Confieso que la idea me vino, ipso facto, el domingo pasado tras atender y escuchar al presidente Andrés Manuel López Obrador llamar a todos a dejarnos de hipocresías, ser honestos y portarnos bien. Es decir, a portarnos como Dios manda.

Fue en el mitin de Uruapan, Michoacán, al repartir y anunciar los programas de bienestar social. El presidente, blanco en su vestir, impoluto todo él y como en un púlpito, con el brazo y el dedo índice en alto, sermoneaba con enjundia: “no se puede ir a la iglesia los domingos ni se puede ir a los templos si se es deshonesto, si no se actúa con rectitud. Si no somos honestos, violamos los mandamientos. Es pecado social. ¡Ya basta de hipocresía, vamos a portarnos bien todos!”.

Y terminaba la diatriba igualmente sonoro y claro: “A mí me tienen hasta el copete con los pleitos… ¡la Cuarta Transformación también es reconciliación!”.

Fue estruendoso, como un rayo flamígero en forma de espada. Directo a la conciencia. Me paralizó el corazón. Se me erizó la piel. Instintivamente, me persigné. Después, me vino la revelación.

Lo que sucedió ahí, a la vista de todos, frente a uno que es “su” pueblo, no era sino una epifanía. Un acontecimiento de luz y fe. Una fiesta reveladora. Como si Jesús mismo, a través de nuestro presidente, se diera a conocer. Sí, como si Dios tomara nuevamente una presencia humana en la tierra. En nuestro AMLO. En nuestra institución presidencial. Un milagro. Un designio. Sí, un misterioso designio del Señor, tan inextricable como la Cuarta Transformación.

Seamos serios y preguntémonos: ¿y si AMLO fuese el mismísimo Nazareno? Ok, no. Pero, ¿y si AMLO fuese un Papa in pectore? Un Papa en formación llamado a sustituir al actual Francisco. Sí, AMLO, el Papa número 267.

Y luego de habérseme revelado lo anterior, se me vino una idea. Y a esta, una acción. Y luego, una búsqueda. ¿Acaso ha habido algún Papa llamado Benito o Lázaro? ¿Se haría llamar Andrés o se inclinaría más por el Manuel a secas? ¿Se definiría por el nombre compuesto de Andrés Manuel? Y si se le ocurriera iniciar la senda de los reinados papales llamados Tabscoob en honor al dirigente maya que gobernaba Tabasco cuando el desembarco de los españoles y la posterior conquista. Sí, AMLO, el papa 267 llamado Tabscoob I.

¡Oh, Dios!, qué visión, qué nivel de concilio, qué honor al sincretismo, qué homenaje más sentido a esa gran tarea de evangelización de la que hoy celebra y se vanagloria occidente de habernos heredado. Será eso, acaso, la razón genuina de la existencia de AMLO. Será esa, en realidad, la verdadera misión de la Cuarta Transformación. Será por eso que vino a la tierra.

En verdad os digo: ¿y si AMLO fuese el mismísimo Nazareno? Ok, no. Pero, ¿y si AMLO fuese un Papa in pectore?

Al buscar los posibles nombres papales y, por consiguiente, al revisar la historia de los papas, se me vino -cual revelación que esperaba ser otra vez revelada-, la historia de la “papisa Juana” (¡Vaya epifanía: justo en las semanas del movimiento #MetooMx!).

Instintivamente, me volví a persignar. La papisa Juana es una historia medieval de una mujer que se hizo pasar por hombre y llegó a ser Papa. Su pontificado se remontaría a mediados del siglo IX y habría durado dos años y medio. Se decía que reinó con el nombre de Benedicto III (855 a 857). Sin embargo, un día, cuando iba en procesión desde San Pedro a San Juan de Letrán dio a luz un niño y fue descubierto su engaño.

Al acudir a la enciclopedia de la Historia de los Papas (Edit. Labor, 1948), la célebre edición escrita por Agustín Saba y Carlos Castiglioni especialistas en historia Eclesiástica, ambos doctores de la Ambrosiana de Milán, se describe que dicha versión se conoció en el siglo XIV, aunque proviene de las crónicas del dominico Juan de Maily (S. XIII). La exégesis sería muy difundida por los protestantes, quienes expandieron la idea que la Papisa, “inglesa de nacionalidad, era muy bella y había vestido el hábito monacal de Maguncia con objeto de residir cerca de un joven religioso a quien amaba. El amante murió en Atenas, y la bella, disfrazada pasó a Roma, donde se dedicó a enseñanza y muchos sin conocer su sexo, se enamoraron de ella. Los cardenales, al morir León IV la eligieron como su sucesor, pero el nuevo papa pecó y en una procesión entre el Coliseo y San Clemente, sintió dolores de parto y después de dar a luz un niño, murió.

Sepultada en aquel lugar, le erigieron un monumento que representaba una mujer con un niño en brazos, con la corona pontificia”. Desde entonces, para que no se repitiera el mismo error, se decía que el candidato a Papa tenía que ser sometido a un control para establecer su sexo. Este debía sentarse en una silla (llamada “sedia stercoraria”) con un orificio en el medio, de manera que un joven diácono pudiera desde abajo comprobar manualmente su virilidad.

Tras ese procedimiento, el diácono debía declarar en voz alta “testiculos habet” o con mayor lujo de detalles, “habet duos testiculos et bene pendentes” (en latín: “tiene dos testículos y cuelgan bien”). Una vez comprobado y enunciada la frase, los asistentes a la ceremonia responderían “Deo Gratias” (Gracias a Dios).

Como ya podemos deducir, cabe aquí la posibilidad de preguntarnos si nuestro pontífice AMLO, el Papa 267, bien podría someterse a la ceremonia de tocamiento de testículos para verificación de hechos, seguridad de su virilidad y felicidad del reino. Visto el sermón y llamado en Michoacán para dejarnos de hipocresías, de pleitos y alcanzar la reconciliación, la respuesta se antoja un sí ya sea por gusto al protocolo de investidura o por vocación de martirio.

Ahora bien, de las sillas del Papa (las dos únicas “sedia stercoraria” que se conservan), los lugares museísticos donde hoy se exhiben y del posible joven diácono que podría hacer la muy noble función de palpar los testículos en la ceremonia del nombramiento del papa de la Cuarta Transformación lo hablaremos al volver de la Semana Santa.