2017, cuando un terremoto sacudió la Ciudad de México, fue también el año en el que la familia de Sandra recibió una noticia que les cimbró fuerte: su hijx, quien tiene en su acta de nacimiento un nombre femenino, les dijo que no era una niña sino un niño.

“¿Miedo? Sí, tengo mucho miedo, sobre todo por la expectativa de vida, de que una persona trans no suele pasar los 35 años de edad. Amo mucho a mi hija, apenas tiene 10 años y quiero que viva mucho”, dice Fernanda, quien con la voz quebrada jura que ha hecho todo porque su hija Sofía logre llegar a vieja y vivir tranquila.

“Recuerdo cuando él nos preguntó por separado: ‘Mamá, ¿tú siempre quisiste ser niña?’, ‘¿papá, tú siempre creciste sabiendo que eras niño?’. Nosotros le dijimos que sí, y solo dijo ‘pues qué suertudos’”, recuerda Emilia, madre de Max.

Estas mujeres forman parte de un grupo de familias que está empujando un cambio en la ley de la Ciudad de México. Son madres y activistas. Con el apoyo del Parlamento de Mujeres de la CDMX y las abogadas de Litigio Estratégico en Derechos Sexuales y Reproductivos, A.C. (Ledeser) desean lograr que los menores de 18 años puedan cambiar su acta de nacimiento, que en esta aparezca el nombre y género con el que se identifican y no el que se les asignó al nacer.

Esta iniciativa de derechos humanos beneficiaría a la población trans menor de 18 años, quien actualmente debe someterse a exámenes psicológicos, psiquiátricos (los niños, niñas y hasta los padres), contratar un abogado y convencer a un juez para que esto ocurra.

A la fecha, en México solo una niña lo ha logrado, Sophia en 2017, pero hay muchos más que lo requiere, pues evitarían maltratos y discriminación por el simple hecho de que un papel oficial diga el nombre y género que representa quienes son.

En América Latina, la expectativa de vida promedio de una persona trans es de 35 años, así lo documenta Imparables. Radiografía de organizaciones, medios de comunicación y estado de los derechos de las comunidades LGBTI+ en América Latina, el cual recopila información de 12 organizaciones LGBT+ de la región, es firmado por el periodista costarricense Diego Pérez Damasco y editado por Diversas Latitudes.

Las principales causas de muerte para las personas trans son el VIH/sida, la aplicación de silicona industrial (aceite de avión) y los asesinatos. A esto se suma una vida de pobreza por la imposibilidad de conseguir un trabajo —como cualquier persona cisgénero— y a que se ven orilladas a dedicarse al trabajo sexual. Quienes pueden pasar esta brecha son lxs que reciben cariño y apoyo de sus padres, su familia y la sociedad.

¿Cómo se rompe esta estadística de suicidios y cómo se logra que las infancias trans sean felices? Fernanda, Emilia y Sandra tienen esa respuesta.

Fernanda y Sofía

Si decían “hagan filas de niñas y de niños” en el kinder, se iba con las niñas, pero siempre había alguien que le jalaba a la de niños.

Llegaba a su casa a quitarse la ropa porque ese uniforme que le hacían vestir en la escuela le picaba, le resultaba insoportable. Al menos en sus juegos, todo era como quería: cualquier trapo, manteles, toallas, sábanas se convertían en vestidos y faldas. Al quitarse la camiseta, se la dejaba estratégicamente atorada en la cabeza para que semejara esa cabellera larga que no tenía.

Los pants se convirtieron en la única prenda que quería usar, era lo más neutral y lo menos incómodo de su guardarropa.

Lo que más pedía a sus padres era unas zapatillas transparentes de princesa, pero “debía” usar zapatos de niño. Por meses insistió —llorando— que le compraran esos zapatos de tacón. “No era un llanto de berrinche, sino de un dolor fuerte, como algo más profundo. Esto nos hizo pensar a mi esposo y a mí que se trataba de algo más delicado”, recuerda Fernanda.

“Sí le llegamos a comprar muñecas, porque ¿qué de malo tiene que un niño juegue con muñecas?, pero pasó Navidades, Días de Reyes esperando que llegaran aquellas zapatillas. Aparte de eso, su conducta era muy agresiva, siempre estaba con molestias y había mucha presión de la escuela por el tema de la socialización”, acepta Fernanda. Ante tantas señales era lógico que debían buscar ayuda profesional.

