César Luis Menotti consiguió levantar el Mundial de 1978 en el que Argentina ejercía de anfitrión y aun así tuvo que pedir disculpas: "Me equivoqué no llevando a Diego". Maradona por aquel entonces tenía apenas 17 años pero ya dominaba en la liga argentina, su talento no se podía ocultar más pero su edad y carácter ponían en peligro la cohesión del grupo que acabó alzándose como Campeón del Mundo.

Muchos esperaban ver en el Diego la reencarnación del adolescente Pelé de 1958. Tuvo que esperar al siguiente torneo para gozar del protagonismo esperado: Argentina confiaba en un Maradona consagrado pero aún con 21 años. Si bien en la primera fase de grupos salvó a la albiceleste contra Hungría, nada pudo hacer en las abultadas derrotas ante Italia y Brasil. El primer intento de abordaje al Mundial era un fracaso sonoro para Maradona pero quedaba mucho camino por recorrer.

El Mundial de 1986 llegaba con Diego ya asentado en Europa, después de dos años en Barcelona y en pleno idilio napolitano. Maradona estaba llegando a su mejor momento y aquel torneo era una oportunidad única para una plantilla en estado de gracia. Si bien Jorge Valdano evitó problemas mayores en la fase de grupos, Maradona se hizo cargo de las eliminatorias.

22 de junio de 1986, Estadio Azteca: el día del "10"

En cuartos de final esperaba a Inglaterra, aún con heridas abiertas por la Guerra de las Malvinas de cuatro años antes, la albiceleste tenían la oportunidad de ganar algo más que un partido. En el minuto 51, el defensa inglés Hodge cometió un error infantil con un despeje hacia su portería, Shilton apenas saltó confiado de atrapar el balón pero Maradona saltó con el corazón —y con una ayuda—.

Aquel puño que empujó el balón y que solo el árbitro no vio fue denominado por el propio futbolista como la "Mano de Dios". Aunque poco tardaría el público del Azteca en ver otra aparición divina: el "10" arrancó en su propio campo y comenzó a esquivar ingleses. Hohhle, Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y Shilton persiguieron su sombra y aún le buscan. Diego quería la copa.

La puntualidad del líder

En semifinales el discurso fue el mismo. Igualdad hasta que Maradona aparecía. Dos goles suyos desnivelaron la balanza ante Bélgica y abrían el camino a la final. El desenlace fue una cita ineludible en la que parecía casi que no se le necesitaba: Argentina controló el choque y llegó a colocarse 2-0 antes de que Alemania Federal sacase su permanente poderío aéreo para empatar el choque en dos saques de esquina.

Cuando los de Bilardo aún estaban pensando cómo se les había escapado la ventaja, apareció Maradona; apenas tres minutos después de la igualada de Völler. Un esférico sin dueño en la medular al que llegó el "10" y le dio sentido a todo: al primer toque metió un pase al espacio que dejó a Burruchaga mano a mano con el meta y definió con la tranquilidad de quien se sabe campeón por tener a un todopoderoso en su equipo. Maradona era omnipotente en ese momento y daba la razón a un Bilardo que le eligió como capitán regalando una imagen emblemática: Diego levantando la copa. Decidió adueñarse del trofeo y no dio opciones al resto. De hecho, su actuación en aquel verano aún marca un listón muy alto para la actualidad argentina.