Cuando hablamos de seda, las primeras imágenes que vienen a la mente están más relacionadas con Asia que con Oaxaca o San Luis Potosí. Sin embargo, estos estados mexicanos son productores de una fibra de alto lujo cuya tradición de más de 500 años ha estado en riesgo de desaparecer. A través de su estudio independiente Chuen, la diseñadora y arquitecta mexicana Cristina Pérez-Reyes quiere detener esa amenaza y ayudar a los productores locales a comercializar la seda oaxaqueña a precios justos y a nivel internacional.

“La existencia de la seda mexicana, hecha con gusano de seda oaxaqueño, ha causado mucha sorpresa incluso entre la gente de la industria textil”, dice en entrevista Cristina Pérez-Reyes. “Es una tradición que tiene más de 500 años en México y ha estado a punto de desaparecer”.

La intensa curiosidad de Cristina y su interés en compartir cultura y educación a través del diseño y el arte la llevaron a recorrer México en busca de inspiración. “Llegamos a Oaxaca, donde nos encontramos con esta fibra maravillosa hilada a mano y cultivada por ellos y empezamos a investigar todo lo que había detrás de esta tradición que prácticamente solo siguen cultivando cinco familias”.

El nombre del estudio de diseño de Pérez-Reyes, Chuen, representa la creatividad y la creación. Chuen es el símbolo maya del calendario Tzolkin del mono artesano que teje los hilos de la vida y las cuerdas del tiempo. Mediante su trabajo en este estudio, la arquitecta quiere generar un cambio sustentable en la manera de hacer negocios con las industrias creativas y los artesanos mexicanos.

“Los mismos papás ya no quieren que sus hijos sean artesanos”, cuenta sobre el panorama que encontró en las comunidades zapotecas de la Sierra Oaxqueña donde buscó a sus nuevos colaboradores. “Pero hay chicos que han estudiado en el extranjero y regresaron porque conocen el valor de sus raíces y están más abiertos al desarrollo y a una oportunidad de negocio a largo plazo”.

En una sociedad de consumo voraz e inmediato donde el consumidor prefiere regatearle al artesano y gastar en fast fashion que invertir en prendas de calidad, la producción artesanal mexicana ha quedado marginada. Para Cristina Pérez-Reyes esta connotación debe quedar atrás: “Necesitamos la noción de que podemos hacer cosas maravillosas. México tiene una capacidad de factura increíble y que puede profesionalizarse y llegar a un nivel competitivo a nivel internacional de alto valor”.

El miedo a la explotación

Cristina estaba consciente de que para lograr una colaboración sólida, necesitaba armar un vínculo de confianza con sus futuros proveedores, los productores de seda oaxaqueña. Necesitaba un equipo calificado, con manos oficiosas que la ayudaran a crear una obra de alto diseño, como las que estaba acostumbrada a crear en el ramo de la arquitectura y construcción del que proviene.

“Es exactamente el mismo proceso, pero todavía dentro del sector artesanal no se ha logrado ver así. Se ve más como un tema de rescate, como un tema de labor social, que de colaboración”, explica Pérez Reyes. “Yo lo veo como valor compartido y crear cadenas de valor para impulsar también ese sector y meterlo en el proceso creativo.”

En su búsqueda de colaboradores, Cristina se encontró con mucha resistencia de parte de las comunidades a las que llegaba. Se negaban a compartir su conocimiento por temor a entrar en un círculo de explotación. “Hay un artesano que se ha abierto mucho al desarrollo, hemos creado con él diferentes tipos de texturas, en el tipo de hilado, hemos desarrollado un pantone de tintes naturales”, cuenta. “En las generaciones más grandes, que son las que vienen de hacerlo mucho tiempo, son mucho más resistentes incluso al tema de confianza”.

La producción de seda es un proceso demandante. La cría del gusano, al menos en Oaxaca, permite de dos a tres producciones al año. El hilado se hace a mano y los productores locales, después del arduo trabajo, no son reconocidos pues la fibra es un artículo de lujo que resulta muy caro de comercializar. “Hacen rebozos y huipiles que son hermosos, pero encuentran cada vez menos espacios en el mercado”, cuenta Pérez Reyes.

A través de Chuen ella compra el hilo para transformarlo usando telares coloniales, con los que crea otro tipo de prendas que puede integrar en mercados de lujo. Así espera hacer viable su comercialización para seguir apoyando la producción de la seda. “Creamos relaciones a largo plazo para que sea sustentable para ambas partes. Nosotros hacemos nuestro trabajo de abrir este mercado para poder tener un compromiso constante de compra con ellos”.

Abrazo en zapoteco

La colección más reciente de Chuen es Chyela’, que significa “abrazo” en zapoteco. Se trata de 10 piezas inspiradas en una de las prendas mexicanas más tradicionales: el rebozo. Las piezas de Chuen son más grandes, a modo de foulard, hechas 100% con seda mexicana y teñidas con tintes naturales desarrollados por el mismo estudio en colaboración con tintoreros locales.

“Son prendas que te abrazan, que te permiten envolverte”, dice Cristina acerca del nombre de la colección, que también hace honor a los artesanos que produjeron la fibra que la compone. Una de las piezas de esta colección forma parte de la exhibición Mexicalidad en el MODO, donde pueden apreciarse las texturas de la tela generadas únicamente a través del juego con los distintos hilos hechos de manera artesanal que la integran.

Solo hay un rebozo de Chyela’ que no es 100% seda, pues sus hilos van mezclados con otra fibra mexicana, el algodón coyuchi, de color café natural y cuya producción futura está en la mira de Cristina Pérez Reyes. “Seguimos trabajando en desarrollar y consolidar esta parte de las fibras y tintes naturales, estamos explorando el algodón coyuchi y las mezclas que se pueden lograr entre las diferentes fibras para generar prendas un poquito más elaboradas”. Su meta es llevar la producción artesanal de prendas de diseño a partir de fibra e hilo mexicano a competir en mercados internacionales.