En mi calle, en mi barrio, en mi país ha iniciado, oficialmente, la propagación de una lengua única, totalitaria, sumisa.

Y ha ocurrido con las palabras más graves y decisivas de nuestra época: cuarta transformación. Son expansivas, quizá contagiosas porque no sólo ha de instalarse la acción transformadora, sino también deben hacerlo las convicciones transformadoras, los hábitos de pensamiento transformadores y todo su caldo de cultivo: el Lenguaje de la Cuarta Transformación (L4T).

El nuevo presidente de este igualmente renovado y vociferante país ha dado el banderazo fundacional y, para irnos dosificando, ha ido acuñando una serie de palabras claves. No necesariamente nuevas, aunque sí su impulso revisionista: conservador, neoliberal, porfirista, pueblo, adversarios, pobres, independencia, revolución, reforma, patria, refundación, impulso, mandato, legado, fallar... Y en medio de todas, como eje propulsor, el señor y dador de la era posible: Andrés Manuel López Obrador.

Ya en los ecos de ese acto fundacional –me refiero al evento de la investidura presidencial del 1 de diciembre–, las resonancias de su vocabulario no se han hecho esperar. El propio presidente del Congreso, Porfirio Muñoz Ledo, escribió dos igualmente célebres mensajes al “hilo” en su cuenta de Twitter.

Permítanme transcribirlos en su totalidad para mayor gozo y disfrute.

El primero, 2 de diciembre, a las 17:11 horas: “Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”.

El segundo, 2 de diciembre, a las 17:12 horas: “La entrega que ofreció al pueblo de México es total. Se ha dicho que es un protestante disfrazado. Es un auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria. Sigámoslo y cuidémoslo todos.”

En otras repercusiones, el vocero presidencial Jesús Ramírez Cuevas, anunciaba en Twitter el mismo día de la investidura: “La larga noche neoliberal está por llegar a su fin. Celebremos juntos el inicio de la Cuarta Transformación de la vida pública del país. ¡Es un honor estar con @lopezobrador_!”

Me ha llamado la atención más de una vez que los jilgueros y tinteros del nuevo gobierno se aferran a los argumentos de la Cuarta Transformación con toda inocencia. Todos totalmente cautivados por esa dudosísima concepción de transformación.

El mensaje en Twitter de la encargada de la Secretaría de la Función Pública, Irma Sandoval, es otro botón: “Es una gran honra ser parte del 1er gabinete que se encargará de desmontar uno a uno los obstáculos que el neoliberalismo ha puesto para el desarrollo y la justicia de la Patria. Gracias Presidente por permitirme caminar a su lado. No podemos fallar.”

Fallar en L4T

Recuérdese el vocablo “fallar” en la L4T. Su tonalidad y fuerza tiene significado a niveles de decreto. Recuérdese el “no tengo derecho a fallar” del nuevo presidente ofrecido en tribuna y que fuera cabeza de portada en más de un diario nacional (apúntese también y para alerta de periodistas, que la absoluta uniformidad del lenguaje escrito igualmente explica la homogeneidad del lenguaje hablado).

En poquísimas ocasiones creo en el “sacrificio público” cuando se anuncia a voz estridente ante la opinión pública o cuando su éxito resulta demasiado lucrativo. Para mí, tanto más puro y significativo es ese “sacrificio de servicio público” cuanto mayor es su silencio. Pero lo que más reprocho al concepto de sacrificio aplicado por el lenguaje de la Cuarta Transformación es precisamente su dependencia a lo decorativo, a lo ostentoso de su esfuerzo (“yo ya no me pertenezco”, “trabajaré 16 horas para dejar avanzada la obra de transformación”).

Se ha dicho que la expresión de una época también se define por su lenguaje. La lengua de la Cuarta Transformación ya se expresa con una uniformidad espantosa en todas sus manifestaciones, tanto en su fanfarronería desmesurada de sus adjetivaciones contra un enemigo imaginario (conservadores, neoliberales, porfiristas), como en sus resucitados símbolos de héroes patrios profusamente retratados en carteles o templetes (en el fallido diseño de la casa del gobierno federal se pueden revisar, ahí las siluetas de Morelos, Hidalgo, Juárez, Madero, Cárdenas).

Me parece que de este modo se falsifica y desacredita todo el concepto mismo de transformación. Esta ha de mirar al futuro por su implícita acepción de novedad. Transformación (imposible verificarse a priori) es eso que se pretende será algo novedoso, revelador, que se obtiene precisamente al modificarse algo u alguien. Sólo hay transformación en el renacer de algo nuevo. Nunca en el regreso hacia algo que se creyó perdido. En términos llanos, el lenguaje de la Cuarta Transformación si no ha nacido muerto, nace muy desgastado, moribundo. De hecho, la hereje insumisión de la crítica opositora (“fifí” en el diccionario de la L4T) ya ha calificado de quinta a la Cuarta Transformación.

Allí donde el discurso del nuevo presidente establece directrices para el resurgimiento del hombre nuevo que la Cuarta Transformación requiere, la sumisión a sus vocablos suele ocupar el primer plano. Le gusta emplear la expresión “pueblo” extraído del léxico de los estatistas conservadores de los regímenes “socialistas reales” (¿quién, en verdad, vigila al conservador?). Además, elogia una sabiduría abstracta, imperecedera de algo que asume como pueblo (originario o no). Incluso, ha elogiado al Ejército como la única institución casi vital del “cuerpo del pueblo” que ya vislumbra vigilante o en ciernes para la vigilia de la patria. (“El ejército es pueblo uniformado”).

El nuevo presidente asigna de modo expreso un lugar secundario a la formación del carácter ciudadano. Algo así como dejar en un segundo plano a la participación ciudadana crítica, libre en su reflexión, fiscalizadora del gobierno: la encuesta de los 10 programas sociales con preguntas cerradas es una muestra de ese desdén por reflexiones críticas y propositivas del ciudadano.

Y en el último lugar, siempre puesto bajo sospecha y vilipendiado, deja al intelecto, a su formación y su necesidad de nutrirse del saber. Quizás, la invitación para dejar de pensar será clave en la Cuarta Transformación.

El filólogo Víctor Klemperer (de quien copio la clasificación del L4T) señalaba que todo lenguaje que pueda actuar libremente sirve bien a todas las necesidades humanas. Le sirve, por ejemplo, a la razón y al sentimiento; es comunicación y diálogo, monólogo y oración, petición, orden e invocación. La L4T sirve únicamente a la invocación. “Por el bien de todos, primeros los pobres” o “el pueblo quita y el pueblo pone”, “con el pueblo, todo; sin el pueblo, nada”, rezan algunos de sus argumentos. Esto es que uno no estará solo consigo mismo ni con los propios. No. Se estará siempre ante el pueblo.

Así, siguiendo a Klemperer, la L4T podría centrarse por completo en despojar al individuo de su esencia individual, sin voluntad, salvo para azuzarlo en una dirección determinada. Es el lenguaje del fanatismo, excluyente. Y, por ende, totalitario, sumiso.

En mi calle, en mi barrio, en mi país ya se ha instalado el L4T. Pero hemos de ser optimistas. Algún día caerá en el olvido pues habrá dejado de existir la razón manipuladora de la que debe su nacimiento y propagación.

Por ahora parafraseemos a Klemperer y advirtamos que “la soga de la L4T va cerrándose en torno al cuello”. Por eso, aquí, quiero dejar constancia y testimonio. Hacerlo en su tiempo. En sus caras. De frente.