La preocupante velocidad a la que está creciendo la gran isla de basura del Pacífico, el aumento de sargazo en nuestras playas, especies marinas afectadas por la contaminación plástica... pero en medio de estas noticias sobre daño ambiental, también hay quienes se esfuerzan en buscar soluciones.

Eduardo Bustamante, un poblano de 35 años, nos cuenta que hace poco más de cuatro años, mientras buceaba en la Riviera Maya se vio rodeado de bolsas de papas, latas de comida y botellas de refresco.

“Fue ese día que comenzó mi pasión de querer hacer un cambio y limpiar el planeta”, cuenta el fundador de BioBox.

Esta empresa promueve el reciclaje a través de máquinas recolectoras de popotes, botellas de PET y latas de aluminio que te premian por esta “acción verde”.

Para darnos una idea del daño que estos productos generan, hay datos de la Secretaria del Medio Ambiente que nos dicen que una botella de plástico tarda hasta 500 años en degradarse y la asociación Amigos de la Tierra calcula que una lata de aluminio tarda entre 200 y 500 años.

La primera máquina la hicieron hace cuatro años y, después de muchas pruebas y errores, en 2017 llegaron a la tercera versión, un aparato que ya patentaron.

Durante ese proceso, Eduardo tuvo que invertir sus ahorros: “imagínate, me acababa de casar y de repente lo perdí todo”, dice mientras se ríe, “pero el éxito se aprende, lo que importa es tener una pasión y repetir hasta lograrlo”.

La primera máquina bien lograda la instalaron en el Parque México, en la colonia Condesa.

Actualmente hay 120 máquinas por la ciudad y se encuentran en parques, camellones, tiendas de autoservicio y gimnasios. Para finales de este año —asegura el fundador— habrá 300.

La máquina de BioBox funciona como una expendedora de comida pero al revés. El usuario llega con su botella de agua vacía o lata de comida y la pone dentro de la máquina. Ésta lee el código de barras (¡ojo, ya no arranquen las etiquetas de sus envases!) y de esa forma separa los residuos, según el material del que están hechos.

El siguiente paso es el premio por la “acción verde”, hay tres opciones: una es donar esta recompensa a una fundación, cada máquina apoya a una distinta como Save The Children o Doctor Sonrisas, y son 10 centavos por envase.

La segunda opción es recibir un punto Payback por cada envase reciclado, esos puntos se traducen en pagos de servicios (Metro, Metrobús, agua, luz, teléfono, etcétera) o en pagos en supermercados, tiendas de autoservicio, aerolíneas, entre otras. La tarjeta Payback es gratuita y se pide por internet o por telefóno. La última opción es acumular los puntos en la app de BioBox que sirven para descuentos en restaurantes, cines, peluquerías y más.

Cuando la máquina está por llenarse, notifica a través de la app al equipo de BioBox y sus brigadas (que se mueven en bici) las van vaciando. De esa forma se aseguran que cada material termine en alguno de los centros de reciclaje con los que tienen convenio. En promedio, cada máquina recibe 500 envases al día.

Según datos de BioBox, aproximadamente el 5% de la basura no es reciclable, estos son los deshechos químicos o médicos. El 60% lo es y el otro 35% por ciento es producto orgánico, que se convierte en composta. “En realidad, del 100% que se ve en un camión de basura, solo 5% tendría que estar ahí. El otro 95% debería de estar reutilizándose”, explica Eduardo Bustamante.

En el caso de BioBox, las botellas de PET de colores son transformadas en cobijas o camisetas y las latas de aluminio se convierten en calentadores solares que son donados a comunidades indígenas. El resto del plástico se vuelve a utilizar para su función inicial.

Para Eduardo, el cambio está en ser consciente y poco a poco llegar a tener un estilo de vida más ecológico. Un primer paso es separar los residuos en casa y llevarlos a las máquinas BioBox. De esa forma intentar que la menor cantidad de basura posible termine en el Bordo de Xochiaca, rellenos sanitarios, el campo o en el fondo del mar.

“La palabra ‘basura’ se refiere a cuando está todo junto y no tiene ningún valor. La idea es que cambiemos ese chip y entender que cada envase es un residuo sólido y en casi todos los casos, reciclable. Ese residuo es la materia prima de un nuevo producto”, concluye Bustamante.