“Estaba en clases de interpretación y me asignaban papeles femeninos. No me sentía nada cómodo. Me miraba en el espejo y no entendía nada. Sabía que quería cambiar algo en mí, pero no sabía cómo”. Para Ian Suárez, de 29 años, el equilibrio entre su identidad de género y el sexo con el que nació no existía. Alcanzarlo no ha sido fácil. Días y noches buscando información, una visita al médico de cabecera, una sesión con el psicólogo, otra con el psiquiatra, dinero por cada dosis de testosterona y un pase por el quirófano han sido algunos de los pasos que ha tenido que dar en estos dos últimos años para llegar a él. Un arduo camino que volvería a recorrer “sin duda alguna”.

La educación desde la diversidad era invisible en las escuelas, y esta carencia se convirtió en el primer obstáculo de Ian. “Me llamaban marimacha y para mí era un halago, hasta que me di cuenta de que lo que estaba viviendo era bullying y de que ni siquiera el profesorado me respaldaba”, sentencia. Han pasado más veinte años desde entonces, pero desde su punto de vista, el sistema educativo sigue cojeando de la misma pata.

No obstante, desde 2018, los centros públicos de Canarias, España, cuentan con un protocolo de acompañamiento de alumnado trans cuya aplicación puede ser solicitada por el padre, la madre o el tutor legal del menor. Este documento estipula que, entre otros puntos, la comunidad educativa deberá dirigirse al alumnado trans por el nombre elegido, que será el que figure en la documentación administrativa (listas de clase, listados de comedor, exámenes, etc.). Asimismo, indica que el estudiantado trans podrá vestir el uniforme (en caso de que sea obligatorio llevarlo en el centro en cuestión) acorde a su identidad de género y también utilizar el baño que se ajuste a ella. Pero Suárez considera que la intolerancia latente en buena parte de la sociedad se erradicará mediante la educación en empatía y con la información como arma frente al desconocimiento y los discursos de odio.

La actitud del joven de Tenerife cuando entró al instituto es descrita por él mismo como “un paso en falso”. Empezó a maquillarse y a cuidar un poco más su imagen. Así, quienes le acosaban en el colegio pasaron a intentar ligar constantemente con él. “Por una parte, me hacía sentir bien que quienes se metían conmigo, después estuvieran detrás de mí, pero realmente me di cuenta de que me estaba engañando a mí mismo porque no era yo”, confiesa.

Estudiar en Madrid fue determinante para que Ian pudiera encontrarse a sí mismo. “Conocí a gente vinculada a la diversidad sexual y de género y empecé a ver vídeos sobre ello. Entonces entendí el concepto de transexualidad y supe qué era lo que necesitaba”. Internet le abrió las puertas del conocimiento y le permitió convertir sus dudas en certezas. Empezaba el tránsito.

El Servicio Canario de Salud (SCS)cuenta con un protocolo de atención a personas transexuales, donde se establecen todas las pautas a seguir. El primer requisito es visitar al médico de cabecera, que remitirá al paciente al endocrino y al psicólogo, quien deberá emitir una carta que avale el inicio del tratamiento. “A mí el psicólogo me la dio a la primera, pero hay quienes han tenido hasta seis sesiones y no se la dan, ya que tienen que estar seguros de que realmente estás preparado”, señala el joven.

Ian Suárez ha explicado su proceso de cambio de sexo a través de sus redes sociales. Foto: eldiario.es
Ian Suárez ha explicado su proceso de cambio de sexo a través de sus redes sociales. Foto: eldiario.es

Una vez obtenido el documento, Suárez acudió al médico de cabecera para que le recetara la testosterona, que debe introduce mediante una inyección intramuscular cada dos semanas. “El tratamiento de testosterona debe hacerse toda la vida, pero cada vez con un mayor margen de tiempo entre sesión y sesión”, explica. La inyección en el centro de salud es gratuita, así como la atención especializada recibida. Sin embargo, cada caja de testosterona cuesta 0.63 (alrededor de 13.5 pesos) céntimos. “Teniendo en cuenta que es para toda la vida, es dinero”, alega Suárez.

Ian también tuvo que ir al psiquiatra, un requisito que ya no es necesario puesto que la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar la transexualidad como una enfermedad en 2018. A pesar de ello, el SCS mantiene en su protocolo, que está en período de actualización desde 2012, la definición del concepto establecida por el Centro de Enfermedades Internacionales.

