Dice el refrán que a todo se acostumbra uno. Es verdad: en México hacemos cosas como subirnos a un camión con luz neón morada y calcomanías de la Santa Muerte para llegar a trabajar, que para cualquier extranjero sucedería solo en películas de terror.

Monjas que venden galletas a los automovilistas, comprar insectos para botana en una plaza pública o besar desconocidos en las mejillas son cosas que tenemos perfectamente normalizadas. Para darnos cuenta de lo exóticas que son estas estampas cotidianas, hay que hacer un ejercicio consciente de vernos desde los ojos de un foráneo.

Pero no es lo único a lo que ya nos acostumbramos: las malas prácticas también están enraizadas y hay que detectarlas y exponerlas para poder cambiarlas.

Un trabajador del DIF Nacional me contó hace unos días que sus jefes le pidieron la renuncia, a él y a muchos de sus compañeros. No los despidieron con la liquidación correspondiente: les dijeron que tenían que firmar una carta no escrita por ellos en la que aseguraban que dejaban voluntariamente el empleo.

La persona, quien tiene 25 años en el puesto y ha visto pasar varias administraciones, me dijo: “A los directores de área siempre se las piden porque los que llegan vienen con su equipo, en esos niveles siempre ha sido así pero ahora también nos la pidieron a los soportes administrativos”. Es decir, a los que no tienen nada que ver con el partido político, no tienen seguros, prestaciones ni bonos, y que ganan entre 12 mil y 16 mil pesos brutos al mes.

Siempre estuvo mal. Nos acostumbramos a esas prácticas y el problema con la normalización es que la liga se estira y se estira, y en algún momento llega a los más vulnerables. Digo esto último porque, aunque siempre es igual de ilegal, no es lo mismo dejar obligatoriamente un trabajo con un seguro de separación individualizada que en cero.

Pienso el poema de Martin Niemöller: "Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí”.

Guardada toda proporción, el fondo es el mismo: no permitir un solo caso, ya sea de transporte público en mal estado o de ilegalidad en los procesos, nos protege a todos.