToo mexicano que explotó en redes sociales en marzo de 2019, hubo otros intentos para sacar a la luz los abusos de la industria del entretenimiento en este país. Pero para analizar esa historia, hay que regresar al inicio de este movimiento a nivel internacional.

En octubre de 2017, la industria cinematográfica estadounidense fue sacudida por las acusaciones de abuso sexual contra Harvey Weinstein, que entonces era uno de los hombres más poderosos de Hollywood. Esa situación dio pie al movimiento #MeToo y a la creación de la organización de apoyo Time’s Up. El intento mexicano de replicar este movimiento social y mediático contra la violencia sexual no tuvo la misma suerte y se diluyó a las pocas semanas de iniciado.

Año y medio después de que una investigación del New York Times y The New Yorker revelara las acusaciones en su contra, Harvey Weinstein ya no trabaja en su compañía, su esposa se divorció de él y es sujeto de investigación criminal por los testimonios de al menos seis mujeres. Su caída desencadenó una serie de acusaciones similares en contra de otros hombres en posiciones de poder en la industria del entretenimiento estadounidense: el director Brett Ratner, el actor Kevin Spacey, el comediante Louis C.K. y el director Bryan Singer son algunos de los afectados por el “efecto Weinstein”.

En México la historia fue muy distinta. En febrero de 2018, la periodista Carmen Aristegui entrevistó en la cadena CNN a celebridades mexicanas acerca de las violencias machistas que ellas mismas habrían padecido en la industria nacional. Las actrices Karla Souza y Stephanie Sigman y la comediante Sofía Niño de Rivera hablaron a cuadro sobre sus propios casos de acoso y de abuso sexual. Sin embargo, en lugar de impulsar una versión local del #MeToo, estas entrevistas resultaron en burlas y ataques en contra de las denunciantes.

El intento de encender una llama de indignación en la sociedad mexicana no funcionó. Las entrevistas, transmitidas por televisión de paga y replicadas en línea, generaron encabezados escandalosos y las reacciones populares fueron principalmente contra Souza por negarse a dar el nombre de a quien señaló como su violador y contra Niño de Rivera por nombrar directamente al conductor y periodista Ricardo Rocha por algo que muchos ni siquiera consideraron digno de denunciarse: actitudes machistas.

La industria nacional del entretenimiento no se inmutó ante la posibilidad de que entre sus filas se escondieran abusadores y acosadores. Más de un año después de estas entrevistas, no ha habido otro intento mediático de peso para denunciar violencias machistas en los gremios del cine o la televisión mexicanos. Solo surgió el @MeTooCineMx el 24 de marzo de 2019, que se unió a la ola de señalamientos, pero no obtuvo tanta fuerza como #MeTooEscritoresMexicanos o las cuentas que hablaron de violencia sexual en el campo de la música y el periodismo.

“Los intentos de llevar a cabo aquí una réplica exitosa del #MeToo quedaron muy limitados a iniciativas de la sociedad civil que fueron potentes pero muy efímeras y que nunca fueron vinculantes hacia los usos y costumbres de la industria”, dice en entrevista Sergio Huidobro, periodista especializado para el programa Mi cine, tu cine en Canal Once y medios como La Tempestad y SectorCine. “Lo más grave en el campo del cine es que prácticamente todas las instituciones relacionadas (la Academia Mexicana de Cine, las casas productoras y los medios especializados) fueron muy indiferentes hacia estas historias”.

Una de las barreras que parece haber impedido que germinara un movimiento concreto es la cultura patriarcal, machista y de impunidad que hay en México, un país en el que cada día son asesinadas nueve mujeres y niñas. “Vivimos en una sociedad que no quiere pensar en eso, se rehúsa muchísimo. Hay muchos mecanismos de defensa en los que se buscan las respuestas fáciles ante lo que te incomoda y te provoca frustración”, cuenta en entrevista Jessica Oliva, editora en jefe de la revista especializada Cine Premiere. “Esta sociedad no quiere reconocer que hay una violencia sistemática de género. Es mucho más fácil y cómodo y te da una falsa paz mental pensar que eso no existe”.

