Cuando llegó el cadáver de Filemón García Jerónimo, las antorchas del Gran Cañón estaban encendidas. Fue casualidad. Ese día, sus vecinos del poblado El Alberto habían organizado una de sus Caminatas Nocturnas. Un recorrido en que los visitantes a este diminuto pueblo de Hidalgo y su balneario simulan durante unas horas el trayecto y los riesgos de cruzar como migrante sin papeles la frontera con Estados Unidos.

Una apuesta en la que los sectores más vulnerables de México, Centroamérica o Haití se juegan la vida por la posibilidad de un futuro mejor. Como cuando Filemón murió al volcar la camioneta que le llevaba en su trayecto al vecino del norte.

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El EcoAlberto es el nombre del parque de eco turismo construido por esta comunidad de hñahñus del centro de Hidalgo para crear empleo y dejar de depender de las remesas. También es un plan que busca dejar de perder en otro país a sus jóvenes más audaces. El proyecto se estructura en unas albercas construidas alrededor de una fuente de agua termal que encontraron en los años 90. Construido con remesas y fondos federales, con el parque llegó una carretera que les une con Ixmilquilpan, la cabecera municipal. También la línea telefónica y un flujo constante de visitantes, de turistas, de dinero.

Pero la joya, lo que distingue al EcoAlberto de las decenas de parques con piscinas y deportes de riesgo que hay en el valle del Mezquital, es la Caminata Nocturna. Veinte kilómetros, metro arriba, metro abajo, basados en hechos reales; en los recuerdos de la gente del pueblo que cruzó de “mojado” y volvió para contar su experiencia. La memoria colectiva de una comunidad en la que hables con quien hables todos tienen uno o varios familiares —hermanos, hijos, maridos, sobrinos— en el vecino del norte. Y si no, ahorran para pagar al coyote.

Casi 100 personas del pueblo trabajan esa noche en la escenificación. Los visitantes y turistas, en su mayoría nacionales, hacen el papel de los migrantes. Reunidos en el patio central de la única iglesia de El Alberto, los “polleros” les dan un breve discurso. No es un campo de entrenamiento para migrantes. Tampoco una banalización de la realidad. Es una recreación de lo jodido que lo pasan los migrantes que cruzan a Estados Unidos todos los días.

En este viaje la coreografía está clara. Primero llega la migra. Dos vecinos diestros en inglés, Virgilio Jerónimo y Andrés Sanpedro, gritan como si fueran agentes fronterizos. Para más realismo, conducen dos pick ups blancas con una franja verde oliva y sirenas. Los “polleros” susurran muy alto que corran, que se escondan. Cuando la policía captura a uno de los migrantes, se va y para él se acabó la travesía.

Luego el grupo se encuentra con los “cholos” quienes les Insultan, roban, les tiran al suelo. Tratan de llevarse a alguna de las muchachas. Pero de repente vuelve la migra y otra vez a correr, a esconderse. No hay mal que por bien no venga y espantan a los delincuentes.

Unas horas andando por lodo y caminos, con la presencia constante de los agentes fronterizos Virgilio y Andrés al acecho. El siguiente sobresalto. Los narcos. Escogen a un par de hombres fuertes, y se los llevan como “mulas” para la droga. También a alguna de las mujeres. Si se resisten, usan ciertas dosis de violencia. Suele haber un infiltrado, alguien del pueblo en el grupo. Intenta huir y los narcos lo matan de un tiro.

A veces, les hacen cruzar el río Tula para dar una idea lo que es el Bravo. Otras, atravesar un túnel y pasar debajo de una carretera mientras la migra vigila. El final es siempre el mismo. Vendan los ojos a los migrantes, y en fila, mano apoyada en el hombro del compañero, caminan hasta el Gran Cañón, donde hay decenas de antorchas encendidas. Un homenaje a todos los muertos del camino. Las que el día que llegó el cadáver de Filemón García Jerónimo estaban encendidas.

¿No es irónico que la piedra angular del plan para detener la migración en El Alberto consista justamente en imitarla?

