La sirena de una ambulancia a la mitad de la noche es uno de los sonidos más aterradores del entorno urbano. Accidentes, asaltos, emergencias aisladas, acontecimientos que cambian la vida de familias enteras también representan el sustento cotidiano de otras. Familia de medianoche, un documental del estadounidense Luke Lorentzen, retrata la ruta nocturna de los Ochoa, un padre y sus hijos que se ganan el pan como paramédicos en una ambulancia privada en la Ciudad de México.

Familia de medianoche es una película difícil porque nos recuerda la vulnerabilidad en la que vivimos los mexicanos. La combinación de un sistema de salud en crisis y los bolsillos casi vacíos de gran parte de la población se vuelve mortal a cualquier hora del día, pero es en la oscuridad cuando se percibe más apremiante. Sumar el factor de la corrupción en todos los niveles de este mismo sistema puede hacer la diferencia entre vivir o morir en estas calles.

Como muestran los casos que Lorentzen documentó en los tres años que pasó junto a la familia Ochoa, llamar al 911 no garantiza la llegada de una ambulancia al lugar donde una persona depende de esa atención de emergencia para sobrevivir. Es una realidad que cualquier capitalino conoce ya sea por experiencia personal o por algún caso cercano.

De acuerdo con Familia de medianoche, hay menos de 50 ambulancias públicas para atender a 9 millones de personas en la Ciudad de México. El resto, la gran mayoría de las ambulancias que circulan por esta ciudad, son privadas y su operación depende en el mejor de los casos de una verificación oficial de parte de las autoridades competentes y, en el peor, de cuánto efectivo traigan encima para llenarle las manos a los policías presentes al momento del servicio.

Las ambulancias privadas entran en acción cuando fallan las de la Cruz Roja o del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM). Entonces, las calles se convierten en una arriesgada pista donde las ambulancias privadas compiten para ser las primeras en recoger al paciente. Una vez asegurado el cliente, aprovechan el momento de confusión para convencer a sus familiares de atenderle en una clínica privada, donde el equipo de paramédicos quizá pueda obtener un ingreso extra.

Estas prácticas se aprecian claramente en Familia de medianoche, pero el documental también le muestra a la audiencia por qué debería pensarlo dos veces antes de juzgar a estos mercenarios de los servicios de emergencia. Juan Ochoa, uno de los hijos más jóvenes de esta familia, lo explicó a la prensa antes del estreno de la cinta como parte de la 14ª Gira Ambulante en la Ciudad de México.

OJO: 👀 Documentales imperdibles de Ambulante 2019

“Lo hago porque me gusta, viene desde la sangre”, dijo sobre su vocación de salvar vidas. Sin embargo, no deja de lado la realidad más cruda: la ambulancia es un negocio del que depende el sustento de su familia. “No puedes regalar tu servicio porque no te regalan la gasolina, no te regalan el equipo. Si quieres dar un buen servicio, necesitas tener la infraestructura. Lamentablemente, aunque la gente tenga posibilidad de pagar hay quienes tienen la idea de que todo debe ser gratis. Y nada es gratis en esta vida”.

Los 80 minutos que la audiencia pasa con los Ochoa son apenas un vistazo a los tres años que Luke Lorentzen vivió con ellos, subiendo y bajando de la ambulancia y expuesto al sufrimiento de víctimas, pacientes y familiares.

Familia de medianoche es un documental necesario en varios niveles: porque exhibe el riesgo constante al que estamos expuestos ante la indiferencia y corrupción de las autoridades; porque muestra un microcosmos de trabajo duro y esfuerzo que no son recompensados de manera justa y con el que la población mexicana puede identificarse; y porque nos obliga a confrontar nuestra propia indiferencia como seres humanos.