El escudo nacional corona este documento donde resaltan tres palabras escritas en letras mayúsculas y con tinta roja: EPIFANIO AVILÉS ROJAS. Hay decenas de hojas en donde se escribió su nombre, pero esta que el tiempo pintó de sepia cuenta parte de su historia. Nació el 27 de abril de 1933 y sus padres fueron los campesinos Catalina Rojas y Román Avilés. Este documento también certifica que Epifanio no es un personaje de ficción que desaparece al dar vuelta a la página. Aún así, lo desaparecieron.

El 19 de mayo de 1969 soldados, al mando del mayor de infantería Antonio López Rivera, lo detuvieron en el poblado de Las Cruces, en Guerrero, y lo trasladaron al cuartel militar de Ciudad Altamirano. Al día siguiente lo subieron a una avioneta. Desde entonces no se sabe nada más de él. Tenía 36 años.

Esta fotografía forma parte del expediente que la Dirección Federal de Seguridad (DFS) integró sobre Epifanio Avilés Rojas.
Esta fotografía forma parte del expediente que la Dirección Federal de Seguridad (DFS) integró sobre Epifanio Avilés Rojas.

Desde ese mayo de 1969, Braulia Jaimes comenzó a buscar a su esposo y padre de sus tres hijos. Preguntó por él en oficinas de militares y policías, también en cárceles. Exigió que le dijeran dónde estaba. Denunció su desaparición en los periódicos. Medio siglo después, Braulia —88 años— tiene el mismo reclamo: que el Estado mexicano le diga dónde está Epifanio.

Braulia Jaimes en su casa, en la delegación Iztapalapa. La acompañan su hijo Jaime Avilés Jaimes y su hermano, Jaime.
Braulia Jaimes en su casa, en la delegación Iztapalapa. La acompañan su hijo Jaime Avilés Jaimes y su hermano, Jaime.

Su nombre encabeza las listas de detenidos-desaparecidos por el Estado que durante décadas han nombrado madres, esposas e hijos y que siguen recordando sus nietos. Mil 200 sólo en la década de los años 70.

En México, el Estado lleva 50 años desapareciendo personas.

Traer al presente la historia de los desaparecidos de hace décadas, como la de Epifanio, no sólo es un acto de memoria y justicia. En las desapariciones de esos años —señala el historiador Camilo Vicente Ovalle— está parte de la explicación de lo que se vive ahora en México, un país en donde, en los últimos 12 años, al menos 40 mil personas fueron desaparecidas.

Escena tomada a mediados de la década de los 70 en el puerto de Acapulco. Braulia Jaimes se encuentra de pie entre su papá, a la izquierda de la imagen, y Epifanio a la derecha. Fotografía: cortesía de la familia Avilés Jaimes
Escena tomada a mediados de la década de los 70 en el puerto de Acapulco. Braulia Jaimes se encuentra de pie entre su papá, a la izquierda de la imagen, y Epifanio a la derecha. Fotografía: cortesía de la familia Avilés Jaimes

Nacer en Guerrero

La historia de Epifanio comenzó entre cerros, en Rincón Chámacua, ranchería en donde las visitas de un médico eran esporádicas y las mujeres aprendían a parir en sus casas. Así era entonces. Así sigue siendo hoy en varias comunidades de Guerrero, estado en donde 64.4% de su población vive en situación de pobreza.

El 27 de abril de 1933, Catalina y Román recibieron a su segundo hijo, lo llamaron Epifanio; al primero lo nombraron Alberto y al tercero, Miguel.

Los hermanos Avilés Rojas eran aún niños cuando murió Catalina; un par de años después, Román falleció. La abuela asumió el cuidado de sus nietos hasta su muerte, a mediados de la década de los 40. Entonces, Epifanio tenía 14 años.

Braulia es la hija mayor de la familia Jaimes. Ella nació en Chámacua de Michelena; sólo un río la separaba de la ranchería donde vivía Epifanio. Ahora, lejos de esas tierras guerrerenses, en la Ciudad de México, Braulia muestra que los años no han hecho mella en sus recuerdos:

—Cuando terminé la primaria en Chámacua de Michelena me fui a Chilpancingo y estuve tomando cursos para ser maestra. Cuando regresé, conocí a Epifanio en los bailes. Ahí nos veíamos. Él me robó. Bueno, yo me fui con él, porque en mi casa no lo querían. Luego lo quisieron y nos casamos… Sus amigos lo conocían como El Toro Barroso, él mismo pidió que lo llamaran así, porque el toro es un animal bravo, bonito.

Epifanio y Braulia comenzaron su historia juntos en 1952. Se rebelaron contra la tradición de tener hijos de inmediato. Un tiempo vivían en Chámacua de Michelena, donde sembraban maíz y ajonjolí. Otros días se instalaban en Acapulco, donde él trabajó como policía en 1954. Epifanio fue cabo y sargento patrullero en Acapulco y en Iguala. En Ciudad Altamirano, fue jefe del grupo de la policía judicial. También vivió en Puebla, donde trabajó como inspector de salubridad.

A mediados de la década de los 60, la pareja migró a la Ciudad de México. Para entones ya eran padres de Nereida, Blanca y Jaime. Vivieron en Contreras, zona que entonces era más rural que urbana; ahí estuvieron a cargo de una granja.

