A mí, me agarró en el baño. Cayó en domingo. 17 de marzo. Descanso prolongado. Había extendido el tiempo en la lectura, algo de música. Desayuno tardío, café, en solitario.

Debí entrar a la regadera pasadas las 14 horas. Calculo las 14:33 horas justo cuando en Palacio Nacional el maestro de ceremonias anunciaba: “a continuación, damas y caballeros, escuchemos el mensaje que nos dirige el licenciado Andrés Manuel López Obrador, presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos…”

Al salir de la ducha, todavía con el cabello remojado, la abolición ya se había consumado.

Un impulso revolucionario y de total libertad me llevó a salir a la calle casi precipitadamente. Deseaba palpar el viento, los nuevos aires libertarios. Sentir con todos mis sentidos, en todos mis poros, el momento, el instante histórico. De inmediato constate la belleza de mi barrio ya liberado del neoliberalismo. La tlapalería Providencia, el restaurante Yeya, el carrito de frutas de la esquina: más vivos y coloridos. En los postes de luz, en los atiborrados letreros de venta de inmuebles, en los avisos de las ofertas de los Supermercados y tiendas departamentales, en los carteles de anuncios de servicios de mudanzas, hasta en los pares de zapatos de bebés que cuelgan sobre la maraña de los cables de electricidad e internet en lo alto de los postes... todos, todo en verdad, tan lleno de felicidad.

Alegrías plenas: en el saludo más atento y cordial del transeúnte desconocido al cruzarnos en la banqueta. En la madre sujetando al niño con un brazo mientras le señalaba con el otro brazo hacia el horizonte como advirtiéndole que se fijara en un mejor porvenir. En las familias abrazadas entre sí al esperar turno de mesa en las fondas de comida. En la jacaranda esplendorosa, a todo su aire, que me cubría magnánima y generosa -como la Cuarta Transformación- con su sombra morada. Miré hacia arriba, el cielo despejado, brilloso el sol, los volcanes al fondo, el canto del cenzontle entre los árboles.

Caminé. Todo alegre. A dos calles, la cafetería del barrio con servicio de internet “Del Valle”. En uno de los cubículos, una pareja de jóvenes, los supuse universitarios por la efigie del puma en las camisetas de ambos, los piercing en los labios y el morral con libros colgando de uno de sus hombros. Los dos, absortos, miraban de fijo la pantalla de la computadora y tarareaban al unísono una canción.

Me acerqué. Impertinente. En Youtube, Beatriz Gutiérrez Müller, interpretando El necio:

“Dicen que me arrastrarán por sobre rocas

Cuando la revolución se venga abajo

Que machacarán mis manos y mi boca…”

Así este 17 marzo, en la primavera de la transformación. En la abolición del neoliberalismo.

Ya de regreso a casa. Al pie de la escalinata, más de tres vecinos se aglomeraban en lo que quizá, podría ser la primera de las asambleas populares en mi edificio tras la declaratoria presidencial. Me sumé, con gusto: “¿A ti dónde te tocó la abolición del neoliberalismo?” era la pregunta más socorrida.

Agustín, el más ilustre de los vecinos, pecho erguido y con voz de doctorado, aseguró que la abolición del neoliberalismo no lo había tomado por sorpresa; es más, que ya la esperaba. Argumentó que llevaba algo más de siete semanas de leer El Capital, libro cumbre de Karl Marx y que pensaba como máximo dedicarle otros dos días más para concluir su lectura. Seguro de sí, Agustín nos informó que terminando de leerlo se consumaría su transformación en comunista. “¿Saben lo que es eso?”, exclamó a la concurrencia vecinal reunida -como ya dijimos, al pie de la escalera-, “¡estoy a poco menos de 60 páginas de volverme comunista!”. Flora, la del departamento 2, que vive atenta a los cuidados de su tía Eulogia, le echó unos ojos de total embelesamiento.

El ilustre Agustín, con ese aire propio de un intelectual orgánico todavía remató a la audiencia que sabía, citando a Lenin, que “la teoría de Marx sobre el Estado sólo la asimila quien haya comprendido que la dictadura de una clase es necesaria, no sólo para toda sociedad de clases en general, no sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para todo el periodo histórico que separa el capitalismo de la sociedad sin clases, del comunismo”. Terminado de decir lo anterior, otra vez Flora, la tía Eulogia que acababa de incorporarse, quien suscribe y hasta Rafa, el portero, lo miramos embelesados.

El ilustre Agustín se ofreció a seguirnos instruyendo sobre más lecciones del proceso de la transformación de la dictadura de la burguesía a la dictadura del proletariado en otras reuniones vecinales. Ahora, se disculpó, tenía que llevar a sus hijos Gibrán y Hernán a su clase de natación para después pasar a las ofertas de la noche de Gala del Palacio de Hierro.

Arnoldo, el matemático del departamento 9 y que vive pegado a la televisión y al internet, comentó que la abolición del neoliberalismo lo agarró de frente al monitor de su Mac, con su perro Risco a su regazo, y en transmisión real, es decir, en vivo y a todo color. De suerte que contaba a la mano con una libreta y bolígrafo para hacer todo tipo de apuntes y ordenanzas que el presidente AMLO instruía para su pueblo y amada nación.

De ahí fue que, en medio de la concurrencia vecinal, todos atendimos las palabras precisas con las que el presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, el licenciado Andrés Manuel López Obrador, había dado por abolido al neoliberalismo. Arnoldo mismo, el chico del departamento 9 y de su perro Risco, abrió la libreta de apuntes y en un tono marmóreo nos transmitió con exactitud esas frases: “declaramos formalmente desde Palacio Nacional el fin de la política neoliberal. Aparejada a ese modelo neoliberal con su política económica de pillaje, antipopular y entreguista. Quedan abolidas las dos cosas: el modelo neoliberal y su política económica”.

Al anochecer, todavía se escuchaban entre los pasillos y ventanales del edificio vecinal, los ecos de la pregunta más socorrida del día: ¿a ti dónde te tocó cuando la abolición del neoliberalismo?