¿En qué momento se jodió el PAN? ¿Qué le pasó a aquel respetable partido que fue un actor crucial en el proceso de transición a la democracia; que supo tener una identidad reconocible y una estrategia exitosa; que había logrado representar al electorado de centro-derecha que quería cambio sin incertidumbre? ¿Cómo es que, en poco más de 20 años, pasó de ser el partido de Carlos Castillo Peraza al de Marko Cortés?

El PAN de hoy está triplemente irreconocible. Primero, comparado con sus propios orígenes. Con el apostolado de la “brega de eternidad” que predicaba Gómez Morín. Con la mística de un partido nacido para ejercer una oposición resignada pero responsable, más a través de los valores y las ideas que de los votos. Una oposición no tanto política sino moral.

Segundo, comparado con el del “neopanismo”. Con ese partido que aprovechó la crisis del régimen posrevolucionario para reinventarse como un agente de cambio con apetito de poder. Con nuevos liderazgos, una ruta de crecimiento bien trazada de la periferia hacia el centro y un fuerte atractivo electoral sobre todo en el centro y el norte del país. Y tercero, comparado con el partido con el que gobernó Vicente Fox. Un PAN que nunca alcanzó a resolver del todo su tránsito de la oposición al poder, pero que de todas maneras siguió siendo un partido de sus militantes, con una vida interna autónoma, institucional, vibrante, y con un sentido claro de su lugar y su papel en el sistema político.

De hecho, el PAN de hoy solo es reconocible como el producto de un acelerado proceso de deterioro cuyo arco va de fines del sexenio de Vicente Fox a fines del de Enrique Peña Nieto, de la dirigencia de Manuel Espino (2005-2007) a la de Damián Zepeda (2017-2018). Un proceso que implicó la pérdida de autonomía frente a los gobiernos en turno, la erosión de las normas y mecanismos para procesar las pugnas internas e impedir que un solo grupo avasallara a todos los demás, y la combinación de un escandaloso extravío moral con un profundo desdibujamiento ideológico. Cuando los historiadores del futuro escriban al respecto, sus grandes protagonistas serán Felipe Calderón, Gustavo Madero y Ricardo Anaya.

Qué mejor ejemplo de esa aberración en la que se ha convertido el PAN que las recientes elecciones de gobernador en Puebla. Elecciones en las que hubo casillas donde votaron más personas que las registradas en la lista nominal y casillas con el 100% de los votos por su candidata, Martha Érika Alonso —la esposa del exgobernador Rafael Moreno Valle—, un expriista que hoy ya ejerce como mandamás del partido desde el Senado. Elecciones en las que la violencia incluyó robo de urnas a mano armada, destrucción de boletas, dos asesinatos y ocho heridos. Elecciones, en fin, pródigas en las malas artes de aquel viejo PRI que el panismo siempre combatió, pero que ahora son las suyas.

Lo peor, con todo, quizás no sea eso. Es que el PAN era un partido que anclaba a buena parte de los electores de derechas en la institucionalidad y sin el cual dichos sectores se pueden quedar a la deriva, disponibles, susceptibles de ser movilizados por otras alternativas más extremas y menos conciliadoras. No estamos hablando tanto de un partido que perdió sino de que perdimos un partido. Y de cómo con esa pérdida, panistas y no panistas por igual, perdemos todos.