Hace quince años Leo Zuckermann acuñó, en las páginas de Proceso, el término “nuevos virreyes” para llamar la atención sobre cómo los gobernadores se habían convertido en uno de los actores más poderosos del régimen al que condujo la transición en México. La analogía era muy problemática en términos históricos (la institución del virreinato en nada es comparable con una gubernatura), pero en términos mediáticos fue un éxito rotundo. Logró fijar la imagen de dichos personajes, de ahí en adelante, como mandamases con muchos recursos, amplio margen de autonomía, pocos contrapesos y una enorme capacidad de operación política.

Sin embargo, con el tsunami electoral de Morena y la victoria de López Obrador es posible que asistamos a la extinción de esos “nuevos virreyes”. Las condiciones que los crearon y les permitieron subsistir han cambiado profundamente.

Primero, porque los gobiernos divididos implicaron un debilitamiento político de la figura presidencial que los gobernadores supieron aprovechar rápida y agresivamente. Pero con un gobierno de mayoría como el que tenemos ahora, los gobernadores estarán más bien a la defensiva. Frente a una presidencia fuerte como la que encabezará López Obrador, perderán fuerza y protagonismo.

Segundo, porque su capacidad de ganar elecciones mediante el control de las maquinarias políticas locales quedó en entredicho tras los saldos de julio pasado. Sin contar con ningún gobernador propio Morena ganó cinco de nueve gubernaturas, mayoría en ambas cámaras del Congreso y también mayoría en 19 de las 27 legislaturas estatales en disputa. Ya sea porque las maquinarias cambiaron de patrón, porque no funcionaron el día de la elección o porque fueron arrasadas por el efecto López Obrador, lo cierto es que el temido músculo de los gobernadores no lució por ningún lado.

Tercero, porque de esos saldos se desprende una pérdida importante de espacios legislativos. A nivel estatal, eso significa una menor capacidad para controlar a las legislaturas estatales, en particular aquellas que estarán bajo el dominio del partido del presidente. Y a nivel federal, significa que los gobernadores dejarán de ser el factor que fueron en las decisiones del Congreso. Por ejemplo, en la negociación del presupuesto, donde participaban ejerciendo su influencia sobre los diputados de sus estados, en particular los de su propio partido.

Cuarto, porque las finanzas públicas estatales son endebles. Por su dependencia de los recursos federales, su escasa recaudación propia, sus niveles de gasto corriente y de endeudamiento, por acumulación de malos manejos, etc. Pero ahora, con la nueva configuración política, su margen de maniobra para obtener recursos o ejercerlos sin mucho control se verá más reducido. Y ello, aunado a la política de recortes y austeridad del lopezobradorismo, dejará a los gobernadores en una posición muy vulnerable.

Quinto, porque la figura de los súper delegados federales, aún y cuando su función fuera solo concentrar en una oficina lo que antes hacían por separado las delegaciones de cada secretaría en las entidades, representará también un nuevo límite al poder de los “nuevos virreyes”. Y más por su evidente perfil político, que convertirá a los súper delegados en polos para aglutinar el descontento contra el gobernador en turno y en aspirantes naturales de Morena para la siguiente elección estatal.

Sexto, por su desprestigio generalizado en la opinión pública. La multitud de escándalos que tantos gobernadores han protagonizado durante los últimos años les cobrará factura. El fantasma de los Duartes, los Borge o los Padrés será muy susceptible de ser movilizado en su contra. Por último, para acabar de cerrar la pinza, está el hecho de que el Senado, con mayoría lopezobradorista, tiene la facultad constitucional de declarar la desaparición de poderes en los estados.

Sin duda habrá cambios y continuidades, como los hay siempre en la historia. (Sobre qué tan parecidos o distintos han sido los gobernadores en la democracia de los del autoritarismo posrevolucionario, recomiendo el reciente libro coordinado por Andrew Paxman, Los gobernadores. Caciques del pasado y del presente.) No obstante, todo indica que la era de los “nuevos virreyes” está llegado a su fin.