Cuando termina de cantar, todos le aplauden. Ella, sobre el escenario, con el pelo recogido en una coleta, un blusón morado y pantalones ceñidos y negros, sonríe, se sonroja y agradece. Luego toma un trago de agua y pregunta: “¿Ahora cuál quieren?”

Varias voces: “Mundo matraca”, “Zarzamora”, “Una de Sor Juana”, “Todas”.

Todas. Porque aunque la presentación de esta noche no la tiene en la posición estelar, la gente que está aquí, en el Multiforo Alicia, la conoce: es “de la casa”, de esas pocas personas que al llegar a este sitio considerado histórico para el panorama musical alternativo de la Ciudad de México es saludada por todos afablemente.

Entonces coloca su guitarra, reacomoda el micrófono y comienza a cantar. No es de los temas que le pidieron pero aun así el público, cuando termina el tema, de nuevo aplaude.

Y ella de nuevo: sonríe, se sonroja y agradece.

Sobre el escenario, la cantante y compositora Leticia Servín es feliz y contagia esa sensación. Pero abajo, en la vida cotidiana, su mueca alegre a veces se revierte.

La vida bajo el escenario

“Muy pronto voy a cumplir 20 años cantando; así de cuando dije: ´Ya me voy a parar a tocar, componer unas canciones y voy a empezar´”, revela Leticia en el comedor de su antigua casa —al momento de escribir estas líneas estaba en plena mudanza— ubicada en la colonia Del Carmen, al sur de la Ciudad de México.

Desde que salió de Michoacán y llegó a la capital en el 2001, María Leticia Servín Moreno siempre ha vivido en la zona sur. El norte no le es ajeno pero le resulta poco cómodo.

Algunas propagandas de eventos pasados, fotos de su hijo, amplificadores, teclados, guitarras, libros y los frascos de Canquenami —la marca de mermeladas, salsas y paquetes de semillas que prepara y vende—, son elementos que para Servín convierten cuatro paredes en un hogar.

“Me gusta cocinar, ve que bonito huele la casa”, dice mientras va hacía estufa para preparar tortitas vegetarianas.

Las semillas que vende Leticia
Las semillas que vende Leticia

Sin el encumbramiento del escenario, la cantautora con seis discos en su trayectoria —Taciturna (1999), Gatos (2000), Mundomatraca (2001), Sueño rock (2004), FLORES (2007) y La fiera borrasca (2017)— resulta menuda, de cabellera negrísima, ojos grandes y un poco rasgados, una nariz recta y con movimientos sutiles pero ágiles. Parece frágil.

La niña de infancia ríspida

El 30 de diciembre de 1972 nació una niña en la Ciudad de México. Antes de que ella cumpliera los ocho años de edad, su familia se desplazó a Michoacán, específicamente al municipio de La Huacana.

Ahí la niña pasó lo que quedaba de su infancia y sus primeros años de adolescencia trabajando: ayudaba a sus padres en el campo e iba a cambiar quehaceres a las casas adineradas por monedas o comida.

Fue difícil, pero cuando la niña descubrió el canto, su vida se volvió más llevadera; ya no quiso el silencio. Pronto tampoco quiso la religión: después de ver a María Elena, su mamá, dormida en misa le pidió que ya no la llevara a la iglesia. Su progenitora accedió.

Pero su padre era un tipo duro, violento. Un tipo por el que la niña cultivó miedo. Y el miedo, cuando crece y llega a un límite, provoca una reacción: a los 14 años la niña se fue su casa junto con su hermana menor.

Así Leticia Servín, esa niña de infancia ríspida, tomó las riendas de su vida.

Leticia Servín es una de las cantantes más socorridas y queridas en el Alicia
Leticia Servín es una de las cantantes más socorridas y queridas en el Alicia

“Michoacán es una ciudad pequeña”, reconoce Leticia. En 1991, asentada en Uruapan, aprendió a tocar la guitarra con Víctor Fuentes, integrante de la extinta banda Toncho Pilatos. En 1993 se fue a Morelia para estudiar la carrera de canto operístico en el Conservatorio de las Rosas bajo la tutela de la mezzosoprano Guadalupe Góngora.

Durante su estancia en el Conservatorio, Servín conoció a la actriz y poeta Teresa Sánchez: “Cuando la conocí me sorprendió su manera de hablar porque de verdad es impresionante su vocabulario. Entonces empecé a trabajar con ella: nos fuimos a los lugares de trova a ganar dinero y deje la lonchería donde lavaba platos”.

El talento de ambas en los bares hizo eco y pronto fueron solicitadas por la Secretaria de Cultura de su entidad para amenizar eventos oficiales: las conmemoraciones de la Revolución, Día de Muertos y celebraciones de ese estilo que hicieron que Leticia valorara más su canto.

“Para mí eso fue el éxito; era abrumador tanta aceptación y todavía estoy dando las gracias. Inmediatamente vi que me veían diferente por mi canto y desde entonces he hecho amigos. No ambicioné; ni siquiera fui a buscar tanto porque no había en mi cabeza el ‘Voy a ser’. Si he tenido una ambición en la vida es hacer una canción para compartir”.

Antes de dejar Michoacán para probar suerte en la Ciudad de México, la cantante que es catalogada dentro del género folk incursionó en la televisión infantil, en el teatro e hizo tres discos (Taciturna, Gatos y Mundomatraca).