—Los que critican la caminata no saben lo que dicen. No es un campo de entrenamiento ni una diversión. No banalizamos la frontera. La realidad es mucho más fea. Lo hacemos para mostrar esta realidad. Hay animales. Se acaba la comida y el agua. Estás ahí por muchos días. Mi marido lo pasó y me dijo que una mujer no debería cruzar nunca sola. En su grupo iba una y vio cómo abusaban de ella. Vio muertos.

Dhyahy Barrera tiene 27 años. Es morena y bajita. Nariz ganchuda. Pelo negro y aretes dorados. Como muchas aquí, es hija, hermana y esposa de un migrante. También una de las personas que ha encontrado trabajo en el EcoAlberto. Formada como Técnica de Turismo, su día a día es cobrar los 90 pesos de entrada al balneario. Cuando hay Caminata Nocturna, hace de “pollera”.

Otro que trabaja en el balneario es Beto Liberto. Conductor, por 40 pesos lleva y trae de Ixmilquilpan a los visitantes. Y él es de los que ahorra para un coyote. Su primera vez cruzó por mil 200 dólares. Ahora le piden más de 8 mil. Los dos son la norma en El Alberto. El familiar sufrido y el migrante que se juega la vida. El plan es que sean la excepción.

Rastrear la población de El Alberto es imposible. Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) están desactualizados. Son de 2010, con 834 personas registradas y condiciones de alta marginalidad. Unas cuantas más que en 2005, cuando había 540, pero también unas cuantas menos que en el año 2000, cuando en El Alberto habitaban mil 235 almas.

Dhyahy hace las cuentas a ojo de buen cubero y calcula que si volviesen todos los que se fueron a Estados Unidos serían más de 3 mil personas. En el centro de salud, una de las enfermeras, Domitilia Ángeles, estima que el 70% del pueblo son mujeres que se quedaron en casa mientras sus hombres cruzaban. Ella tiene tres hermanos en Estados Unidos. Dos lograron legalizar su situación y vuelven de visita. Al que no lo logró, hace más de 25 años que no lo ve.

Dhyahy y su familia son el espejo perfecto. La historia cíclica. De paseo por El Alberto, camino a la casa de sus padres, se detiene frente a una construcción en obra negra. Las ventanas están puestas. La puerta no. Es la que su hermano mayor está levantando en el pueblo, para regresar en cuanto pueda de Utah. Hace tres años que no lo ve. Allí vive también el pequeño. A él, hace seis años que no puede abrazarle. Los dos mandan remesas, entre mil y 2 mil pesos a la semana.

En el libro Viejos y nuevos problemas demográficos de Hidalgo, se lee: En Ixmilquilpan como en ningún otro lugar del Estado de Hidalgo es muy evidente el consumo de remesas monetarias en la construcción de viviendas. En El Alberto hay una frontera social muy clara. A un lado, las casas del dinero que llega de EE.UU. Al otro, las chabolas y jacalitos de los que no quieren o no pueden o no se atreven a atravesar de “mojados”.

Hay una ironía. Los vecinos emigran. Empiezan a construir su casa. Tras años, la acaban. Para entonces ya están establecidos en Estados Unidos. Tienen hijos. ¿Cómo van a volverse ahora? Y esas viviendas de cemento quedan abandonadas. Como la especie de mansión de dos pisos, comida por la vegetación y las malas hierbas, que señala Dhyahy. Su cara refleja lástima. Dice que así hay muchas.

Las remesas no son solo para las familias. La comunidad tiene un sistema, un mecanismo de contribución solidaria. Lo activan cuando tienen un gasto extraordinario y contactan a sus vecinos migrados. Estos se reúnen en Estados Unidos. Hay que arrimar el hombro para poner dinero y ayudar al pueblo. Todo conforme a los usos y costumbres. Cuando encontraron una fuente de agua caliente en los terrenos de lo que ahora es el EcoAlberto, esas remesas fueron las primera vía de financiamiento que usaron para levantar el parque, piscina a piscina.