Braulia muestra una las fotografías donde se mira a Epifanio y a ella hace poco más de 50 años. Fotografía: Cortesía Huellas de la Memoria
Braulia muestra una las fotografías donde se mira a Epifanio y a ella hace poco más de 50 años. Fotografía: Cortesía Huellas de la Memoria

En 1967 se instaló con ellos Florentino, hermano menor de Braulia, ingeniero egresado del Instituto Politécnico Nacional, profesor en la secundaria número cuatro y miembro activo de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR), una de las varias organizaciones guerrilleras que surgieron en el país en aquellos años y cuyo líder fue el profesor Genaro Vázquez Rojas, originario de San Luis Acatlán, Guerrero.

En su libro México armado 1943-1981, la periodista Laura Castellanos documenta que a partir de la década de los 60 se crearon poco más de 30 organizaciones que decidieron tomar las armas para enfrentar a un Estado que protegía caciques, que mataba a los adversarios políticos y a líderes sociales, como a Rubén Jaramillo, y reprimía movimientos sociales como el de los médicos, los ferrocarrileros y el de la Universidad de Guerrero.

Justo fue Guerrero en donde la presencia de la guerrilla tuvo un peso importante: gran parte de los miembros de la ACNR eran de esa entidad; además, en 1967 el profesor Lucio Cabañas creó en la Sierra de Atoyac el Partido de los Pobres.

Epifanio Avilés y Braulia Jaimes comenzaron su vida juntos en 1952 en Chámacua de Michelena, donde sembraron maíz y ajonjolí. El matrimonio tuvo tres hijos, Nereida, Blanca y Jaime. Fotografía: cortesía de la familia Avilés Jaimes
Epifanio Avilés y Braulia Jaimes comenzaron su vida juntos en 1952 en Chámacua de Michelena, donde sembraron maíz y ajonjolí. El matrimonio tuvo tres hijos, Nereida, Blanca y Jaime. Fotografía: cortesía de la familia Avilés Jaimes

Unirse a la guerrilla

Florentino Jaimes tiene una memoria prodigiosa. Es un hombre de complexión gruesa y no muy alto. Habla lento y sin dejar de mirar a quien lo escucha. La primera de las varias entrevistas que tenemos se da en 2013. Ese día lleva guayabera blanca y ganas de contar la historia de Epifanio y también su propia historia. Porque Florentino y Epifanio pudieron haber tenido el mismo destino. Pero no fue así.

Ellos fueron amigos antes de ser cuñados. Se conocieron cuando Florentino estudiaba la secundaria. Epifanio no terminó la primaria.

—Nos juntábamos con Juan Antúnez Galarza para ir a la cacería de la paloma para el almuerzo —recuerda Florentino, quien dejó a sus amigos de la adolescencia cuando se fue de Guerrero para estudiar en la Ciudad de México.

A finales de la década de los 50, Florentino asistía a la Vocacional No. 2 y vivía en la Casa del Estudiante Guerrerense.

—Había una efervescencia estudiantil, un ambiente que propiciaba la discusión política. Hablábamos de lo que pasaba en Guerrero, de la represión que se vivía en el estado. En la Casa del Estudiante Guerrerense, Florentino comenzó su amistad con Genaro Vázquez. En abril de 1968, decidió unirse a la ACNR.

—¿Epifanio conoció a Genaro Vázquez? —pregunto a Braulia.

—A mí no me dijo nada. Él no me dijo que estaba militando con él. Yo oía que comentaban, que se iban a hacer ejercicio. ¿Conocerlo? Creo que no lo conoció, pero sí andaba formando parte de la guerrilla. Mi hermano lo invitó.

En 1968 el Estado mexicano presumió al mundo que podía organizar los juegos olímpicos. En la Plaza de Tlatelolco demostró que podía matar estudiantes. Ese año Epifanio se unió a la ACNR.

Mucho antes, Epifanio ya había dado muestras de su interés por la organización social y política. Cuando construían un canal de riego en Chámacua de Michelena, Epifanio y Florentino organizaron a los trabajadores de la obra para la defensa de sus derechos laborales; impulsaron la formación del Sindicato de Trabajadores del Encauzamiento de las Aguas del Río Amuco. Todas las tardes, Epifanio se reunía con ellos para, entre otras cosas, enseñarlos a escribir y a leer.

—Por eso, porque alfabetizaba, le decían profesor —asegura Braulia.

—Él se interesó mucho en la situación social; en la represión que se vivía en Guerrero, en el país. Tenía una conciencia social mil veces mayor que cualquier persona que estuviera en la universidad —recuerda Florentino.

Unos días después del 2 de octubre de 1968, Florentino, Epifanio y Juan Antúnez comenzaron a planear “la acción” o “expropiación”, como se les llamó a los asaltos que miembros de las organizaciones guerrilleras realizaban para financiar su movimiento.

Carteles realizados por los familiares de los detenidos-desaparecidos en el contexto de la contrainsurgencia. En varios de ellos se exigía la presentación con vida de las personas desaparecidas. Los carteles están en exhibición en el Museo Casa de la Memoria Indómita.
Carteles realizados por los familiares de los detenidos-desaparecidos en el contexto de la contrainsurgencia. En varios de ellos se exigía la presentación con vida de las personas desaparecidas. Los carteles están en exhibición en el Museo Casa de la Memoria Indómita.

*Este reportaje forma parte del Proyecto ‘A dónde van los desaparecidos’ de Quinto Elemento Lab.