“Ustedes no quieren a una loca en su casa, así que hay que ver cómo modificar su forma de expresarse”, les dijo un primer terapeuta al que acudieron. “Al menos nosotros lo teníamos claro, no era un niño amanerado, era una niña, se comportaba como una niña. Tenemos una hija mayor y es por eso que mi esposo y yo pensamos que solo la imitaba”.

“Nadie te dice que vas a tener un hijo homosexual o trans. Y en nuestro caso, tuvimos que ver varios especialistas para confirmar que nuestro niño era una niña y que se quería llamar Sofía”, recuerda Fernanda.

Emilia y Max

La familia de Emilia vive en Tucson, Arizona, pero ella es mexicana. Max creció en un ambiente donde sus padres se preocuparon por tener un espacio neutro en cuanto a género: ropa unisex, juguetes no estereotipados con un género. Le dieron libertad para elegir y siempre mostró preferencia por la ropa masculina, por llevar el pelo corto. Desde los cuatro años de edad se hizo más notorio que no le interesaban las cosas “típicamente de niñas”.

“No tuvimos mucho problema con eso. Creo que las madres de los niños trans tenemos una dificultad menor a la de las que tienen niñas trans. El simple hecho de ponerle un vestido a un niño es suficiente para que alguien ponga el grito en el cielo”, cuenta Emilia.

Max transicionó a los 8 años, en poco tiempo cumplirá 11. Cuando él tenía 6 o 7 años, Emilia y su esposo comenzaron a escuchar comentarios extraños de su boca: “Los niños hacen cosas muy padres”, “los niños son más divertidos”. A la madre le salía lo feminista y replicaba: “¡No, las niñas también pueden hacerlo, tú puedes hacer todo lo que quieras!”.

Emilia recuerda que con el tiempo supieron que ese tipo de comentarios y comportamientos venían de un lugar más profundo que una moda, de conversaciones en la escuela, de la influencia de una caricatura, de un libro que leyó. Venía de un espacio donde se había cuestionado esto internamente.

“Los juegos son algo que revelan lo que sucede”, reconoce Emilia. “Max siempre era el hermano, el papá, el tío, el perro (en masculino) y siempre se dibujaba como niño. Dentro de mí solo pensaba: 'Esta niña va a crecer como lesbiana porque es muy masculina’, a lo cual no le veía mayor problema porque es algo ya más aceptado”.

De las posibilidades que hay en el espectro LGBTI+, estar en la T donde se encuentran las personas trans es “estar en una de las de las más complicadas”, dice Emilia. “Las personas cisgénero tenemos un privilegio enorme, porque jamás tenemos que estarnos cuestionando nuestra identidad de género. A mi hijx no le tocó así”.

Sandra y Alejandro

"Yo la crié como niña, le ponía vestidos, todo era color rosa, siempre muy protegida, muy cuidada. Durante la primaria, Alejandro convivió con las niñas, tenía el pelo largo, se pintaba las uñas. En la secundaria comenzó a cuestionar su sexualidad, pensó que era lesbiana, después bisexual. Tenía 14 años y pensé que solo estaba descubriéndose”, cuenta Sandra, su madre.

Al cumplir los 15 años no tuvo la típica fiesta con el vestido pomposo, sino una reunión sencilla, pues lo femenino ya le parecía muy ajeno.

‘Mamá, tengo algo que decirte’

A Sandra jamás se le olvidará que en 2017 nació Alejandro, sí, aunque ya fuera un adolescente de 15 años. No solo porque fue el año del temblor de 7.1 grados que destruyó parte de la zona centro y sur de México, sino porque fue el año de la liberación. Cada familia con un niñx trans marca esa fecha en su memoria, pues aunque hay indicios, siempre existe un antes y un después.

“Sofi se acercó a su hermana mayor y le dijo ‘es que yo soy una niña’, ella me lo contó a mí, yo lo hablé con su papá, pero busqué la forma en que nos lo dijera directamente. Lo hizo y nuestra reacción simplemente fue abrazarla muy fuerte. Mi esposo fue un apoyo para ella. Cuando quiso dejarse el pelo largo y le daba vergüenza, él le dijo ‘yo me dejo crecer el pelo junto contigo’, también le secundó en usar aretes de imán en la casa, para que se fuera acostumbrando y el cambio no fuera tan brusco para ella”, recuerda Fernanda.

El caso de Max fue similar. “Ocurrió en el verano, cuando acababa de cumplir los 8 años, en una plática casual nos dijo que quería cambiarse el nombre a uno masculino. Para mí ese fue el momento de choque y de pensar: ‘Híjole, corazón, este mundo no está listo para ti. Tú no eres el problema sino todos los demás’.