Esta perspectiva es compartida por otros miembros de la prensa especializada, como la periodista de Proceso Columba Vértiz, que habló sobre el tema en un panel sobre la presencia de las mujeres en el periodismo de cine en México en la séptima edición del Festival Internacional de Cine de Los Cabos: “Esta sociedad no acepta que estamos en esta situación porque todavía es muy fuerte el conservadurismo en México y son más satanizadas y criticadas las mujeres que salieron a denunciar, de alguna manera les fue peor que a los acusados”.

De izq. a der.: Adriana Fernández, Columba Vértiz, Saraí Campech e Hipatia Argüero (Cortesía Los Cabos Film Fest)
De izq. a der.: Adriana Fernández, Columba Vértiz, Saraí Campech e Hipatia Argüero (Cortesía Los Cabos Film Fest)

A estos obstáculos sociales y culturales se sumó un trabajo periodístico poco riguroso, pues a pesar de las intenciones de denuncia detrás de las entrevistas, las historias fueron refutadas debido a su falta de pruebas y las denunciantes vivieron un proceso de revictimización. “Carmen Aristegui es una periodista que respeto profundamente, pero creo que estos casos no se manejaron bien a nivel periodístico”, agrega Jessica Oliva. “Todo estuvo centrado en los testimonios y tienes que blindar tu reportaje precisamente porque te estás enfrentando a una sociedad que le va a querer encontrar mil fugas a tu historia. Como periodista no puedes sacar nada si no tienes otras fuentes, otras evidencias, documentos”.

Parte fundamental de por qué funcionó el #MeToo en Estados Unidos fue precisamente el trabajo periodístico exhaustivo sobre el que sentó sus bases. “Era una olla de presión a punto de explotar. Ya había una cantidad de testigos, de años, de historias, todo mundo lo sabía, era imposible negarlo al menos en el caso de Weinstein”, explica Hipatia Argüero, crítica de cine para la revista Nexos y para Mi cine, tu cine en Once TV. “La investigación fue larguísima, recolectaron decenas de testimonios, porque es tu voz contra la de alguien más. Cuando son más de 30 voces o cientos, es muy difícil decir ‘todas están mintiendo’”.

En el mismo ciclo de entrevistas de Carmen Aristegui, la periodista Sabina Berman acusó erróneamente al director de casting de una película mexicana estrenada en 2014 de acoso sexual contra las actrices que aspiraban al papel principal de esa cinta. Después de que actrices y otros miembros de la industria se pronunciaran en defensa del señalado, Berman rectificó y retiró sus señalamientos.

“Ese es el tipo de cosas que suceden en total detrimento del movimiento. Esas equivocaciones son justo las que terminan de afectar algo que realmente pasa”, reflexiona Oliva. “Estas cosas suceden, pero tu trabajo como periodista es encontrarlo y sustentarlo y evidenciarlo, no basta con abrir los micrófonos a las víctimas. La única forma en que el periodismo va a ser aliado de las víctimas es con ese rigor y responsabilidad, no se puede de otra forma”.

Para Adriana Fernández, crítica de cine para Reforma y Radio Red, otro punto de responsabilidad está en la misma concepción de MeToo, que en algunos momentos ella ya siente como una “cacería de brujas”. “Ahora en Estados Unidos hasta hay una persona que vigila las escenas de cama para ver que no vaya a pasarse de lanza cualquiera de los dos. Eso cae en la exageración”, dijo en un panel sobre mujeres en el periodismo de cine en el Festival Internacional de Cine de Los Cabos. “Tiene que existir una responsabilidad por parte de los medios y pues si existen estos casos de abuso, que realmente queden bien documentados, con pruebas”. De otra forma, “pareciera que fue algo que se quiso hacer para perjudicar a alguien”, lo que resulta contraproducente.

