El pájaro azul no supo en qué se estaba metiendo cuando eligió su nuevo hogar, a unas 70 metros de un compresor de gas natural. Fue solo hasta que pasaron días que el bajo zumbido de la maquinaria comenzó a pasar factura. Era más difícil escuchar los sonidos emitidos por posibles depredadores o incluso los ruidos normales del mundo circundante, así que tuvo que mantenerse en estado de alerta casi permanente. Sus niveles de hormonas del estrés se dispararon, su salud se deterioró. No podía establecerse en otro lugar, porque tenía un nido lleno de crías que cuidar. Sin embargo, sus polluelos también sufrieron, creciendo pequeños y con pocas plumas, si es que sobrevivieron.

Los científicos no podían preguntarle al pájaro azul qué estaba sintiendo. Pero cuando tomaron muestras de sangre del ave, como parte de un estudio de 240 sitios de anidación que rodean las instalaciones de tratamiento de gas natural en el norte de Nuevo México, descubrieron que mostraba los mismos síntomas fisiológicos que un ser humano que padece trastorno de estrés postraumático.

“El ruido coloca a las aves en una situación de estrés crónico... y eso tiene consecuencias realmente graves para la salud de las aves y sus descendientes”, aseguró Rob Guralnick, curador asociado de informática de biodiversidad en el Museo de Historia Natural de Florida.

Sería un exceso aseverar que el ruido daña la salud mental de las aves, pues los animales no han sido evaluados por un psicólogo aviar. No obstante, en un artículo publicado el lunes en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias, Guralnick y sus colegas afirman que existe una conexión clara entre la contaminación acústica, los niveles anormales de hormonas del estrés y las tasas de supervivencia más bajas. Esta es la primera vez que se establece un vínculo en una población de animales salvajes, arguyen, y debería hacernos pensar a todos en los daños que nuestras dinámicas y necesidades provocan a la naturaleza.

"La degradación del hábitat siempre se concibe como un corte claro, o un cambio en el ambiente de manera física. Pero esta es una degradación acústica del ambiente", dijo Guralnick. "Creemos que es una verdadera amenaza para la conservación".

La investigación se llevó a cabo en el Área de Manejo del Hábitat del Cañón de Cascabel de la Agencia de Administración de Tierras. El sitio está deshabitado, pero tiene pozos de gas natural y estaciones de compresión que emiten un zumbido constante y baja frecuencia en aproximadamente el mismo rango que los cantos de muchas aves. Eso lo convierte en el lugar perfecto para estudiar los efectos del ruido producido por el ser humano, lejos de los humanos mismos.

Clint Francis, un ecologista de la Universidad Politécnica Estatal de California, ha estado estudiando este ecosistema durante más de una década. En estudios anteriores, informó que el ruido puede reestructurar comunidades enteras, lo que incita a las aves a alterar el tono de sus cantos, cambiando la demografía hacia especies más tolerantes al ruido, incluso cambiando la distribución de las plantas en función de dónde permanecen las aves. También descubrió que a algunas especies les fue mejor cuando anidaban cerca de fuentes de ruido, porque el clamor ahuyentaba a los depredadores que de otra manera comían huevos y pollos vulnerables.

“Aún nos preocupaba que pudiera haber costos ocultos cuando se mide otros aspectos del éxito reproductivo", dijo Francis. "Por eso queríamos ver las hormonas del estrés".

Los análisis de sangre revelaron que los niveles de corticosterona en las aves más cercanas a los compresores de gas eran mucho más bajos de lo normal. Esto inicialmente sorprendió a los investigadores, ya que la corticosterona es el equivalente del cortisol (la hormona que impulsa a su cuerpo a liberar una gran cantidad de adrenalina, aumentar su presión arterial y bombardaear el cerebro con azúcar) en las aves.

Pero luego llevaron sus resultados a Christopher Lowry, un fisiólogo del estrés en la Universidad de Colorado en Boulder. Para él, los resultados no fueron sorprendentes en absoluto, es lo que se esperaría en una criatura expuesta a una tensión prolongada y persistente.

Los seres humanos que padecen trastorno de estrés postraumático o síndrome de fatiga crónica, y los ratones de laboratorio que han pasado por experiencias traumáticas, responden silenciando su eje hipotálamo-pituitario-suprarrenal (HPA) para ignorar la cascada de respuestas químicas desencadenadas por el estrés.

"Se puede imaginar estar en un estado de constante excitación e hipervigilidad", explicó Lowry. "Si no hubiera una manera de desensibilizar estos sistemas, se produciría un estado de fatiga crónica. Ningún organismo es capaz de funcionar esencialmente con turbo todo el tiempo. Por lo tanto, después de un período de tiempo, la fisiología se adapta, tal vez para conservar los recursos. "

Es una adaptación a un escenario insostenible, dijo Lowry, pero no particularmente buena. Esta reducción del eje HPA está vinculada a un deterioro general de la salud. Es probable que un humano experimente problemas cardiovasculares, problemas gastrointestinales, fatiga extrema. Mientras tanto, el pájaro azul del oeste, una especie común y resistente que generalmente se considera tolerante al ruido, ahora es más pequeño y tiene las plumas desaliñadas.

“El cuerpo está empezando a romperse”, dijo Lowry.

Para Lowry, el hecho de que los humanos respondan al estrés de la misma manera que los animales tan distantes como las aves sugiere que esta respuesta es antigua y está profundamente arraigada. Y plantea preguntas sobre cómo los humanos manejan la exposición al ruido que no presta tregua. La madre azul que anidó cerca de un compresor y no pudo salir cuando el sonido se hizo insoportable puede no ser tan diferente de una familia humana de bajos ingresos obligada a alquilar un apartamento cerca de una ruta de vuelo o un sitio industrial ruidoso.

"Hay evidencia de que vivir una experiencia auditiva completa es esencial para tener una salud óptima en ambas especies", dijo Lowry.

¿Por qué la salud auditiva es tan importante? Francis cree que tiene que ver con nuestra capacidad para detectar los peligros que nos rodean.

"Los animales vigilan constantemente su entorno y toman decisiones basadas en el riesgo. El ruido degrada este canal sensorial que es realmente importante", dijo. "Es muy probable que la exposición al ruido reduzca significativamente la capacidad de un animal para usar el sonido o confiar en la escucha pasiva de los peligros, y eso establece condiciones en las que la evaluación del riesgo sea incierta y conduzca a desórdenes psicológicos como la ansiedad".

“Será difícil averiguar con exactitud si esto está sucediendo porque hay muchos factores interconectados que operan en este entorno. Por un lado, las aves pueden estar estresadas por el ruido, pero también los animales que podrían comerlas”.

Este contenido fue publicado originalmente en The Washington Post.