Cuando el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) cumplió 40 años, participé en un proyecto que hoy quiero evocar. Porque los recortes y las restricciones presupuestales del nuevo gobierno han puesto en entredicho la viabilidad del CIDE como una institución pública de excelencia. Y en ese contexto, de tanta incertidumbre y tristeza, quizá vale la pena recordar algo de lo que significa el CIDE para este país.

En aquel aniversario, a mediados de 2014, entrevisté a todos los directivos, desde su fundación hasta nuestros días (salvo por Horacio Flores de la Peña y Antonio Sacristán Colás, quienes ya habían fallecido). Pude conversar largamente con cada uno de ellos, en lo que después se convirtió en un coro de testimonios orales sobre la historia de la institución. Una versión abreviada puede consultarse en línea aquí.

Cuando hablé con la “madre fundadora” del CIDE, Trinidad Martínez Tarragó, me contó conmovida que sus padres la trajeron a los 11 años, con el exilio de la Guerra Civil Española. Aquí, en el México posrevolucionario, rehicieron su vida en un entorno pacífico, amable y generoso como el que nunca conocieron allá. A fines de los años 50, fue de las pocas mujeres graduadas de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM. Luego se mudó a Escocia con su marido, donde estudió un posgrado y comenzó su carrera académica. A principios de los 60 volvió a México decidida a montar una nueva escuela que actualizara la enseñanza de la economía. “Mi padre me decía que México nos lo había dado todo sin pedirnos nada. Y que debíamos hacer un esfuerzo por devolverle algo.” Eso fue, para ella, la creación del CIDE: un gesto de gratitud, de amor por su segunda patria, la retribución de una deuda de vida.

Todos los directivos que entrevisté, pese a sus diferencias, compartían un sincero orgullo por la vocación pública del CIDE. Un centro que siempre ha participado en el acontecer nacional, investigando los temas más urgentes y sensibles, aportando conocimiento especializado en política social y educación, por ejemplo, así como en rendición de cuentas, corrupción, migración y un largo etcétera. Un centro, además, que forma profesionistas con conciencia social, comprometidos con México, conocidos por su carácter analítico, crítico y propositivo. La experiencia más conmovedora que he tenido en mis 9 años como profesor no ocurrió en las aulas ni en el cubículo, sino al caminar con una comitiva de estudiantes del CIDE por las calles aledañas al Zócalo durante las protestas por la desaparición de los 43 de Ayotzinapa. Y un centro, al fin, que ha procurado abrir oportunidades de movilidad social reclutando a jóvenes talentosos de escasos recursos, ofreciéndoles becas de colegiatura y manutención. Muchos egresados reconocen cómo el CIDE, literalmente, les cambió la vida.

Hoy, sin embargo, están “en riesgo de colapsar” las capacidades del CIDE, igual que la de otros centros públicos e institutos de investigación, para cumplir su misión de crear conocimiento de punta, formar estudiantes altamente calificados y elaborar informes y recomendaciones que contribuyan a solucionar los problemas de México. Así lo dice la carta que el 15 de mayo dirigimos más de 3 mil trabajadores, profesores, investigadores, estudiantes y empleados administrativos al presidente de la República, el secretario de Hacienda y a la directora de CONACyT. Así lo han dicho mis colegas José Antonio Aguilar, Alejandra Ríos y David Arrellano, entre otros. Y así lo digo, ahora, yo también. El CIDE no será único, pero sí es un tipo de institución pública de calidad de las que no abundan, no solo en México sino incluso en el mundo de habla hispana. Tendrá sus problemas y sus déficits, sin duda, pero es una lograda inversión de varias décadas que el país no puede darse el lujo de abandonar.

Nuestros jóvenes necesitan más, no menos, CIDEs. ¿O acaso el proyecto de la 4T no era ampliar el acceso a la educación superior? Mientras el presidente da de tumbos tratando de inventar 100 nuevas universidades, los centros públicos que ya existen, con capacidades instaladas, se asfixian por falta de recursos y de apoyo social. ¿Cómo funciona exactamente esta lógica de querer transformar la educación destruyendo nuestro patrimonio educativo?

Despedida

Con esta entrega termina mi ciclo como columnista semanal en mexico.com. Agradezco a Mael Vallejo, Pablo León, Nadia Sanders y a todo el equipo: por la invitación a sumarme a sus filas; por su convicción de un periodismo libre, íntegro y comprometido con sus audiencias, y por el ejemplo que representan de una nueva generación de profesionales de la información que ha sabido crecer, y sobre todo crecerse, frente a las dificultades del contexto mediático mexicano y los desafíos de la revolución digital.

En esta misma página (al calce en la versión móvil, de lado derecho en la versión desktop) está la lista de colaboraciones que escribí durante los meses de mi camino por el noble proyecto que representa mexico.com. Agradezco en último lugar, porque siempre son los primeros, a quienes cada lunes leyeron esos textos. Por su tiempo, interés e inteligencia. Por sus coincidencias y sus críticas. Por el privilegio de haber contado con su puntual y exigente lectura. Muchas gracias.