No me acuerdo a quién se la escuché o dónde la leí, pero últimamente recuerdo mucho esta idea: la estridencia es una falla de la inteligencia. No es una convocatoria a la moderación o la neutralidad. Tampoco se trata de un llamado a quedarse callado ni una invitación a la pasividad. Es una frase que hace explícito el vínculo entre pensamiento y expresión, que postula una relación orgánica entre lo que se quiere decir y el tono en el que se dice. Los poetas lo saben desde hace mucho. El significado está en cómo se escucha su enunciación. El sonido es sentido.

Cuando se habla del deterioro de la conversación pública, de la falta de una cultura del debate o de la necesidad de saber disentir sin descalificar, también se habla de eso. De cómo suena la discusión, de cómo nos estamos hablando unos a otros. No es solo lo que nos decimos sino, sobre todo, cómo nos lo decimos. En qué afán, con qué ánimo. Porque se puede tener un profundo desacuerdo y, aún así, honrar la posibilidad del diálogo. Reconocer la virtud de que haya voces diversas. Repudiar la esterilidad de la monotonía. O, en su defecto, optar como algunos tuiteros por un lacónico “ahora dilo sin llorar”.

La estridencia es el triunfo de lo llamativo sobre lo sustancial. Un atajo que sustituye la exigente labor de ponderar por la fácil acción de hacer más ruido. Es una patología que no tiene un único dueño, en la que puede incurrir cualquiera con independencia de su bando político. Hay lo mismo estridencia conservadora que progresista, de izquierda o de derecha, democrática o autoritaria. Más aún, una de sus características más importantes es que necesita transmitirse para retroalimentarse. Un estridente que no contagia, que no asedia, es un estridente condenado al ridículo. Su efectividad depende, siempre, de que otros le compren el boleto. De que reaccionen a su volumen como si constituyera un argumento. Y de que le respondan, en consecuencia, con la misma especie.

La estridencia funciona porque elimina los matices y la complejidad. Simplifica, reduce la riqueza del debate público a un mero torneo de adjetivos: fifís, chairos, pejezombies, prianistas, populistas, conservadores, demagogos, liberales, etcétera. Lo suyo no es proponer nuevas categorías de análisis para entender sino lanzar epítetos para denigrar a sus destinatarios, aturdir sus habilidades críticas y subirlos al cuadrilátero de la hostilidad permanente, donde lo que importa ya no es el mérito de sus razonamientos sino la capacidad de llamarse a agravio.

De ahí que el antídoto contra la estridencia no sea, no pueda ser, el silencio. Es, más bien, la templanza. La disposición para modular entre extremos, para ser generoso incluso con los adversarios y, sobre todo, para no reaccionar a la defensiva ante cualquier lance. La estridencia busca, necesita, más estridencia. Sin ella no puede sobrevivir. Y por eso, precisamente, es que hay que negársela. “Pensar”, escribió Octavio Paz, “es dar la nota justa”. Es encontrar el tono para restaurar el predominio del pensamiento sobre la estridencia. Es la inteligencia que se niega a sucumbir a las provocaciones.