1990: Tengo 6 años y es la primera vez que mi abuela me deja hacer bolitas con la masa de polvorones de nuez que prepara cada Navidad. Me estoy esforzando para que cada una sea perfecta. Como siempre, saco un poco la lengua, ese tic heredado de mi familia paterna que se aparece cada vez que hacemos algo que requiere precisión. Mi abuela me felicita y me dice que el próximo año podré hacer algo más.

1991: Me dejan limpiar los romeritos y tomar café. Tomo una taza que quema y me dicen que tenga cuidado, pero que ese es el momento perfecto para ponerle azúcar y luego dejar enfriar de a poco. Tomo 5 cubitos de azúcar y cuando nadie mira los voy poniendo uno a uno en mi taza. No revuelvo. Pruebo el líquido y es amargo. Me regañan por no saber tomar café. Limpio los romeritos y me dicen que hice muy buen trabajo.

1994: Ya tengo 10 años. Esta vez me dejan cubrir los polvorones recién salidos del horno con un poco de azúcar glass. Queman. Rompo los primeros dos. Nadie está mirando y me los como acompañados del café que sigo sin saber tomar, pero es la norma en casa de mi abuela. Sigo sin revolver la montaña de azúcar que se queda en el fondo pero que me bebo con el último trago y me sabe a gloria. Balanceo de una mano a otra los polvorones cuando queman demasiado.

2000: Estoy enamorada y me dan ganas de cocinar algo. Llevo el primer postre a casa de mi abuela. Es un pastel de chocolate de cajita que quemo de un lado, pero que salva el relleno de fresas y crema batida. Todos me felicitan por el primer postre que llevo y que no es comprado.

2007: El primer postre como estudiante de cocina. Todo mundo espera ver qué he aprendido. Se me ocurre una gelatina de vino tinto con uvas. Nadie me enseñó que la grenetina, para que cuaje, se debe de calentar. No lo hago y por ende mi postre se queda líquido para siempre. En la cena me informan el proceso y reímos. Prueban el líquido y un “pero sabe delicioso, qué lástima que no cuajó” acompaña la derrota.

2008: Reparo el desastre del año pasado. Llego con una tarta de peras al vino tinto, un rollo de fresa, una pasta y un dip. Absoluto pavorreal. Todo está delicioso y siento que nací para cocinar. Sabes que triunfaste cuando los que no irán el 25 al recalentado se quieren llevar a casa algo de lo que preparaste en el itacate.

2010: Mi abuelo ya no está en Navidad. Nadie quiere sentarse solo en la cabecera, donde él estuvo siempre. Ponemos dos sillas en ese lugar y cenamos un poco en silencio y un poco recordándolo. De nuevo llevo postre y pasta. Este año es un pastel de chocolate y una tarta de limón. Mi abuelo las hubiera disfrutado.

2015: J está en el hospital desde el 12 de diciembre. Hablamos con él y nos cuenta que en el Instituto de Cancerología la cena estuvo deliciosa. Será la última Navidad en la que escuchemos su voz. No lo sabemos aún.

2017: Despedimos a la tía M y por primera vez la Navidad se mueve de casa de mis abuelos a casa de mis padres. Preparo brownies, tarta, pastel, budín de pan, pavo, papas y crema de whisky casera. Cocinar me permite distraerme de lo que duele y concentrarme en lo que da felicidad.

2018: Ha sido un año desgarrador y hermoso. No sé qué venga para esta Navidad pero estoy segura de que estaré en la cocina.