Detengámonos unos segundos. Sopesemos…

Seguramente tenemos presente el asesinato de Aideé Mendoza Jerónimo, la estudiante de 18 años baleada en el interior del salón de clases, en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH). Espero no se haya olvidado aún. Es muy pronto su crimen. Apenas 10 días, el pasado 29 de abril. Hasta hoy, como igual sabemos, se desconoce quién le disparó.

Sabemos y más por costumbre, que esta impunidad es parte de nuestra cotidianidad. Es correcto. Pero acaso solo por sopesar, reparemos en esa ineptitud, en ese delito. Detengámonos unos segundos más. Vayamos a uno de sus orígenes.

En un “hilo” de Twitter, hecho por el periodista Pablo Ferri, registró cinco versiones relacionadas con el crimen de Aideé. Todas ellas fueron difundidas por autoridades de investigación, léase peritos o agentes de investigación. Es decir, versiones “oficiales”. Es decir, transmisión de información emitida por los especialistas designados por el Estado para la investigación y procuración de justicia.

Veamos. Revisemos:

En una de las versiones, la bala habría recorrido al menos 300 metros de distancia hasta el salón de clases. (El Universal)

En una segunda versión, habrían sido 130 metros. La bala habría traspasado cuatro edificios del CCH hasta entrar por la puerta del salón donde estaba Aideé.

En esta versión, la bala procedía de un predio contiguo a la escuela, propiedad de la Secretaría de Marina. (Contra Réplica)

En una tercera versión, las propias autoridades difundieron la hipótesis que los disparos se habrían hecho desde las instalaciones del CCH. Y también se difundió la tesis, propagada por los investigadores, que la bala estaba dirigida a un profesor que, además, “debía unos gramos de mota”. (La Silla Rota)

Una cuarta versión, sería una bala proyectada desde una pistola pluma, fáciles de conseguir en redes sociales. (LSR)

La quinta versión llevaba a un “narcomenudista” de nombre Dani, quien habría disparado dentro de la escuela y cuya bala perdida habría entrado al salón y terminaría penetrando por la espalda de la víctima. (LSR y El Universal)

El mismo Pablo Ferri resumía en su “hilo” a todas esas versiones como “alucinantes”. Pero también concluía, —me parece, con todo tino— que esas versiones reflejan “la mala praxis de los investigadores” —aquí los agentes de la Procuraduría de la Ciudad de México—, y que dejaban en evidencia “a unos cuantos medios que publican lo primero que se les pasa por la cabeza”.

Retengamos estás dos conclusiones: la mala praxis de los investigadores y la publicación de esas primeras informaciones “que se les pasa por la cabeza” a los periodistas y que son ofrecidas en los medios de comunicación. Y sinteticemos: la desinformación es tan normalizada como nuestra nula resistencia a verificarla.

Ahora vayamos a otro caso. Probablemente todavía lo tengamos presente. Es la captura de Javier Duarte, el exgobernador de Veracruz. Tampoco tiene muchos ayeres. Fue el 15 de abril de 2017. Hace dos años.

Solo en la forma en que sería “capturado”, las diversas versiones son ricas en contradicciones. Revisemos:

Al periodista Carlos Loret de Mola, le filtraron la versión de que agentes de la entonces PGR en coordinación con la Interpol en Guatemala, había detenido a Javier Duarte justo en el pasillo cuando este salía de su habitación 505, del Hotel La Riviera de Atitlán. Los agentes estaban a punto de tocarle en la puerta, pero no lo hicieron. Le informaron incluso la hora exacta de su aprehensión, a las “8:01 pm hora guatemalteca”.

En la reconstrucción de la misma captura, el periodista Héctor de Mauleón describió dos versiones. Duarte habría salido de su habitación para pedir “algún licor” y en ese momento sería abordado. La otra versión, fue que llamaron a la habitación 505 para informarle que había sido localizado y pedirle que se entregaran.

El periódico Milenio daría otra versión sobre la captura del exgobernador veracruzano. La información procedía del subdirector de Investigación Criminal de Guatemala, Stu Velasco. Fue resultado de toda una “estrategia de inteligencia” para obligar a Duarte a salir de su habitación. Se cortó el acceso a internet, se bloqueó el servicio del elevador y las vías de escape por escaleras.

Cuando Javier Duarte escuchó el “ruido de los oficiales de seguridad”, habría tratado de huir. Se dirigió “apresurado” hacia los elevadores y después correría por el pasillo del quinto piso, en donde, finalmente, sería detenido.

Sinteticemos de nuevo: la desinformación está normalizada como nuestra nula resistencia a verificarla.

Pienso y luego deduzco que no sólo se trata ya del desprestigio o descrédito del periodismo, sino que habría que añadir todo un entramado de errores fomentados, auspiciados, solapados desde las instancias de comunicación institucional para entorpecer y darle salida a especulaciones especialmente creadas para hacer todo menos contribuir a una eficaz investigación y su subsecuente actuación de justicia.

Pienso y luego intuyo que el origen de la desinformación nos llega de los nuestros servidores ingenuos, dueños de una ignorancia supina. También puede deducirse, en nuestro descargo, que los funcionarios especializados no han demostrado más que ser idiotas. O, en el peor de los casos, cómplices. De lo que no se puede dudar, es que desde el inicio de los procesos de investigación estos se enmarañan, se entorpecen. Pienso y luego sospecho que son el caldo de cultivo ideal para los extorsionadores y los propagadores de la corrupción, la impunidad.

Y esto es, digámoslo, sistémico, endémico, vergonzoso.

Lo dibujo con esta imagen cotidiana en cualquiera de las agencias de investigación. Reglas, usos, costumbres incluso no habladas, practicadas casi mecánicamente. Imaginémoslos ahora mismo. Escuchémoslos a la distancia: “hagamos mal la integración de la investigación para que después nos sirvan para coaccionar a los indiciados. O a las víctimas directas o secundarias”.

Ahora véase el numeroso coyotaje de abogados de todas las raleas en los alrededores de los tribunales, juzgados, alcaldías. Todos los días en todas las entidades. Verdaderas plagas. Ahora regístrese la infinidad de mecanismos de extorsión emprendida por agentes investigadores. Es de tan fácil acceso. En todas las averiguaciones previas están los datos particulares y de sus domicilios de los indiciados, procesados, víctimas, testigos, etc. Todo un campo fértil para la extorsión, el chantaje y la intimidación.

Sí, digámoslo: la confusión, la imprecisión, la incompetencia e inacción nos llegan de origen. Un origen institucional. Sí, las desviaciones y las ligerezas de filtraciones informativas son también acciones de políticas de comunicación pública para entorpecer los procesos de investigación. Acciones políticas muy bien aprovechadas para futuras corruptelas.

Y esto es, apenas, uno de los eslabones de la amplia, profusa y brutal descomposición del trabajo de procuración de justicia en este país.

Y no hay salida. O todavía, por nuestra nula resistencia, seguimos sin buscarla.