“El Estado soy yo”

—Un cajero automático

(@tipographo)

Recortar por recortar. Porque quieren. Porque pueden. Porque treinta millones de votos. Recortar sin antes entender lo que están recortando. Porque creen que no les hace falta. Porque no les interesa. Porque asumen que haber ganado las elecciones implica haber ganado el derecho a tomar decisiones arbitrarias, frívolas, contraproducentes. Recortar ciñéndose a la secuencia metodológica de un pelotón villista: primero dispara, después averigua. Recortar como una demostración de poder antes que una habilidad de la inteligencia. Recortar sin calibrar, como sea, a cualquier costo. Recortar a lo bestia. Recortar por recortar.

Recortar para alardear. Para que se vea, para que se sienta, que no están de adorno. Para que se sepa que ya llegaron. Para que no haya duda de quién manda. Recortar más con el afán de exhibir voluntad que de resolver problemas. Recortar para pescar en el río revuelto que provocan los recortes. Recortar para marcar territorio. Para definir un antes y un después. Para avisar quién está adentro y quién afuera. Para mandar la señal de quién cuenta y quién no. Recortar para que quede claro que las cosas ya cambiaron, aún y cuando lo que están recortando tenga muy poco que ver con lo que prometieron cambiar. Recortar para alardear.

Recortar a la mala. No con bisturí sino con machete. Recortar dañando, a sabiendas, a grupos vulnerables. Mujeres violentadas, niños de escasos recursos, enfermos de SIDA. Recortar sin ningún escrúpulo.

Aprovechando el descrédito de los gobiernos anteriores por la corrupción, pero sin tocarlos ni con el pétalo de una carpeta de investigación. Recortar como si los recursos fueran suyos, no de todos. Recortar para acabar pronto y fácil, rehuyendo la minuciosa labor de evaluar, sancionar y reformar las políticas públicas en cuestión. Recortar no por eficiencia sino por irresponsabilidad. Pero, eso sí, haciéndose los muy espirituales, llenándose la boca con referencias bíblicas, autodenominándose de izquierda. Recortar a la mala.

Recortar con urgencia. Porque la prioridad es satisfacer la ambición única de sus programas, no atender las necesidades diversas de la gente. Recortar en nombre del pueblo bueno perjudicando a personas realmente existentes. Quien diga que tienen un diagnóstico atinado del país se equivoca, porque el país es infinitamente más complejo y plural de lo que suponen sus decisiones. Recortar para sustituir al Estado y sus intermediaciones con un apoyo directo en efectivo de parte del presidente. Recortar para no tener que invertir su capital político en mejorar las instituciones sino solo en desentenderse de los servicios públicos. Recortar la política social a su mínima expresión: toma el dinero y corre. Recortar con urgencia.

Recortar enseñando las costuras. No para solventar las contrariedades sino para usarlas de pretexto. Porque si había irregularidades, corrupción o ineficiencias en cualquiera de los programas que fueron recortados, lo que procedía era denunciar, investigar, sancionar. No recortarlos —sobre todo, no dejar en la intemperie a sus beneficiarios—. Recortar así es casi una confesión de que el compromiso social del lopezobradorismo se agota en una política masiva de salarización social. Es decir, en tener más dinero para repartir. Aunque se perjudique a todos aquellos cuya vulnerabilidad no se soluciona arrojándole dinero al problema. Recortar enseñando las costuras.