‘Tienes que creerle a las víctimas’

En casos como los del #MeToo, en los que los abusos y acosos a veces sucedieron décadas atrás, puede resultar complicado encontrar evidencia tangible y contundente para respaldar los testimonios personales. “Tienes que creerle a las víctimas pero también tienes que sustentar tu reportaje en investigación para que tu historia sea irrefutable y de esa forma protejas a tu fuente”, agrega Oliva.

¿Cómo se encuentra un balance entre la necesidad de rigor periodístico y la falta de pruebas para sostener una denuncia? “Tenemos una responsabilidad de pensarlo muy bien, pero estamos hablando de casos en los que no hay pruebas, no existen”, reflexiona Hipatia Argüero. “Muchas veces son casos que suceden de una manera que a lo mejor ni siquiera te diste cuenta porque nos educaron a que nuestra incomodidad momentánea es menos importante que el deseo de esa persona que se está imponiendo sobre mí”.

“Estamos en un país en el que denuncias una violación y te vejan, sales tú culpada”, agrega Argüero, quien señala además que la percepción del victimario suele ser muy distinta de la de la víctima. “Probablemente el perpetrador no lo recuerda como eso, ni siquiera lo pensó porque él no tuvo que digerir eso porque fue un día más para él y para ti fue ‘el día que me violaron’”.

¿Es necesario un #MeToo mexicano?

Los primeros intentos fracasaron, pero es necesario abordar la presencia de violencias machistas en la industria del cine y el entretenimiento en México. No solo en cuanto a temas de acoso o abuso sexual, sino en cuanto a representación, equidad e igualdad de oportunidades. “Hay una necesidad muy grande de empezar a analizar los contenidos a partir de cómo se están representando temas de género, temas de violencia, todo lo que nos está pasando ahorita como sociedad”, explica Hipatia Argüero. “No es que antes no pasara, casi todos los aspectos de la sociedad siempre han sido terriblemente misóginos, pero en este momento hay un despertar clave”.

Así como sucedió con Harvey Weinstein y Kevin Spacey en Estados Unidos, hay secretos a voces en la industria mexicana que sin embargo no han dado pie a seguimientos ni investigaciones. “Son historias que conocemos. Todos tenemos una amiga, una conocida, actriz, guionista, que ha pasado por algo así”, agrega Huidobro. “Quizá no por una violación o violencia física, pero sí por un condicionamiento de género que se puede expresar de muchísimas formas, en diferencias salariales, en falta de oportunidades laborales, en el rechazo de personajes femeninos complejos”.

“La comunidad cinematográfica desde productores, realizadores, actrices, actores, guionistas, deben tener una visión a mediano y largo plazo sobre la perspectiva de género”, agrega Huidobro, quien señala la ironía de que mientras la sociedad civil comienza a rechazar las violencias machistas, las producciones mexicanas más exitosas en taquilla fallen en cómo llevar a los personajes femeninos. “Su tratamiento de la sexualidad femenina o el despertar sexual... supongo que por buenas intenciones, los guionistas pretenden que sean empoderadores, pero realmente son de una torpeza brutal”.

La normalización de las conductas tóxicas ha resultado en un velo de silencio alrededor de estos hechos. “Este silenciamiento es muy nocivo. Los casos de acoso, de violencia, de micromachismos, de estructuras patriarcales, de cuotas de género en el peor sentido de esa expresión, están muy normalizados en el medio”, dice Sergio Huidobro. “Es grave y no alcanzo a entender por qué cuando existe un testimonio público, quizá en redes sociales, se topa con el mismo silenciamiento público”.

