La noticia de tu muerte me dejó helado, la recibí como un golpe seco. Me quedé como una estalactita junto a un semáforo antes de cruzar la avenida Insurgentes, al sur de la Ciudad de México. Algo se movía por dentro. Con los dedos torpes, tomé una foto con el teléfono al encabezado de tu partida y la envié a uno de mis amigos, Luis Ernesto González. Eso fue lo primero que cruzó por mi cabeza, como quien informa algo importante a la familia.

La sensación de que algo pasaba conmigo no amainó con las horas. Por la noche, vi un video puesto en redes sociales por el diario El País con trozos tus canciones y, fue entonces, cuando reventó esto:

Hace tiempo que no sabía nada de ti, ni escuchaba tus canciones. Quizá años, para sincerarme. ¿Por qué me fui así? Tan de repente. ¿Cuántos acetatos tuyos quedaron en casa de mi madre? 10, tal vez más. Al escuchar los acordes de “Callejero” y oírte cantar “A partir de mañana” caí en cuenta: hay algo de mí que pretendí ocultar; tus canciones me traían reflejos añejos, una vieja forma de vivir, recuerdos sepultados, momentos arrinconados, abandonados en una vieja bodega del olvido.

A veces, creo que eso pasa con algunas canciones, con cierta música: te regresa a momentos que prefieres no atender. Duelen. No quieres saber más de ellos. Podemos decir algo así como “ya no me gusta o hace tiempo me alejé…ahora escucho otras cosas”, con un dejo de soberbia. Sin embargo, por dentro, sabes que te mueven cosas.

En mi niñez, cuando viví en la colonia Asturias, tuvimos nuestro “Callejero” y ahora, con los años, pienso que quizá me convertiré en el viejo Pablo a quien el noble perro rescataba de su soledad. He escalado algunos versos dentro de la misma canción.

Cuando escucho de nuevo “Mi árbol y yo”, aparece mi padre, sonriente, feliz, diciéndome: “con esa canción siempre me voy acordar de ti”, mientras yo intentaba tocar la guitarra. Mi padre murió el 27 de septiembre de 1990, cuando salió tu disco “Coincidencias”. Ese fue el último que compré.

Tuve un viejo casete al que titulé: “Un cigarrillo, la lluvia y tú”, como una de tus primeras obras. Esa cita fue para la antología del desamor a mis 19 o 20 años. Al menos lo que yo entendía por eso. Ya te podrás imaginar. El título me parecía poético. Ahora comprendo que no quería abrir más una de esas compuertas porque, cuando lo hacemos, pasa una parte de tu vida como un documental.

“Me parece mentira encontrarme tan solo como me encuentro hoy”, te oí cantar de nuevo en “Un rincón del Alma”. Por alguna razón, uno va dejando esas canciones en el camino, pero ellas siempre tienen la manera de regresarte, en un instante, al sitio en donde las abandonaste. Olvidar las canciones es una forma de adormecerte. No volver a escuchar esa música también significa anestesiar lo pasado, o peor todavía, lo que nunca jamás sucedió.

Y es que uno, poco a poco, fue cambiando de piel, pero los versos olvidados, cuando los encuentras, los tragas sin masticarlos.

No quería escuchar “Carta a mi viejo”, porque ahí había cosas que nunca pude decirle a mi padre, no hubo tiempo o nunca supe cómo. Pero ahora me percato que, esa misma canción, también abraza algo que sí puedo gritar: he logrado vivir de lo que amo con toda el alma.

Eres parte de los sonidos de casa, la charla con velas y vino tino; “Castillos en el aire”. “Cuando un amigo se va”, cuyos versos los veía lejanos, vivibles solo en un tiempo imaginable. Ahora los he sentido profundamente con la partida de un par de compañeros de viaje, amigos de la infancia. Como tu lo dijiste: se queda un árbol caído, que no puede brotar, porque el tiempo lo ha vencido”.

Ahora esos aires resoplan más cerca. Tiempos en que uno empieza a hacer cuentas y resulta que la mayor parte de tu gente ha cruzado el río. Pero como tú también cantabas: “Gracias a la vida”.

Tus canciones fueron mi vieja guitarra, los sueños, los rincones del alma, el perro callejero a quien llamábamos Titán, la caja de cartón llena de libros atada con una cuerda cuando abandonaba el nido y me echaba a volar.

Letras que cantaba sin haberlas vivido. Ahora, que llegó el momento de reconocerlas, de olisquearlas de nuevo, te marchas. Buen viaje. Te has bebido de golpe todas las estrellas. No podía ser distinto. “Que suerte he tenido de nacer”.

Gracias, por siempre.