María Gardel tenía 16 años cuando le dijo a su madre que era bisexual, que le gustaban igual las chicas que los chicos. La reacción no fue buena y las discusiones comenzaron. A su mamá le preocupaba el qué dirán. Que nadie iba a querer a María. Que se iba quedar sola.

“Se fue volviendo más agresiva con sus amenazas”, cuenta María a mexico.com, tras pedir que le cambiemos el nombre. “Yo estoy en la universidad, en otro estado, haciendo medicina, y me amenaza con quitarme el apoyo económico si no cambio de preferencias, con dejarme sin herencia, con decírselo a mi papá. Me dice que por qué no me corto el pelo como un chico, si de plano quiero ser hombre”.

La madre de María, una chica de 19 años que gusta llevar el cabello y las uñas largas, no es una excepción. En los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017, el 43% de la población mexicana no estaría de acuerdo en que su hijo o hija se casara con una persona del mismo sexo y el 32% no rentaría un cuarto en su casa a un homosexual.

Lo mismo le pasa a la madre de la novia de María. “Ella tiene miedo a decirle a su mamá. Yo me paso el día en su casa y empezó a darse cuenta. Estos últimos días le ha prohibido verme. Dice que soy una mala influencia”, sigue María, “si nos casamos ni le vamos a avisar, no más le va a llegar la invitación”.

De acuerdo a los datos de la encuesta, el 52% de los mexicanos no acepta el matrimonio civil entre personas del mismo sexo y el 64% justifica poco o nada que dos personas del mismo sexo simplemente vivan juntos en una relación. Algo que Sofía Viramontes, de 25 años y comunicóloga, ha vivido un par de veces con su chica.

“Una vez fue a las tres de la tarde, en la Condesa, una zona de CDMX muy abierta de la comunidad. Iba con mi pareja de la mano y un señor mayor, al pasar a mi lado, me empujó con el hombro y dijo ‘qué asco’”, comenta Sofía. “Otra vez, en Taxco, Guerrero, entramos a ver una iglesia muy bonita y un señor se acercó y nos dijo que si no nos habíamos quemado por lesbianas al entrar en el templo”. En las dos ocasiones, Sofía dice haberse sentido impotente, agredida y discriminada.

Aún así, Sofía ha tenido suerte. La agresión no llegó a lo físico. Julián Sánchez, en cambio sí lo sufrió en su natal Querétaro. “Yo estaba en la prepa, tenía entonces 17 años y justo había salido del clóset, y estábamos en una peda. Había mucho alcohol y tomado, me gustó un chavo, y como que traté de coquetear con él”, dice, “salieron cuatro amigos suyos y me empezaron a empujar, a decirme que ‘qué me pasaba’, como provocándome”.

Funcionó. Julián soltó un golpe. Ellos se lanzaron en grupo y le dejaron un ojo negro durante un mes, la boca llena de sangre. Ahora, cuando en ocasiones yendo por la calle le gritan que se viste como una mujer, que parece que es una, tiene miedo. Si va solo, anda más rápido. Dice que sigue luchando psicológicamente con la paliza de hace 12 años.

“Y mi caso no es muy grave, mi historia es pequeña comparada con las experiencias de otras personas”, reflexiona Julián que hoy tiene 30 años. Según la Encuesta, el 65% de los homosexuales siente que poco o nada se respetan sus derechos.