¡Al PRESIDENTE NADIE LO TOCA!”, dice una consigna en letras plateadas colocada a la entrada del museo del Estado Mayor Presidencial ubicado dentro de Los Pinos. Pero más que una consigna, eso siempre significó algo así como una advertencia.

Cuando fui estudiante de Comunicación y Periodismo en la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán en la década de los ochenta esa idea retumbaba en el ambiente. En los pasillos se solía escuchar: hay tres cosas que los periodistas no pueden tocar ni hablar de ellas; el Presidente, la Virgen de Guadalupe y El Ejército.

No recuerdo con exactitud si alguna vez esa advertencia salió de la garganta de alguno de los profesores o, simplemente, flotaba en el ambiente como algo inequívoco.

Si vemos por el retrovisor sería entendible que nadie tocara al Presidente de México durante el autoritarismo priista, al menos desde los medios de comunicación. Por eso la apertura de Los Pinos a la gente a partir del pasado 1 de diciembre del 2018 ha sido una de las jugadas políticas más significativas sobre la caída de un régimen.

La gente tirada sobre los jardines, caminando entre las oficinas, visitando los salones de juntas, husmeando en la oficina del Presidente de México, entrando a las salas de cine o de juegos ha sido, sin duda, un parteaguas. Un gesto representativo del sistema hecho añicos desde el pasado 1 de julio del 2018 cuando López Obrador ganó la elección con más de 30 millones de votos.

La Residencia Oficial de Los Pinos no sólo fue el lugar infranqueable donde vivían los mandatarios mexicanos a partir del gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Al paso de los años, simbolizó también el centro del poder concentrado en un par de manos. La opulencia con edificios rodeados de extensos jardines. Unos cuantos, los menos, podían recorrer algunas de sus zonas. Para los mismos empleados había áreas intransitables. A menos que hubiera ceremonias o ruedas de prensa, los periodistas no teníamos a qué entrar. De hecho, la sala de prensa estaba fuera, por detrás de la enorme reja verde de la puerta número uno que da hacia Parque Lira.

Los mandatarios que vivieron en Los Pinos tuvieron un lugar especial: se llama Paseo de Los Presidentes, un pasillo adoquinado entre los jardines que, a los costados, tiene las estatuas desde Lázaro Cárdenas hasta Enrique Peña Nieto. Todas están colocadas a una altura suficiente para que las veamos hacia arriba, como se observa a los dioses dentro de una iglesia.

Tres días antes de que terminara su gobierno, Peña Nieto atestiguó la colocación de su propia efigie. La escultura fue obra del mexicano Antonio Castellanos Basich, la cual mide 2.2 metros de altura y pesó alrededor de 200 kilogramos en bronce.

Peña Nieto aceptó este trato aun cuando sabía que Los Pinos serían abiertos a la gente y convertidos en un recinto cultural por el gobierno de López Obrador. El culto a la personalidad hasta el último segundo.

Ahí están también las estatuas de quienes pretendieron venderse en campañas como opciones de cambio: Vicente Fox y Felipe Calderón. Una muestra de que nada o muy poco hicieron para reventar a los regímenes priistas es haber permitido que también los colocaran en ese Paso de los Presidentes. No hay distinción alguna cuando se camina por ahí, todos pertenecen a la misma época.

El culto a la personalidad en el régimen caído fue indispensable para entender cómo se ejerció el poder en México. Y de eso también deberían cuidarse en el Gobierno de López Obrador.

Hace unos días, Porfirio Muñoz Ledo, el actual coordinador de la mesa directiva de la Cámara de Diputados –el mismo que entregó la banda presidencial a AMLO- escribió lo siguiente en su cuenta de Twitter:

“Desde la más intensa cercanía, confirmé ayer que Andrés Manuel ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado.”

Desde luego, a partir de este mensaje no se pueden hacer generalizaciones. Tampoco sería correcto afirmar que todos los simpatizantes de Morena y seguidores de López Obrador lo miran como un cruzado, un iluminado.

No obstante, tampoco podríamos negar que en el ambiente festivo alrededor de López Obrador hay expresiones de este tipo. La llegada de este personaje al poder tras años de lucha ha desbordado los ánimos de quienes han caminado y, por qué no, luchado a su lado.

El problema será mirarlo justamente, en las palabras de Muñoz Ledo: como un iluminado. No, él es una persona terrenal y, además, es mortal.

Un personaje como López Obrador –con ese arrastre y popularidad- requiere de contrapesos. El problema será que en el camino encontrará muy pocos en la arena política al tener la mayoría tanto en la Cámara de Diputados como en el Senado. Además, el PRI, el PAN y el PRD están hechos polvo, con su credibilidad a ras de piso.

Los seguidores y, sobre todo, el equipo cercano a López Obrador ayudarán muy poco a su causa si se comportan como devotos. Es decir, ciegos por la pasión. El camino, como le ha sucedido a todos los gobiernos del mundo, tendrán errores y, también se equivocarán. Sí, estamos hablando de seres humanos.

Entonces habrá que decir las cosas por su nombre, quizá entonces será el momento de señalar y no de buscar justificaciones o de aventar la basura por debajo de la alfombra. Criticar con argumentos y pruebas, cuando sea el momento. Defender sin cerrar los ojos, cuando venga al caso.