La semana pasada albureé a una funcionaria pública. En una transmisión en vivo. En cadena nacional. Al agradecer la hospitalidad del museo que ella dirige cambié la palabra puertas por piernas: “Gracias por abrirnos las piernas”.

Claramente fue un error: nunca antes había dicho –o pensado– esa frase y, honestamente, todavía no puedo explicar de dónde salió.

En ese momento me disculpé y la funcionaria lo tomó con el mejor humor. Horas después, alguien del lugar donde trabajo se metió al archivo donde se guardan las grabaciones de los noticieros, cortó esa parte y la mandó por Whatsapp. El video se volvió viral. Hubo medios que incluso hicieron notas sobre mi error.

En los últimos días he recibido mensajes de algunos de mis superiores jerárquicos que incluyen frases como “te gustó, no te hagas”. Y en redes, cientos de desconocidos me han preguntado si estoy “malcogida”, hecho chistes sexuales de mal gusto o han opinado sobre mi físico. En realidad, de eso se trata este texto.

Como mujer periodista estoy acostumbrada a pedir una entrevista a un hombre y obtener respuestas como: “Claro, por qué no te invito a cenar y te cuento bien”. O salir de una conferencia de prensa y que el asistente particular se me acerque para decirme: “Dice el diputado que te invita un café”.

También a que los periodistas consagrados me retiren el habla por no aceptar su invitación para ir a comer. O a estar en una junta de equipo y que el jefe diga: “Perdónenme, pero no me puedo concentrar con el escote de la compañera”. Y no importa si en mi trabajo periodístico estoy en una balacera, una caravana migrante o un museo, porque la mayoría de los comentarios que recibo en redes sociales tienen que ver con la ropa que traigo puesta.

No puedo contar la cantidad de veces que, haciendo mi trabajo, desconocidos me han saludado con un beso en la comisura de los labios, o tocado la cintura o la pierna en medio de una conversación.

Cada vez he sonreído y me he tragado lo incómoda e insegura que me han hecho sentir. Algunas veces he ido a esos cafés y cenas, y otras sólo he contestado “sí, nos ponemos de acuerdo después”, y no lo que de verdad me gustaría decir porque la verdad es que necesito mi empleo.

El video en el que me equivoco está chistoso, claro: reírnos del error humano es algo que yo celebro. Pero vulnerar a alguien –aunque sea en un meme o un mensaje en internet– en lo más íntimo y propio que tiene, que es el cuerpo, no lo es.

Mi trabajo, y el de muchas compañeras, es hacer periodismo. Tenemos aciertos y desaciertos, pero eso no es un permiso público para el acoso.

Está acabando el 2018, un año en el que discutimos muchísimo la normalización de las micro violencias contra las mujeres. Y hay que entender que no sólo le pasa a las actrices, nos pasa a todas. El periodismo, dijo Gabriel García Márquez, es el mejor oficio del mundo. Ojalá se trate siempre de hacer eso y de nada más.

(Por cierto, la entrevista que realicé fue en el Museo de Historia Natural, que expone en estos momentos “A lo marciano. Un vistazo al planeta rojo”. Tiene una línea del tiempo de todas las misiones a Marte, fotografías en muy alta resolución de su superficie, la explicación a detalle de lo que nos ha informado el robot Curiosity y hasta una maqueta de cómo se verían los campamentos humanos allá. Para que tengan la historia completa y no se queden con una frase.)