—Estaba lleno de mezquite y espinas. Lo quitamos. Primero hicimos una poza, luego una alberca. Venían visitantes. Fue creciendo poco a poco. Nadie pensó que llegaría a balneario. En 2004 llegó la carretera desde Ixmilquilpan y nos permitió llegar al Gran Cañón. Ese año surge la Caminata Nocturna. Vienen más visitantes. Lo financiamos todo poco a poco, con dinero de remesas y de las visitas.

Antes había más que nada agricultura de subsistencia y construcción. Con el EcoAlberto como centro, se abrieron algunos abarrotes que venden cerveza, comida y productos varios. La otra tienda del pueblo es la que llaman de Productos Americanos, una suerte de bazar donde hay desde carritos de bebé hasta cremas hidratantes. La montó un vecino con papeles que viene de tanto en tanto con una camioneta cargada de mercancía. Hace meses que no la abastece. Es la debilidad del peso frente al dólar.

—¿Son importantes las remesas aquí?

—Sin ellas, El Alberto sería un pueblo fantasma.

—¿Tienen miedo con Donald Trump y sus amenazas?

La cara de Dhyahy sirve de respuesta.

Las remesas se cuentan, con las exportaciones de carros, la inversión extranjera directa, el turismo y el petróleo, entre las cinco fuentes más importantes de captación de divisas de México. Son vitales para los sectores más pobres del país. El área de estudios de BBVA estima que un millón 600 mil hogares en México dependen de este recurso, que proviene en un 95% de Estados Unidos. Se entiende que cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su Administración hablan de subirles el gravamen o bloquearlas para pagar su promesa electoral de un great great wall fronterizo, haya miedo.

Uno de los grandes expertos en remesas y sus consecuencias es Carlos Encinas Ferrer, economista, investigador y académico en la Universidad del Valle de Atemajac. Al teléfono, explica que las remesas son la primera línea en el combate de la pobreza de las zonas marginales. Van directas al bolsillo de las familias sin dinero ni formación y su crecimiento es exponencial. En 1995, llegaron a México 3 mil 600 millones de dólares. En el año 2000, 6 mil 500. En el 2007, 26 mil.

Su composición y evolución, cuenta Encinas, es interesante. En 1995, cuatro de cada seis eran las llamadas money orders. Western Union y demás. Ahora, el 90% son transferencias electrónicas, dentro del Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios que puso en marcha el banco central de México. Serían las que Trump y su Administración han amenazado en repetidas veces con gravar.

Encinas Ferrer lo ve imposible. ¿Cómo distinguir las que son de trabajadores mexicanos? ¿Cómo saber las que son de empresas estadounidenses que tienen sus operaciones en México? ¿Pondrían un impuesto a todas las transferencias de dinero de Estados Unidos a México?

Incluso aunque en un giro copernicano en geopolítica Estados Unidos se atreviera a poner límites al movimiento del capital, Encinas Ferrer tiene una solución. Desviar los money orders y las transferencias por un tercer país y evitar esa tasa hipotética. Pero los migrantes no son economistas y el miedo a las amenazas migratorias de Trump ha llevado a cifras récord en las remesas. En 2017 se enviaron a México desde Estados Unidos 30 mil 290 millones de dólares, según Banxico. Hasta agosto de 2018 iban 21 mil 967. El Alberto es norma, no excepción.

Una de las pocas tiendas de abarrotes que hay en el pueblo es la de los padres de Dhyahy. Está después del puente que cruza el Tula, el río que simula el Bravo. Es pequeña, con varias estanterías donde se mezclan las conservas y el refresco con el jabón de lavadora y aceites para motor. Las milpas que hay detrás de este jacalito también son suyas. Detrás del mostrador está Torivio Barrera, 56 años, pelo cano, español aprendido a los 14. Su lengua materna es hñähñu, una variante del otomí. Señor simpático, no cuesta sacarle una carcajada.

Estuvo allá de 1989 a 1995. Justo la infancia de Dhyahy. Vivió en Las Vegas y Arizona, sin hablar inglés, con señas. Jardinero como tantos otros, compartía apartamento con 17 migrantes. Ganaba 500 dólares al mes. Mandaba todo lo que podía a su mujer. Solo se quedaba sus gastos. No iba allá a darse lujos, dice.