Pero, ¿qué pasó en los años previos a su ingreso al Conservatorio? Después de salir del rancho familiar: “Tomas una decisión y te lleva para acá, tomas otra y te lleva para allá. Pero hay un día que confías en ti, en que te das cuenta de lo maravilloso que es confiar en ti y decir: ‘Ahora sí voy a hacer lo que yo quería’. ¿Y qué quería? Estudiar música. Eso es lo que puedo decir en mi experiencia. No puedes concederle lo que quieres hacer en tu vida a tus padres. Debes levantar tu autonomía. Y bueno, tuve una casa de los 14 a los 17; encontré una casa donde trabajar, con Doña Lola, y era una residencia. Pero esto va a ser solo para ti…”.

Los versos de Leticia Servín
Los versos de Leticia Servín

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En 2001 Leticia llegó a la Ciudad de México. Uno de los primeros lugares que la recibió fue el Multifloro Alicia. En ese recinto cultural de la colonia Roma —que con el tiempo se convertiría en su segunda casa— convivió con ídolos que después hizo sus amigos, por ejemplo: Jaime López, David Haro, Marcial Alejandro y Rafael Catana.

Luego, Servín encauzó su energía hacía otras actividades: actuó en diversos cortometrajes, obras de teatro, fue conductora de un programa de YouTube y musicalizó algunas producciones audiovisuales.

Durante esta exploración de nuevas vertientes creativas la cantante no desatendió su voz: un taller de improvisación con Iraida Noriega, una gira por Europa, otra por Latinoamérica, varias por todo México y un par de discos fueron logros que acumuló durante varios años.

“Me siento muy feliz de pertenecer a esta tierra, de que trabajo en ella con el afán de que seamos un pueblo con menos desigualdades y que pueda generar inspiración para dejar de ser el mundo cavernícola que somos; que no haya hambre, tragedias, que sepamos llegar a la armonía”, responde Servín ante el cuestionamiento de sus motivaciones actuales. Y es que su sexto y más reciente material, La Fiera Borrasca (2017), disco que realizó a partir de la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, renovó la atención en su trabajo y la mantuvo todo el 2018 dando conciertos.

Pero Leticia no pierde el piso; sus años de experiencia la han vuelto crítica al ubicarse en el contexto musical actual: “Se me hace que no es justa la repartición de los espacios. Entiendo que Mon Laferte arrase porque tenemos un problema con el amor romántico; estamos enganchadas muchas chavas. Es una cosa que entiendo, que nuestra sociedad está haciendo un hincapié emocional en algo que hace daño. Pero por eso está bien que hagamos otras rolas que hacen contrapeso aunque no tengan el mismo impacto. Y digo: ‘Qué bonito canta (Mon Laferte)’, pero me gustaría algo que nos diera más valor”.

Después de contar que ver documentales, leer sobre aspectos tecnológicos y escuchar discos de compositoras nacionales jóvenes son cosas que hace de vez en cuando, Servín habla de Dante, su hijo: “Su voz es la música más hermosa que he escuchado; una música pura que está en nosotros. Cuando le canto a mi hijo y él me canta a mí se levantan los cielos”. Y derrama una lágrima.

Un poco de música, pero también un poco de poesía
Un poco de música, pero también un poco de poesía

Leticia sin Dante

El 18 de febrero de 2018 a una mujer le quitaron a su hijo. El niño, en ese entonces de 5 años, fue ese día con su padre al cine y ya no volvió al regazo materno.

La mujer-madre reaccionó de inmediato: llamadas y mensajes desesperados con una sola pregunta: “¿Dónde está?”. Pronto supo que Edgar Ocampo, el progenitor y su antigua pareja, decidió llevárselo a Jalisco. Lo sustrajo sin su consentimiento y desde entonces la mujer entró en una batalla legal y mental que continua. También, desde entonces no ve al niño.

Leticia y su hijo Dante
Leticia y su hijo Dante

La tranquilidad, horas de sueño y miles de pesos son aspectos que la mujer ha perdido en los días sin su hijo. El captor justifica su acción argumentando que la labor de la mujer, la música —por la que la conoció, le prometió amor y engendraron al pequeño—, no es una actividad segura.

Pero la mujer resiste y lucha. Aun cuando el pasado 4 de abril las autoridades jaliscienses le concedieron al padre una guardia y custodia provisional. Aun cuando los abogados que ha consultado le dicen que el proceso va para largo.

Leticia Servín, la mujer, persistirá hasta tener a Dante en sus brazos y así poder cantarle.

***

“La dignidad es algo que si te pisan no quedas igual; quedas cagado, jodido, mugroso. Yo no puedo permitirme eso, prefiero morirme peleando”, dice Leticia mientras seca la humedad del contorno de sus ojos.

Vuelve a hablar y su voz ya no se quiebra; ahora es dura y certera: “Me arrastra la injusticia. Creo que he sido un caballo que aguanta y a veces no está bien aguantar, me confundo entre la paz y el esperar. Lo que quiero es muy inofensivo, no tendría que ponerse la vida así. Yo no le hice nada a él y a su familia; les di un hijo. Merezco respeto por mi profesión y mi maternidad. Como que tengo un sentimiento de injusticia encima de mí, como que me quiero salir y no puedo. No quiero ser víctima. Debo mantener mi dignidad, mi amor propio para que esto no me haga pedazos. Para atravesar este pinche infierno. Yo he pagado por estar aquí, no ha sido gratis mi vida”.

***

Cuando las tazas de té ya están vacías y la luna empieza su turno, Leticia se incorpora: más tarde tiene un compromiso para el que debe arreglarse.

Antes del abrazo de despedida, pide perdón por las lágrimas y promete que no se va a rendir. También confiesa que accedió a dar esta entrevista porque quiere que su lucha materna tenga mayor resonancia y que otras madres en situaciones similares sepan que no están solas, por eso entre sus planes está realizar un documental llamado Alienación parental. La cantante que parece frágil es una luchadora incansable: todo sea por su voz y, principalmente, por Dante.