Entre los buenos deseos e infaustos adioses que nos trajo el cambio de año, han de quedar en la ilustre memoria de los mexicanos el singular espectáculo de ver a los tres ex candidatos presidenciales dar la cara y hablarle a la nación, uno tras otro, en un lapso no mayor a los siete días.

Don Jaime Rodríguez, que ya se sabe que es de fácil hablar, no extraña que se explaye sobre la buena marcha de su gobierno regiomontano y más con su singular estilo de comunicar. Ese habitual llamado matutino en su cuenta de Twitter con sus “¡Buenos días raza!”, seguido de su tradicional quiebre jaculatorio “¿Cómo andan? Yo ya estoy listo para jalar”, son de suyo, ejemplos cotidianos. Extraño es ocuparse de asuntos de mayor catadura pública donde parece más vago que nadie. Sin embargo, ha de registrarse para el recuento memorable del que hablamos al iniciar estás líneas, sus breves pero sentidas condolencias tras el derrumbe del helicóptero donde falleciera la gobernadora de Puebla y su esposo y senador por la entidad, el 24 de diciembre: “Dos seres humanos al servicio de una sociedad. Dios los tenga en su reino Rafael Moreno Valle y Martha Érika Alonso”, registró en su cuenta de Twitter.

Sí, detengámonos, ha escrito “dos seres humanos” que sirvieron o, si se quiere también interpretar, que se habían dedicado a servir a “una sociedad”. Extraños los mensajes del Bronco pues nos deja en la doble extrañeza de imaginar la posibilidad de que “dos seres”, y luego “humanos”, puedan haber servido a otra cosa que no sea “una sociedad”. ¿Acaso eso será posible en Nuevo León? Reflexiono lo anterior, porque hasta para Aristóteles (y no precisamente el gobernador que se fue de Jalisco) le parecía que no se podría entender a los seres humanos; es decir, al hombre, fuera de la sociedad. Luego entonces –también este silogismo es aristotélico– no es dable pensar que dos humanos pudieran servir a algo alejado de una sociedad. Salvo, insisto, que eso pudiera suceder en Nuevo León.

En honor al recuento, horas después de aquel mensaje, pero algo más parco, circunspecto y afortunadamente desprovisto ya del habla, al Bronco también se le vio en las exequias de Estado a los malogrados esposos Moreno Valle-Alonso, realizadas en la capital poblana el 25 de diciembre. Ligeramente encorvado y atento al celular, al Bronco se le inmortalizó en una instantánea al lado del inconsolable, desaforado, desmedido en tristeza y sonrojado de lágrima, don Manuel Velasco, ex gobernador de Chiapas.

Fueron esas exequias que dieron pie a la salida del ostracismo de don Ricardo Anaya, el otro ex candidato presidencial panista que parece ir encontrando en el retiro mediático y en el silencio casi conventual, la reflexión necesaria para reconducir los derroteros de su andadura política por el bien y gloria –hay que añadirlo– del país (¿Será verdad que iniciaba en estos días sus cátedras en alguna universidad estadounidense?). Lejos de su ímpetu juvenil y más cercano a la mesura, acaso asertivo, optó salir a la esfera pública con un mensaje en Twitter centrado en un “lamento”, eso sí “profundo”, del fallecimiento de sus correligionarios panistas. Unas líneas después ofreció las condolencias a sus familiares, amigos, y concluyó que serían recordados por todos. “Siempre” fue el tiempo fijado a la memoria de los fallecidos funcionarios poblanos.

De todos, sin dudas, ha sido don José Antonio Meade, quien fuera candidato del PRI sin ser priista (eso ni Aristóteles lo ha entendido todavía), el que obtuvo mayor resonancia. Y no precisamente por su sincero pase de lista en los pésames de los difuntos poblanos sino por una serie de mensajes destinados a ponernos en claro sus cuentas y números del también siniestrado proyecto del aeropuerto en Texcoco. Tres mensajes haciendo sumas, calculando, explicando casi con manzanas. Tres mensajes memorables. Todo un hilo, que le llaman en la plataforma del pájaro azul.

Me atrevería a decir, por el recibimiento de esos mensajes, que no sólo impactaron por su exactitud en la cifra de 145 mil millones de pesos que predijo deberá indemnizar el gobierno por la cancelación del aeropuerto sino por la sencillez de su presencia y preocupación. De ello dieron cuenta una foto, alguna simbología muy parecida a gráficos estadísticos, así como varias cifras igualmente inmortalizadas en una servilleta aderezadas en un cuadro fotográfico con su cara de maestro y con un ligero ceño de eficaz, entregado y meticuloso contable.

Y aunque don Meade advirtió que sus aportaciones sobre las cifras del fallido proyecto del aeropuerto de marras no llevan su interés en intervenir en política salvo reflexionar sobre su viabilidad, no deja de llamar la atención su versado y fino uso del quehacer político. Es como en el derecho: a las confesiones de parte, relevo de pruebas. Es decir, muy bien que don Meade diga que no lo hace por intervenir en la política, pues parte del oficio político exige decir que no se hace lo que sí se hace. Parece inadmisible que nuestro ex candidato tricolor no se dé cuenta de que, como ya hay mexicanos que lo han considerado el último funcionario eficaz, no tardan los nostálgicos en aplaudir a rabiar sus declaraciones. Mientras que las nuevas fuerzas se indignan, llenas de horror, ante la perspectiva de que sus observaciones, aun su acción, siembren el veneno y la discordia en la cuarta transformación.

A mí me parece que más se acerca a una renovada estrategia de presencia mediática tipo campaña. Usa para ello la misma fórmula que utilizara el ex contrincante que le acabó por vencer en las votaciones presidenciales de julio pasado. Esto es, varias fotos con maleta de rieles en mano, transitando por las salas de espera en aeropuertos. Otras más con vestir casual, algo así como rústico pero limpio. Pantalón de mezclilla, camisa de cuadros, con suéter o chamarra ligera. Más imágenes felizmente acompañado de su sonriente esposa vestida con finos acabados de textiles autóctonos. Igual de viaje, en casa, que con familia o simplemente meditando. Vamos, hasta con barba tipo filósofo griego, como Aristóteles mismo.

A todo esto, se me ocurre un pensamiento… caray, si con esa precisión y certeza de números hubiera gobernado en los dos anteriores sexenios en que fue ocupado, quizá no estaría volviendo a hacer campaña copiando a quien fuera su contrincante y, peor todavía, desde una servilleta.