Cuando un legislador de Morena hace una propuesta disparatada en redes sociales, entre algunos columnistas —que perdieron millones de pesos en “publicidad” con el cambio de gobierno— y representantes de la oposición —lo que queda de ella— desatan su furia responsabilizando de esas insensateces o yerros a todo el partido y, en especial, a López Obrador.

Un disparate se aprovecha para correr a la trinchera más cercana y disparar a mansalva, aunque ese proyecto nunca se concrete o tenga pocas posibilidades.

La mayoría de quienes apoyan al régimen lopezobradorista responden con la misma fiereza: recuerdan —no sin razón— la corrupción de algunos comunicadores o el desprestigio de las anteriores administraciones, que no es poca cosa. Sin embargo, en este contraataque, la ira los ciega. No pueden mirar que algunos representantes de Morena sí cometen errores. Son mortales, se equivocan y no siempre tienen la razón. Se ponen al nivel de sus adversarios y al tratar de justificar o encontrar una explicación, terminan enredados en sus propios hilos.

Responder con dureza, seriedad y sin exageraciones a los traspiés entre legisladores o representantes de Morena, incluido el propio AMLO, serviría mucho más su proyecto que solo abrir fuego contra sus adversarios.

Hace unos días, la senadora morenista Gloria Sánchez aseguró que los medios de comunicación magnificaron lo sucedido en Minatitlán, Veracruz, tras los asesinatos a sangre fría de a 13 personas, entre ellas, un pequeño de apenas un año de edad. Textualmente, expresó lo siguiente:

“El presidente va a ir a hablar con la gente, porque tiene que explicarles directamente a las personas, porque los medios lamentablemente están magnificando el drama y favoreciendo una muy mal encaminada política de oposición, destructiva, que ellos en su momento no atendieron esa situación”.

La senadora se equivoca. Los hechos pesan por sí mismos. Contar lo sucedido no es exagerar. Retomar las palabras de las familias afectadas no es alentar a la oposición, en caso de que existiera. La legisladora tiene una perspectiva muy pobre de lo que sucede en

Veracruz:

* 17 periodistas asesinados durante el gobierno de Javier Duarte

* 5 comunicadores muertos en la corta administración de Miguel Ángel Yunes

* 22 reporteros y reporteras sin vida en los últimos 7 años

* Decenas de colegas desplazados bajo protección oficial

Desde luego que el origen de esta violencia fue antes de la 4T, pero en ciudades como Tierra Blanca, el crimen organizado atemoriza, censura a la prensa; antes con los regímenes neoliberales y ahora con el gobernador Cuitláhuac García. Eso no ha cambiado.

¿Morena pacificará al país? La respuesta la tendremos más adelante. Mientras tanto, en las calles, la gente sigue viviendo bajo estas condiciones. Este es el problema. La tarea de los periodistas es dar a conocer lo que sucede en su entorno.

Las bandas dedicadas al robo de combustible son quienes realmente mandan ahí, no las autoridades. A pesar de ello, hay colegas que salen a jugarse el pellejo a diario para informar hasta donde sea posible. Algunos, desde ahí dentro, han tratado de formar sus propios medios en internet para librarse de la censura, que no necesariamente es oficial. Ellos informan, no exageran.

Hay otros lugares del mismo Veracruz donde los reporteros no pueden pisar por órdenes de los caciques o líderes de grupos delictivos, como sucede en Loma Bonita y Playa Vicente, así como en algunas zonas de las Choapas, Acayuca y Coatzacoalcos.

En el propio Minatitlán, donde sucedió la tragedia, los reporteros tienen que tomar medidas de seguridad para no terminar muertos. A los criminales no les conviene que la prensa investigue esta masacre. En algunas zonas de Veracruz, las colegas forman redes para cuidarse y pasar información de la manera más discreta posible.

Algo similar sucede frecuentemente con López Obrador. El pasado sábado 27 de abril, desde Minatitlán, aseguró que sus adversarios y la prensa fifí buscan aprovechar la masacre para culpar a su administración; “como si nosotros hubiéramos alentado a la creación de las bandas”, dijo.

La senadora y el presidente usualmente no distinguen entre el periodismo de opinión y los demás géneros informativos, mucho menos del periodismo de investigación. En el uso de su derecho de réplica, solo existen dos costales: neoliberales y conservadores. Ahí guardan todo lo que encuentran.

López Obrador sabe que los articulistas y columnistas en los medios de comunicación no siempre representan la línea editorial, ni mucho menos la ideología de quienes trabajan ahí como los reporteros, los que hacen el trabajo en las calles. Ellos y ellas también han dado la pelea desde su fuente o cobertura diaria. Los dardos envenenados contra su gobierno, muchas veces, vienen de quienes perdieron el privilegio del embute.