En mitad de la charla, llega la segunda parte de la ecuación. Juana García, de 45 años, esposa de Torivio y madre de Dhyahy. En su camiseta hay un neón que pone Las Vegas, Nevada. Viene desde su casa con su nieta, Deili. Está enferma y no ha ido a la escuela. Torivio se fue con un objetivo en mente: construir un hogar. Recién casados, vivían en un jacalito con otra familia. No tenían ni para comer. Dhyahy tenía un mes de vida cuando Torivio se subió a un autobús y llegó a la frontera.

— Cuando yo crucé era sencillo, era fácil, yo iba solito, sin 'coyote', como ratoncito, escondido, buscando camino, entonces se podía, era un poco libertario, cruzando debajo de la valla. Acudía de visita cada dos años. Venía en autobús y luego volvía a cruzar solito. Me sabía los caminos, todos los lados.

—¿Se echaban ustedes de menos?

Los dos se miran y se ríen. Durante los seis años que estuvo fuera, Torivio y Juana hablaban una vez al mes. 15 minutos. Muchas veces solo les daba tiempo a apuntar el número de la remesa, 2 mil pesos cada 30 días. Lo tenían que cobrar en Ixmilquilpan. Mucho dinero. En el 91, el dólar equivalía a unos 3 pesos (3 mil de los antiguos pesos). En el 95, tras la crisis del llamado error de diciembre y el efecto tequila, llegó a 8 pesos. Hoy son 19.57 pesos.

Juana vivía de la tierra. Iba al campo con otras mujeres de migrantes. Le preocupaba que Torivio no comiese bien. “Momentos de fuerte tristeza”. En el 95, nació uno de los hermanos biológicos de Dhyahy. Torivio regresó a conocerlo. Trató otra vez de cruzar —”solito, como ratoncito”—. Le pillaron. Se volvió a El Alberto y ya se quedó. Compró un terreno y construyeron una casa de una planta y paredes crema. Se hizo con la tienda y las milpas.

—Aquí estamos a cero, tenemos tristeza, yo me fui para mi fin, que era mi sueño, mi casa; si ves a la gente que no ha salido, siguen teniendo su casita muy pobrecita, los que van allá y saben ahorrar se han hecho su casita aquí. No hay trabajo para todos. La gente se va por eso, como mis hijos, que están construyendo su casita aquí, pero está a mitad, y si los devuelven aquí se queda a medias.

Juana desea que sus hijos vuelvan ya y nunca más dejen El Alberto.

La vida es cíclica. Deili, la hija de Dhyahy, creció sin padre. Estuvo dos años en Estados Unidos, luego volvió a El Alberto. Pero no hay trabajo. Así que trató de cruzar otra vez. Lo pillaron tres veces y acabó detenido en Texas. En el momento de hacer esta entrevista, se había pasado los últimos 105 días en un centro de detención y lo soltaban en tres días.

—Estará contenta.

— Sí. Mi hija la mayor tiene seis años y le echa mucho de menos, es muy aferrada a él. Se me ha hecho muy difícil ya que tengo que hacer la labor de mamá, de trabajar, de llevar a mi hija a la escuela... muy difícil.

En El Alberto, en sus años y años de mandar migrantes y migrantes a Estados Unidos, hasta donde recuerdan los pobladores a los que preguntamos, solo Filemón García Jerónimo ha perdido la vida en el trayecto. Dhyahy se acuerda que cuando llegó el cadáver, las antorchas del Gran Cañón, las que recuerdan a todos los migrantes muertos, ya sean de México, Centroamérica o Haití, estaban encendidas. Fue casualidad. También fue poético.

*Este texto fue uno de los finalistas de la sexta edición del premio Nuevas Plumas de crónicas inéditas, concedido por la Escuela de Periodismo Portátil, la Universidad de Guadalajara, la FIL de Guadalajara y la Federación de Estudiantes.