Esto refleja la situación de millones de mujeres en todo el país, que enfrentan acoso y riesgo de violencia todos los días y que cuando denuncian se topan con una resistencia a creerles y a apoyarlas. “Estamos en pañales en muchos sentidos y es terrible todos los días despertar con casos de feminicidios, con estados donde se niegan a poner la alerta de género”, dice Hipatia Argüero. “Claro que en este país ese tipo de abusos se consideran menores y por supuesto que no van a despertar una investigación, pero sí van a despertar mucha reticencia y mucha duda y mucho ‘es que creo que lo hizo por la fama’”.

El siguiente paso

Para Sergio Huidobro sería importante “abrir las ventanas, las puertas de la industria, para airearla un poco y reconocer que sí, que las instituciones culturales están permeadas por el mismo problema, por la violencia de género”.

“El primer paso para resolver el problema es reconocerlo como propio, vernos en el espejo de la industria, como hombres pero también como personas activas de la industria, que esto incluye a las mujeres”, dice el periodista. “Las mujeres tienen que apropiarse de sus historias, hablar en primera persona; los hombres tienen que atreverse a escucharlas. Tenemos que escuchar estas historias y admitir el problema como algo que se tiene que solucionar ya”.

Justo este mismo discurso es el que tuvo ayer la directora Alejandra Márquez Abella en los premios Ariel 2019.

El clima de impunidad y machismo en México tampoco ayuda, pues entre lo difícil que puede ser denunciar un caso como los expuestos por estas mujeres y el rechazo automático de un sector de la población a procesar esa información, la reticencia a darle seguimiento a los casos es alta. “Vivimos en un país en el que ya sabemos que la justicia no existe, lo vemos con la violencia y los desaparecidos y la corrupción, todo eso también nos afecta en ese aspecto para querer arreglar este problema de agresiones a las mujeres”, dijo Columba Vértiz en Los Cabos. “No ha habido una organización o grupo que realmente haga algo más serio e investigue. Falta iniciativa en ese aspecto”.

Además de involucrarse en la investigación exhaustiva de casos de acoso y abuso en la industria, los medios de comunicación podrían convertirse en foros para abrir la conversación alrededor de la violencia de género. “Todos tenemos al patriarcado interiorizado y eso quiere decir que todos estamos en el mismo barco, no somos unos contra otros”, reflexiona Jessica Oliva. “Podemos ser un puente, un decodificador. La nota, el artículo o el reportaje ya no son suficientes y las redes sociales son una cámara de eco donde la gente refuerza sus propias opiniones”.

Ante la posibilidad de indagar y sacar a la luz casos de violencia sexual en una industria, se plantea la necesidad de desarrollar protocolos y de sentar las bases de una investigación sólida. “Creo que todos, tanto medios como sociedad, apenas estamos tratando de ver cómo se manejan esas cosas. ¿Qué hacemos cuando esto sucede por primera vez?”, pregunta Oliva. “No hay protocolos, nadie sabe bien qué hacer, cómo actuar… vamos a tener muchos errores en el camino de nuestro #MeToo mexicano”.

La lucha, sin embargo, no es imposible, pues como apuntó en Los Cabos Columba Vértiz: “Todavía falta mucho que recorrer, pero espero que las puertas se vayan abriendo y empecemos juntos tanto hombres como mujeres a tener diálogos y planteamientos para esta problemática”.

Ante el fracaso de replicar un #MeToo en el cine mexicano, surge #YaEsHora, un nuevo movimiento que pretende lograr ese ambiente laboral equitativo y seguro para las mujeres. En su manifiesto, dicha colectiva expone: “Esto ha sucedido en otros países desde hace varios años y ha tardado en ocurrir en Latinoamérica. ¿Ya podemos decirlo? Hace algunos meses hubo un estallido que era inminente y como mujeres de la industria abrimos una conversación. Con todas nuestras diferencias, nosotras coincidimos en algo: La única solución es hacer comunidad para transformar la industria”. Será tarea no solo de ellas, sino de toda la sociedad hacer que se logre.