Desde su triunfo electoral, luego en el periodo de transición y, sobre todo, en los primeros meses de su administración, siempre dijo que no habría venganza contra los corruptos del pasado, que no iba a perder el tiempo en perseguirlos, aunque se tratara de expresidentes. Luego rectificó durante una entrevista con Carmen Aristegui y prometió hacer una consulta, la cual ha pospuesto por tiempo indefinido.

López Obrador no ha sido contundente, no explica a plenitud en qué condiciones le entregaron la administración pública, salvo cuando tiene que defenderse de los “conservadores”. El sábado pasado, desde Veracruz, tiró apenas unas pinceladas: “¿Cuántas víctimas dejaron los dos sexenios anteriores? Más de un millón del gobierno de Calderón y de Peña Nieto, pero eso como que se olvida, hay como amnesia”.

Hay reporteras y reporteros sin amnesia quienes hemos trabajado durante años en distintos medios de comunicación haciendo hasta dónde fue posible para informar de mejor manera, para mostrar la corrupción y la impunidad de los gobiernos anteriores. Y lo logramos. A veces desde el periodismo independiente, otras ocasiones desde medios conservadores como él los llama; también desde la prensa fifí.

Quienes hemos ido cambiando al periodismo mexicano somos los reporteros, no los dueños de los medios. Hay periodistas profesionales que no son ni conservadores ni liberales, en los términos que plantea AMLO. Hay una nueva generación de periodistas de investigación —la mayoría mujeres— que se han dejado sentir.

En su propia campaña, durante los debates, López Obrador usó reportajes para golpear a sus adversarios. Alguna vez, mostró una fotografía de Marcelo Odebrecht, el dueño de la poderosa y corrupta constructora brasileña, en una comida dentro de Los Pinos. Esa imagen fue sacada del reportaje llamado “La conexión Odebrecht-Los Pinos, en tiempos del Calderón”, hecho por Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad.

En la cobertura del caso Odebrecht hemos participado reporteros de 13 países, desde Argentina hasta México. Formamos dos redes de trabajo. Nuestra labor ha sido revelar algo que los gobiernos pretendieron ocultar, sin importar ideologías ni partidos. Somos periodistas profesionales preocupados por alcanzar el mayor rigor posible en una investigación. Hablar de conservadores y liberales en este contexto está desfasado.

El presidente, confunde el derecho de réplica con la equidad informativa. El primero de ellos existirá siempre y se ejerce cuando algún aludido tenga algo qué decir. Los ejemplos más claros han sido cuando López Obrador responde a Reforma.

El equilibrio informativo es una cosa distinta. Los autores de una noticia o de un reportaje deben buscar la versión de los posibles afectados antes de publicar. No se trata de un asunto ético —sujeto a discusión— sino de sopesar el valor de la información que se tiene entre las manos; quizá para darle su justa dimensión o, incluso publicarla con mayor contundencia.

¿Reforma debió hacer eso en algunos casos? Creo que sí, pero eso corresponde a sus políticas editoriales. El no preguntar a los posibles afectados antes de publicar es una práctica recurrente en el periodismo mexicano, entre los medios que el presidente llama conservadores o liberales. Muchos de ellos así lo hicieron porque si preguntaban al alcalde, al gobernador e incluso a otros presidentes, se ordena censurarlos.

Esto ya cambió en los últimos meses desde la Presidencia, pero en el resto del país, los reporteros siguen atrapados en ese dilema y no por eso son fifís; se están jugando la vida.

El lunes pasado, el presidente acusó que algunos medios de comunicación como Reforma se dicen independientes y, subrayó: “objetivos”.

Se equivoca, presidente: desde hace algunos años este tema está superado: la objetividad pura, a la que usted alude, no existe. Como decía Miguel Ángel Bastenier: no soy objetivo porque no soy objeto, soy subjetivo porque soy sujeto.

Se equivoca, presidente: en el periodismo actual, la gente debe exigir a un medio de comunicación y, sobre todo a sus reporteros, que tengan pruebas sobre lo que escriben. No que sean “objetivos”. En todo caso, pueden ser equilibrados, si recogen la versión de los aludidos.

Muchos de quienes nos formamos en Reforma y esas nuevas generaciones de periodistas de investigación no le aplaudimos a Peña Nieto y tampoco lo haremos ahora con su sucesor. Tenemos una responsabilidad con la gente: que cada vez estén mejor informados y eso implica siempre escudriñar al poder.

A nosotros no nos van a detener —y menos a las nuevas generaciones— ni sus calificativos, ni los extremistas, ni los medios que censuran o censuraban.