A esta hora de la mañana, en lunes, al estómago apenas y le entra un café. Pero en la Flor de Garibaldi, uno de los pocos negocios abiertos –porque no ha cerrado en toda la noche–, hay una pareja compartiendo una caguama. Él, en camiseta, desafía los nueve grados centígrados de temperatura y ella va tan despeinada como un metalero después de un concierto.

“Andas buscando la pura fiesta”, suena a mis espaldas. Es una mujer que seguramente no ha cumplido los treinta pero tiene una dentadura como de setenta. Se mueve a mi alrededor velozmente y se ríe sola. Nerviosa, pregunto qué tipo de fiesta. Con tono burlón me responde: “drooogas y cerveza”.

Afuera, el único lugar para sentarse en la Plaza de Garibaldi cuando los negocios están cerrados son las jardineras, pero están ocupadas por personas en situación de calle.

Camino los cinco minutos que toma llegar de la estación del Metro, en Eje Central, al mercado de La Lagunilla. Paso por el lugar donde tres personas fueron baleadas hace un par meses y por un billar clausurado porque ahí se realizaba trata de personas.

Al terminar el territorio de mariachis se encuentra el tianguis de muebles, en la esquina de Honduras y Allende. Al ser entrevistados frente a la cámara de video, el señor de la fruta asegura que la zona es muy segura; el de los tamales, que el único problema es la basura; y el de un local que ni siquiera sabe lo que es el cobro de piso. Cuando la cámara se apaga, éste último suelta un “van a venir a tronarme mis huesitos”.

–¿La delegación o quién?

Sonríe.

Pudo referirse a los narcomenudistas, los líderes ambulantes o a todos juntos. En tres cuadras de la colonia Centro de la CDMX hay, de frente y sin mucho esfuerzo de búsqueda, numerosos ejemplos de los problemas que convierten a la alcaldía de Cuauhtémoc en la más peligrosa de la Ciudad.

El alcalde –en ese entonces delegado– anterior, Ricardo Monreal, admitió la presencia de al menos cinco cárteles de droga que no sólo disputan la plaza sino que extorsionan a los comerciantes. La movilidad en muchas zonas es mala y poco incluyente, y gracias a esto tres de las más peligrosas esquinas para peatones y bicis se encuentran ahí.

Es también la zona de la capital con mayor número de asentamientos de personas en situación de calle y de ambulantaje. El año pasado se cometieron 550 delitos de alto impacto por cada 100 mil habitantes, mientras que, por ejemplo, en Coyoacán la tasa fue de 269.

¿Qué hacer ante este panorama? ¿Pedir el apoyo del Ejército como han hecho tantos municipios en crisis de seguridad? ¿Reforzar la presencia policiaca? La ONU, en sus metas para el 2030, dice: sustentabilidad, resiliencia, inclusión social y erradicación de la pobreza.

Esta estrategia ha funcionado en ciudades como Medellín, Colombia, alguna vez la más violenta del mundo. Logró integrar los barrios más pobres e inseguros con programas sociales y la construcción de librerías, parques y escuelas futuristas que solían ser accesibles sólo para gente rica.

Claudia Sheinbaum entrará como jefa de Gobierno la próxima semana y ya anunció una inversión de mil 800 millones en el Primer Cuadro para su plan de revitalización. Este enfatiza, precisamente, la habitabilidad, actividad comunitaria y la calidad urbana.

Esta no es la primera vez que se anuncia un proyecto de este estilo: hace ocho años el ex delegado Alejandro Fernandéz anunció el Proyecto Tepito, y después Monreal el Programa de Desarrollo Urbano de la misma zona. Aunque han habido avances, la promesa de pacificación, dignificación y remodelación sigue pendiente.

Parece un nudo imposible de desenmarañar pero la evidencia empírica y numerosos estudios indican que cuando los ciudadanos se involucran y confían en la autoridad el sanamiento del tejido social es más veloz. La confianza de los vecinos se gana cumpliendo promesas, no haciéndolas. Es el primer paso a dar en este trayecto de seis años que estamos por comenzar.