Después de esto, llega el paso más complejo: entrar al quirófano. De las tres operaciones habituales, Ian solo ha hecho la primera: la mastectomía o extirpación de la glándula mamaria. Ian decidió someterse a la intervención quirúrgica en un centro privado y también tendrá que someterse al vaciado, que consiste en extirpar el útero, para prevenir posibles enfermedades. “Yo con la primer inyección de testosterona dejé de tener la menstruación, pero sigo sintiendo los dolores. Hacerte o no el vaciado depende de cada persona. Por ejemplo, si tu abuela ha tenido cáncer de útero, lo mejor es quitárselo”, recomienda.

Hay dos formas de realizarse una reasignación de genitales. La primera mediante la alargación del clítoris y la segunda mediante la creación de una prótesis a partir de la piel de otras zonas como el brazo o la espalda. Sin embargo, ninguna de las dos permite al paciente tener sensibilidad en la zona. “Realmente no son operaciones para nosotros, sino para hombres que han perdido los testículos, por ejemplo. No están pensadas para personas transexuales”, sentencia. También subraya que para quienes tienen disforia de sexo es un paso fundamental verse con miembro.

Ian salió airoso de la mastectomía, pero ahí no termina su lucha. Toca hacer frente a la Administración. Para alcanzar la rectificación de sexo en la documentación, La Ley socialista 3/2007 del 15 de marzo estipula que se debe acreditar mediante un informe que la persona ha sido tratada médicamente durante al menos dos años “para acomodar sus características físicas a las correspondientes al sexo reclamado”.

La Ley sobre la no discriminación del colectivo LGTBI paralizada en el Congreso y obstaculizada por el Partido Popular rompe con este intervalo de tiempo y reconoce que la rectificación registral de la mención del sexo no vendrá supeditada “a la acreditación de haberse sometido a ninguna terapia, tratamiento médico o psicológico ni a ninguna intervención quirúrgica de reasignación, total o parcial”.

En primer lugar, Ian acudió al Registro Civil para abrir la solicitud, después pidió cita para renovar el Documento Nacional de Identidad (DNI), y tuvo que esperar a que se enviara la petición a Madrid para que dieran la aprobación al procedimiento. Hace apenas un mes recibió su DNI, el primero que recoge cuál es su auténtica identidad.

“Es un proceso muy lento. Pero lo bueno es que al menos puedes modificarlo en la Seguridad Social desde el día en que comienzas el tratamiento. Es incómodo que vaya cambiando tu cuerpo y en el médico te sigan llamando por tu nombre anterior”, revela Ian.

A los obstáculos burocráticos que Ian Suárez ha tenido que sortear se le suman las barreras sociales del desconocimiento y del déficit de empatía. “Mi cambio fue progresivo. Primero me corté el pelo. Siempre me preguntaban por qué y yo no quería responder todavía”, narra. Una vez que decidió contar a su entorno lo que sentía, tuvo que esquivar de nuevo preguntas vacías. “¿Por qué has querido cambiar, si eras guapa?”, le decían algunas de sus amigas. “Lo hacen por desconocimiento. Pero lo que para la gente puede parecer solo un cambio estético, para mí puede determinar mi felicidad”.

El apoyo de su familia ha sido fundamental en estos dos años, aunque al principio no fue tan sencillo. “El proceso por el que pasa una persona transexual suele percibirse como la pérdida de alguien, porque desaparece físicamente, pero realmente es una despedida necesaria para dar la bienvenida a una persona mucho mejor y más feliz”, insiste.

Su experiencia ha sido para él tan satisfactoria y tan importante que no ha dudado en compartirla con el resto a partir de su canal de YouTube. “Me he dado cuenta de que las personas trans han sido siempre muy invisibles. Creo que si hace 20 años se hubiera mostrado más esta realidad ahora sería todo mucho más fácil. Hay que aprovechar el contexto actual en el que tenemos más acceso a la información”, señala.

Ian no quiere ser un referente para nadie, solo pretende aportar su huella a otras personas que puedan no entender lo que sienten personas como él y también a sus familias, para que logren empatizar y normalizar la situación. “Y a quienes no quieren comprendernos, solo les pido humanidad", concluye.