Es sorprendente lo rápido que La LEGO Película se ha convertido en todo un fenómeno cultural. Hace poco más de cuatro años que se estrenaba aquella comedia de animación dirigida por Phil Lord y Chris Miller, pero desde entonces han llegado a nuestras pantallas dos spin-off. El primero protagonizado por uno de los superhéroes más célebres del mundo —Batman: la LEGO película—, y el segundo por una línea de muñecos de inspiración nipona que ya contaba con su propia serie de televisión —La LEGO Ninjago película—.

Pero no es solamente que salgamos a casi una película por año protagonizada por los los populares bloques de construcción daneses. Es que se puede rastrear su influencia en la ficción animada contemporánea, muy consciente de su condición posmoderna en títulos como Ralph rompe Internet.

Además parece que el éxito de aquella abrió la caja de Pandora de crear relatos que configuren mundos aptos para vender juguetes de muchas ficciones distintas con una sola campaña. Este verano llegará a nuestras pantallas un largometraje de Playmobil y Warner prepara un film protagonizado por los Funko, objeto de delirio para el coleccionista moderno.

Es obvio que la ficción audiovisual basada en juguetes tiene una larga tradición. Pero es difícil imaginar un panorama como el de hoy, tan diverso y autoconsciente, sin la influencia del largometraje de Lord y Miller. Ahora, los simpáticos objetos vuelven con La LEGO película 2. Y esta vez con un discurso más complejo y comprometido que el de la original. Es la consecuencia inevitable de crecer.

Jugar a ‘ser un hombre’

Hace escasas semanas, un anuncio de maquinillas de afeitar ponía en pie de guerra a miles de hombres de todo el mundo. Personas adultas dispuestas a realizar un boicot masivo contra una marca porque les había dicho, básicamente, que a ver si podían ser más comprensivas y tolerantes.

Pues bien, ahora Mike Mitchell y Trisha Gum dirigen La LEGO película 2 y se marcan un Gillette animado. Una película divertida y amable que reflexiona sobre cómo se relaciona el género con lo lúdico en edades tempranas. Planteando un discurso interesantísimo sobre la construcción social de la masculinidad.

A estas alturas, la campaña de Gillette llamada The Best a Man Can Be acumula 1.4 millones de votos negativos —el doble que de positivos—, por poner sobre la mesa temas como el bullying, el acoso o la violencia y asociarlos con un modelo de hombre. Así que sí: hablar de la masculinidad tóxica irrita.

No sabemos cómo será la recepción del discurso de La LEGO película 2, pero por suerte la obra de Gum y Mitchell aborda el tema con un humor dispuesto a desarmar argumentos reaccionarios. Construye la relación entre imaginarios masculinos y femeninos desde una óptica familiar —todo empieza con una riña de un preadolescente con su hermana pequeña—, y se mueve siempre en unos códigos que jamás anteponen el mensaje a la acción.

Por eso, tal vez el mayor hallazgo de La LEGO película 2 sea su inusitada defensa de lo lúdico como escenario propicio para la evolución personal. Cómo jugamos también define quiénes somos, bien sea haciendo elegir a los infantes entre Barbie y Action Man como accesorio del Happy Meal, o bien permitiendo —por complicidad o inacción— ambientes tóxicos como el que se dio con el Gamergate. Lo lúdico es —qué duda cabe—, un campo de batalla de ideas políticas. Pero pocas veces se aborda de forma tan desenfadada y franca como lo hace el film que nos ocupa.

Caótico y encantador collage cultural

La LEGO película 2 sigue las aventuras de Emmet y Lucy, los dos protagonistas de esta historia, donde terminaba la primera: tras ser invadidos por unas piezas LEGO dulpo —línea infantil de la compañía danesa—. La invasión dejó destruido su mundo, que ahora parece una versión montable de Mad Max. Y allí conviven Gandalf, varias versiones de Aquaman y hasta Abraham Lincoln.

Una de las claves que convirtieron la película original de Phil Lord y Chris Miller en un fenómeno fue su carácter abiertamente meta. Su capacidad para transgredir con facilidad las normas de la ficción propuesta y apelar al espectador no necesariamente en voz del narrador. O lo que es lo mismo: sus chistes de Batman.

La multireferencialidad en torno a determinados elementos de la cultura pop y las bromas sobre otros universos creativos hacían de su visionado una aventura de lo más disfrutable para el espectador de cualquier edad. En ella se mezclaban chistes de dónde había dejado aparcado su jet invisible Wonder Woman con guiños a Star Wars, El señor de los anillos o Los Simpson.

Pues bien, La LEGO película 2 viene cargada con un buen puñado de renovado repertorio cómico que va desde unos divertidísimos velocirraptores como los de Jurassic World a viajes en el tiempo de Regreso al futuro o Doctor Who, pasando por pullas de carácter superheroico. Una fiesta pop en la que hay hueco hasta para Radiohead.

Y sin embargo, no es tanto su capacidad para mezclar referentes accesibles por cualquier espectador lo que la hace realmente especial. Es su voluntad de subvertir imaginarios asociados a los productos culturales de los que se burla. Esta secuela dota de oxígeno a su pastiche para enfrentarlo con las ideas que transmite, de tal manera que un chiste sobre Batman deje al descubierto el tipo de masculinidad que proyecta o una imagen del tipo duro se resuelva como el disfraz de un cúmulo de ira y emociones mal gestionadas.

Lego 2 también es un largo comercial más evidente. Foto: Especial
Lego 2 también es un largo comercial más evidente. Foto: Especial

Publicidad de larga duración

Que nada de lo dicho empañe el trasfondo turbio del asunto: estamos ante un anuncio de hora y media. Aunque nos hablen de feminismo, de libertad de expresión o de la necesidad de educar en igualdad, al final nos venden maquinitas de afeitar, embutidos o figuritas de LEGO. Y no habría que desvincular su naturaleza a la hora de analizarlos o criticarlos como productos audiovisuales.

La película de Miller y Lord relegaba la estrategia de marketing a una revelación fundamental en su tercer acto, cuando el espectador se percataba realmente de que estaba viendo un abigarrado spot. Pero esta vez, la naturaleza de anuncio permea de forma más evidente toda la película, perdiendo parte de la magia que hizo que el espectador se dejase meter el gol en la anterior aventura.

Estamos ante un panorama audiovisual que ha asimilado de tal forma el capitalismo que "las películas, sobre todo en el caso de grandes producciones de Hollywood y sus franquicias, a su vez son anuncios de otras películas futuras por venir, en una especie de carrera sin fin por vender productos", describía el crítico cultural Diego Salgado en el programa Trincheras de la cultura pop.

La incómoda sensación de sentir que más que una ficción estás asistiendo a un ejercicio de reclamo, mitiga los valores que transmite porque en lugar de descubrirlos por tu cuenta, eres consciente de que te los están vendiendo. Y eso te obliga a decidir si compras o no.