En la fila para la gasolinera hay un par de peseros, al menos una docena de taxis, varias decenas de automóviles particulares y unos cuantos peatones cargando tambos y galones vacíos. Estos últimos dicen que o sus jefes los mandaron a llenar los recipientes para tener una reserva, o trabajan en el transporte público y no se pueden dar el lujo de quedarse sin combustible, o prefieren no gastar la poca gasolina que les queda en el tanque mientras están formados.

Estoy en la estación que está en el kilómetro 3.6 de la carretera Picacho-Ajusco, y son las 11:00 de la mañana.

–¿Por qué lleva esperando tanto tiempo si todavía le queda medio tanque? –les pregunto a quienes llevan más de dos horas esperando para cargar gasolina.

–Nos avisaron que se estaba acabando la gasolina –dice uno. Y las otras respuestas son similares:

–En Facebook estaban poniendo que llenáramos el tanque.

–Cuando empecé a ver la fila dije "mejor de una vez”.

–Pues por el desabasto.

Ninguno de los entrevistados puede explicar el problema o está enterado de los comunicados oficiales.

A las 11:15, con una fila que ya creció de 500 metros a casi dos kilómetros, se acaba la gasolina. Los encargados anuncian que ya no atenderán a nadie, pero los automovilistas –y hasta los peatones con sus recipientes- se quedan formados. Los conductores en realidad no están poniendo atención a los despachadores sino a los otros autos, y como nadie dio el primer paso para irse, la fila se queda intacta. Para las 12:30, nadie se ha movido.

De acuerdo con uno de los despachadores, si las ventas se hubieran mantenido en el promedio diario la estación estaría operando con normalidad, pero la alta demanda agotó hasta “el colchón” que siempre tienen.

La situación me recuerda a un cuento que mi compañera de noticiero, Luciana Wainer, me contó hace unas semanas. Se llama Algo muy grave va a suceder en este pueblo, de Gabriel García Márquez.

Básicamente el relato comienza con una señora que se levanta con un presentimiento: algo malo va a pasar. Se lo cuenta a sus hijos y estos a sus conocidos, que a su vez lo llevan al carnicero, quien comienza a recomendarle a la gente que compre un poco de más porque hay rumores de que algo terrible se avecina. Unos minutos más tarde los habitantes ya afirman que el calor está más fuerte que nunca y que los animales actúan raro. El nerviosismo se esparce hasta que la primera familia empaca sus cosas y, al cabo de un rato, ya son calles completas las que están vacías. Cuando la gente va en caravana de salida del pueblo se escucha la voz de la mujer que tuvo el presentimiento: “Yo dije que algo muy grave iba a pasar”.

En días como estos, es muy fácil entender por qué Gabo es un escritor universal.