En una de las múltiples dimensiones paralelas que hay en el multiverso, Dimitri es uno de los protagonistas que recrea sobre un ring la lucha entre el bien y el mal, porque eso es un cuadrilátero, un espacio en donde se proyecta la batalla campal entre dioses, semidioses y sapiens. En esta realidad, donde convergen 9 mil millones de humanos, ese enmascarado también tiene otra identidad, la del escritor Aldo Rosales, cronista, cuentista y poeta nacido en 1986 en la Ciudad de México que ha escrito ocho libros; tres serán publicados este 2019.

Hace 12 años se unieron en este mundo, pero ahora viven separados, cada uno en su planeta. Todo comenzó en 2007 cuando uno de sus compañeros de la universidad le confesó que su papá era peleador de lucha libre de la periferia de la metrópoli y le preguntó su opinión acerca de este deporte. Aldo le respondió que eso era un pinche circo, un teatro, y una ridiculez. Ante esto le recomendó que viera las funciones de la Comisión Mundial que se transmitían en la televisión para que se diera cuenta de que era más de lo que pensaba. Las vi una y otra vez. Me gustaron tanto que me quise convertir en luchador y me metí al gimnasio a hacer pesas. Un día vi un lugar donde daban clases, pero tres días antes de iniciar conocí a mi sensei de Ninjutsu, para entonces yo no diferenciaba entre el arte marcial y la lucha libre. Yo creía que iba ser fácil, que bastaban dos meses de entrenamiento para debutar. Fue un encontronazo con la realidad. Ríe.

En la génesis de su adiestramiento cayó, sin saberlo, en la esquina equivocada: el bando rudo lo recibió con la hostilidad de los nietos de Pedro Téllez, el Químico, su maestro, como yo no sabía caer se burlaban de mí. Me empecé a lastimar mucho porque no sabía maromear, no sabía recibir los movimientos y sobre todo, no reposaba, lo que me causó lesiones que tengo hasta ahora. Se salió. Continuó con su preparación en ninjutsu hasta que vio una entrevista con Dos Caras, una de las leyendas del pancracio mexicano, decir que para ser buen peleador, primero hay que conocer lucha olímpica; entonces me dije: ah, debe ser eso. Así comencé a entrenarla. Al mismo tiempo el Químico se enfermó de gravedad y dejó de dar clases; en su lugar quedó uno de sus nietos, uno que era muy manchado, por lo que preferí seguir mejor con las artes marciales mixtas. Primera caída: el perdedor, Dimitri.

La idea de ser escritor le llegó a los 16 años. A pesar de ser autor de ocho libros considera que aún no llena la palabra, que le falta enfrentarse consigo mismo, su adversario más poderoso, en el coliseo de su mente donde se producen las imágenes, voces y escenas que describe en la pantalla en blanco de su computadora. Es coordinador del taller de Creación Literaria en FARO Indios Verdes; ha sido becario del Fonca y ganó en 2018 el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Cuando obtuvo la beca de Jóvenes Creadores ya tenía publicados Luego, tal vez, seguir andando, Entre cuatro esquinas, La luz de las tres de la tarde y El filo del cuerpo, pero sentía que el reconocimiento a su trabajo no llegaba en la forma en que lo esperaba. Tampoco tenía dinero y lo poco que guardaba se iba muy aprisa así que decidió invertirlo en un puesto de tacos de guisado frente a la FES Cuatitlán, pero fue un fracaso. No vendía. Aldo Rosales le daba una patada voladora a Dimitri, su alter ego. La escritura contra la lucha libre. El lado racional contra el lado animal, la fuerza bruta contra la inteligencia, el narrador contra el gladiador.

En medio de esa angustia, uno de sus amigos le pidió que escribiera una serie de crónicas sobre la periferia de pobreza y violencia que hay entre la Ciudad de México y el Edomex usando a la hora de redactar la tristeza y el pesimismo que le causaba el mal negocio de los tacos de guisado. Toda la frustración de sentir de que no vendía y estar más tiempo en la calle me permitió escribir el libro Tren Suburbano, una obra muy mexiquense, muy descarnada. Mi amigo Benjamin Morales me recomendó que volcara mi frustración en lo que veía en las calles. Que lo hiciera con el dolor que estaba sintiendo. Cuando crees que has tocado fondo, otros caen más profundo. Lo cuenta en su crónica El común denominador, donde describe que en un viaje por bicicleta se encontró a un migrante hondureño cubriéndose bajo la lluvia, se acercó, conversaron y le preguntó si ya había comido; le dio su manzana. Lo que más le sorprendió fue ver a una persona con tanta hambre devorarse la fruta con todo y huesos. Tren Suburbano es un libro muy doloroso; no sé qué tan buenas crónicas tenga, pero sí sé que están hechas con las tripas. Me dediqué a retratar la vida dura de la periferia y no la vida de sacar a pasear a tu perro.

