Hace algunos meses conocí a un mexicano que por azares de la fortuna paterna, beca institucional o arrojos propios ha vivido en el extranjero buena parte de su juventud: primero en Estados Unidos, después en Inglaterra y, al final, en Alemania. Regresaba a los lares patrios con la augusta intención de quedarse definitivamente y para siempre: “No más vida en occidente; ya me he instruido de sobra”, me dijo.

Su mirada tenía tal intensidad como su ímpetu revolucionario: “Quiero aportar a mi país, revisar el poder, la función pública, escudriñarla, construir ciudadanía, en fin, ser actuante del cambio verdadero. Espero lo concrete pronto. Realmente estoy comprometido con derribar los caducos y trillados paradigmas”.

Observándolo bien, no cabría por qué no podría lograrlo, pensé con solo escucharlo… y mirarlo: un jovenazo sano, impetuoso, con chispa, lozanía, bien plantado y que por añadidura domina a la perfección tres idiomas, seguro bregaría con facilidad, aunque no exento de dificultades, un buen porvenir.

¿Tlaxcalteca? ¿Hidalguense? ¿Capitalino? No recuerdo con exactitud cuál de esas entidades me mencionó como su lugar de nacimiento. ¿Doctorando? ¿Más de un doctorado? Ahora mismo tampoco lo recuerdo bien. ¿Con formación itamita, del CIDE, UNAM? Caray, no logro rememorar a cuál de ellas debía su adiestramiento académico. Internacionalista y analista político eso seguro que se lo escuché, porque lo he escuchado mucho. ¿Había recibido la medalla Gabino Barreda en la UNAM o sólo me refirió que era admirador de su gran labor educativa?

Sí atino a recordar, sin embargo, su paso en la Universidad de Sussex, en Inglaterra y, por supuesto, el doctorado en la Universidad de Nueva York. ¿Gómez? ¿Ramírez? ¿Martínez? Esto de retener los apellidos es tan complicado como enviar mensajes por whats app mientras uno se transporta en Metrobús. Quienes me conocen saben que, por mi edad y oídos, algo se padece de pérdida auditiva. Y esta se complica aún más cuando se conversa al barullo de una calle populosa del barrio de la Condesa, para mayores coordenadas.

En todo caso, de la conversación que tuve con aquel jovenazo con chispa y de envidiable lozanía, fue que había regresado al país después de anotar con cuidado tres buenas tareas y acciones por realizar en su compromiso para erradicar los trillados paradigmas y, sirva de paso, impulsar un cambio verdadero en México. Seguro en el habla, fija la mirada, me afirmó que estaba decidido a traer la vanguardia en la educación, la actividad pública y el periodismo.

Al decirme lo anterior confirmé que aquel joven investigador era de una curiosidad infinita y de una exigencia intelectual desconcertante. En su empeñadísima labor por ciudadanizar, por ejemplo, me refirió que deseaba dotar al mexicano de a pie de cuanta narrativa teórica y reflexiva existiera para que pueda asumir posturas claras en el debate público. Sin rodeos. Con causa. Comprometidos. Incluso me pareció escuchar que exigía “salir del clóset a las derechas” o algo por ese estilo.

Él, que venía de mundo (¡hasta estuvo en Tailandia!) ya vislumbraba una rebelión pacífica en las urnas, “desde abajo, desde el pueblo” y donde el complemento perfecto de esa revuelta debería ser, también, “una revolución de las audiencias de los medios”. Ahora más que nunca, me insistió con cierto calor, “es importante privilegiar las ideas y sus consecuencias públicas, y no las personas y sus agendas.”

Palabras más o palabras menos, el joven impetuoso y políglota continuaba en su diatriba: “La ciudadanía ya no toma en serio al análisis y al periodismo porque han sido incapaces de entender lo que realmente está pasando en la política y la sociedad”. Encendido de ánimos, con el cejo fruncido, todavía sentenció: “Ha llegado la hora de ver en los medios nuevas plumas capaces de entender más”. Recuerdo que estaba a punto de quedarme sin habla, cuando no bien terminó por llamar a cuentas o, mejor dicho, en llamar a las cosas por su nombre: “Nuestra comentocracia ha sido comandada por huérfanos de futuro y utopías”.

Desarmado, sin poder agregar nada apenas deduje –ya reflexivo en materia de nuevos paradigmas–, que el periodismo será eso que estará pasando mientras uno seguirá neceando en evitar dedicarse a la propaganda ideológica, la militancia partidista y el anuncio publicitario.

Este fin de semana que acudí con mi familia a la que fuera la residencia oficial de Los Pinos, rememoré esa gratísima conversación al constatar lo bien que se está encauzando el porvenir. En la entrada del ahora museo, en un cartel de fondo blanco, con logo gubernamental y en letras color marrón, se describía: “La Secretaría de Cultura y la producción de Roma ofrecerán a los asistentes petates similares a los que se usan en el foro al aire libre de la Cineteca Nacional, además de ponche y palomitas. Se les invita a asistir abrigados o con cobijas y traer un recipiente para el ponche y las palomitas. Los Pinos es un espacio libre de basura, ayúdennos a mantenerlo así”.

Ya se ve. Todos listos para recibir a los nuevos ciudadanos y para la exhibición de la aclamada película del director Alfonso Cuarón. Y justo este jueves 13 de diciembre, a las 19:00 horas.

Por cierto que al pasar por los jardines que bordean la Calzada de los presidentes, tal como en el meme de Juan Gabriel, me pareció ver agazapado de un árbol y con esa mirada de cierto recelo al licenciado Eduardo Sánchez, el ex vocero del gobierno de Enrique Peña Nieto. No pude evitar pensar: ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? ¿Se habrá atrincherado con los de Atlacomulco?