“Hubo mucho temor por la familia, por la escuela, es decir, por lo demás, porque él no tenía un problema con definirse. Me di cuenta de toda la ignorancia que hay alrededor, es algo que no te enseñan en la escuela, jamás te dicen que el género se desarrolla desde que tienes 2 o 3 años y que es una cuestión diversa como lo hay en experiencias del ser humano. Solo nos dicen que hay de dos: o eres hombre o eres mujer. Y no es una cuestión de opinión o creencias, es algo que se lleva dentro”, explica Emilia.

Sandra lo descubrió por error. “Yo me encontré con un escrito donde mi hijx decía que no sabía cómo explicarme que se sentía como un niño y no como un niña. Yo no entendí lo que pasaba y decidí tener una conversación al respecto. Años antes me había preguntado: ‘Mamá, ¿cómo me habrías puesto si hubiera nacido niño?’, yo le respondí que Alejandro. Esta vez, cuando le cuestioné sobre el texto, me dijo que en ese día había nacido Alejandro”.

A los bebés, incluso antes de que nazcan ya les asignan colores, nombres, gustos, actividades para practicar, expectativas… Un bebé aún no sabe decir palabra, pero por lo que tiene en medio de las piernas —sus genitales— ya se hizo una definición, una historia de su futuro.

“Se piensa que si tienes pene, pues eres niño y te van a gustar las niñas; que si tienes vulva, pues eres mujer y te van a gustar los hombres, cuando nada de eso está escrito en piedra. La ignorancia enorme de estos temas es el origen de tantos problemas que sufrimos (discriminación, maltrato y violencia)”, agrega la madre de Max.

La escuela, el baño

Un punto crucial para cualquier niño o niña trans es la escuela, la que llaman la segunda casa, pero al igual que con los padres que no reconocen a un hijo o hija trans, puede volverse un infierno.

Sofía iba a estar en un nuevo grado, otro salón, pero su escuela sería la misma; ahora tendría un nuevo nombre y no sabía cómo iban a tomar ese cambio. “Sí sufrimos discriminación por parte de los padres de algunos compañeros de la escuela; levantaron una demanda porque no querían que un ‘niño disfrazado de niña’ estuviera con sus hijas”, recuerda con dolor Fernanda.

Pese a ello, Sofía también tuvo compañeritas aliadas que le dijeron que no tenían problema en compartir el baño con ella. Sucedió igual con los maestros, unos se vieron obligados a aceptar la situación, pero hubo otros que levantaron la mano para incluso aprender de su alumna.

Max y su familia en Tucson se sintieron arropados por la apertura con la que se toparon en la escuela. Tuvieron la fortuna de que antes de ellos ya habían existido dos casos de niñxs trans, por lo que ya tenían un precedente y un protocolo muy bien definido. “Que lxs niñxs tengan espacios seguros en las escuelas es muy importante, es el lugar donde pasan la mayor parte del tiempo después de la casa. Que la escuela no sea un lugar seguro es una tragedia”, reclama Emilia.

El baño también suele volverse una pesadilla, pues no sienten confianza de entrar a ninguno. Sofía dejó de ir, la excusa era que no le daban ganas de orinar. Después aceptó que era porque los niños eran muy sucios y le resultaba asqueroso ir a ese baño. Alejandro también dejó de ir, aguantaba mucho apretando los esfínteres, tenía terror de que lo maltrataran, de que vieran ese body que oprime sus pechos para ocultar ese rasgo de crecimiento.

Acciones sencillas

Para las madres de infantes trans, falta reeducar a los docentes y a las escuelas. Sugieren pequeñas acciones que pueden ayudar mucho a no discriminar. “¿Por qué no simplemente les llaman por los apellidos? ¿Por qué tienen que hacer filas de niños y de niñas y no una sola, por estaturas, por orden alfabético? ¿Por qué no hay baños mixtos?”, reclaman.

“Aceptar a un niño o niña trans es un derecho básico, es respeto, son derechos humanos. No estamos exigiendo nada extraordinario, sino tratar a todas las personas con respecto. Todos somos diversos, hablamos distinto, tenemos el cabello diferente. Se tiene que tener en cuenta que cada niñx transgénero es diferente, hay quien es más alegre, pero también de carácter más reservado. Es por ello que no se pude tratar a lxs niñxs trans de la misma forma”, concluye Emilia.

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Estas tres historias son casos que pueden contarse, pues las madres y los padres abrazaron a sus hijxs y les ayudaron a reconocer su identidad de género. Sin embargo, hay muchas más historias que no logran siquiera vivir para contarlas.