Al mismo tiempo que perdía su dinero en ese mal negocio concursó y ganó la beca del Fonca (2016–2017) lo que le ayudó a retransformar su vida; fue un aliviane; me permitió cambiar mi forma de vida radicalmente, me permitió estar tranquilo, pensar mi proyecto con más claridad. Sentí una suerte de justicia después de tanto tiempo de intentarlo. Añade que después de esto pudo escribir con más calma y me dio un poco de reconocimiento. Me alivianó más en el sentido de la lana y me permitió realizar un viaje más intimista, explorar otros temas más allá del dolor y preocupación que conlleva no tener dinero, más allá de las personas pauperizadas, del lumpen proletariado. Comencé a explorar otros temas que no fueran la vida sin dinero dinero.

Entonces se apareció Dimitri otra vez volando sobre la tercera cuerda hacia fuera del ring, como un misil con destino hacia el escritor, que no lo esperaba.

En uno de los caprichosos e inexplicables giros de la vida se mudó hacia Cuautitlán, Estado de México, y allí conoció a su segundo maestro de lucha libre: El árabe loco, discípulo de su primer entrenador, Pedro Téllez. Ya no era en el inicio. Ahora tenía más conocimientos acerca de los movimientos del cuerpo, cómo pararse frente a un rival. Sabía lucha olímpica y artes marciales, sabía caer, realizar acrobacias, maromas y llaveos. Al ver sus avances le llegó la oferta deseada: ¿Te gustaría debutar?. Ya tenía 28 años. Iba a ser compañero del hijo del entrenador. Comenzó a cuidar la dieta, construir al personaje que iba a subirlo al ring para enfrentar los aplausos y abucheos del público, pero de pronto me agarró el pánico escénico y dejé de ir. Me desaparecí sin decir nada. Segunda caída: ganaba el narrador.

Sonó la campana de la tercera caída. Dimitri y el escritor estaban empatados. Ya había pasado el tiempo. El árabe loco y su hijo, con quien supuestamente harían una pareja arriba del ring, lo volvieron a contactar para invitarlo a pelear en una nueva arena que iban a abrir en Cuautitlán, coliseo El Socorro, donde lo podían incluir en el cartel. Ahora sí ya súbete; me la debes desde la vez anterior, escuchó. Se quedó paralizado otra vez. En ese momento de oscura iluminación se dio cuenta de que al final no quería ser luchador, que no era lo suyo como había creído en los últimos años. Creo que no me quiero subir al ring, no sé qué me pasó. Quizá no tengo ese extra que todos tenemos. La verdad me dio miedo, no sé por qué. No tengo esa chispa. No luchas para ti, luchas para el público. Tercera caída: termina el juego.

Los cuentos que escribo no son de la lucha libre como espectáculo, sino sobre el cuerpo. Me interesa la épica moderna de los peleadores, dignificar su imagen. Hay textos sobre box y lucha que no son leales a la corporeidad, en lo kinestésico quedan a deber. Hablan de que un peleador “entrenó”, pero no dicen cómo o como Taibo II que dice que un luchador hizo una tijera solo lo cual es una falta de respeto para los deportistas y los lectores por su falta de conocimiento sobre lo que supuestamente sabe y publica, dice tras tomarle otro sorbo a café frappé, su cuerpo no es el del clásico escritor que se deja crecer el estómago; es la de un hombre musculoso con voz pausada, ojos que observan sin invadir, pero que leen con minuciosidad lo que observan. La pluma de su mirada es un microscopio que se acerca hasta los mínimos detalles, los casi invisibles, los que sólo conocen los peleadores profesionales como el realizar una llave bien aplicada o cómo hacerle para no lastimar al contrincante; le interesa que sus lectores sepan qué se siente dar una maroma, qué se siente el dolor, qué se siente pegar un golpe. La documentación como camino, la experimentación en cuerpo propio como método a la hora de escribir con congruencia y precisión.

Texto publicado originalmente en Medium