Con la vida pasa lo que en el futbol. Los jugadores profesionales han desterrado a los periodistas por el simple hecho de haber pateado una pelota. Se asume que si jugaste con ella sabes más que el que durante años se preparó para contar historias a su público. Bajo ese mismo parámetro, todos somos especialistas en la existencia del ser humano. Si un futbolista pasó por victorias, fracasos y empates y con eso tuvo suficiente para hablar frente a un micrófono y dirigirse a una audiencia de millones, entonces nosotros, a partir de nuestras frustraciones, éxitos y traumas tenemos argumentos suficientes para ser especialistas en el análisis del comportamiento humano. Aunque no hayamos ganado nada, justo como la gran mayoría de los futbolistas que hoy ocupan los puestos de liderazgo como conductores en medios de comunicación, tenemos la autoridad para opinar como Campeones del Mundo. Y otra vez, como en el futbol, nuestra especialización es subjetiva. Nadie tiene la verdad absoluta.

Dado que la verdad no es absoluta se toma por válida la verdad generalizada. Si la mayoría lo cree, se asume como máxima. De ahí los estereotipos, protocolos y paradigmas bajo los que según la gente deberíamos regirnos. Pasa con conceptos clásicos como el matrimonio y la demanda de fidelidad entre parejas, pero también con conceptos relacionados al rendimiento profesional y a la concentración que debemos poner a cada objetivo según la experiencia de los demás. Se repiten verdades subjetivas, que por ende no son del todo verdades, hasta que convierten en raro y disfuncional al que decide no respetarlas. Se habla de dispersión. De falta de foco. De rebeldía. De una incapacidad para ser productivo, cuando en realidad no es más que la falta de voluntad de hacer lo mismo que los demás. El ataque no es por lo que haces, es sólo porque no eres como ellos. Y lo raro incomoda en un mundo de iguales.

Hace falta que a la vida profesional se le califique por algo más que los ingresos en el banco. A partir de ese estigma, la mayoría de los hombres más exitosos de México no se dedicaron más que a un solo proyecto. A veces con mérito propio. Muchas otras sin más mérito que el de haber sabido utilizar el dinero de sus padres. El logro no es menor, pero ha de reconocerse que el fracaso cuando el nivel de vida no va de por medio duele menos que cuando sólo tienes tus éxitos y derrotas para sobrevivir. Incluso el emprendedurismo, ese movimiento del que tanto se habla en México y el mundo, está contaminada por el clasismo de las familias adineradas. Sobre todo en Latinoamérica. Sobre todo en México. Los fondos de inversión reciben con mayor facilidad a los que son conocidos por vía familiar o de amigos. El apellido pesa, por obsoleto que se lea. Los coworkings están llenos de dinero más que de buenas ideas. De pláticas mamadoras más que de proyectos realistas. De hijos de papi más que de emprendedores de verdad. El ecosistema emprendedor es en su mayoría una burbuja que no hace más que dejar el dinero en la gente de siempre, aunque sea disfrazándolo de grandes iniciativas para transformar al mundo.

El cambio no conoce clases sociales. Las ideas no surgen de los apellidos. Están en el cerebro de cualquiera que se atreva a creer en sí mismo y a tener la fuerza suficiente como para convencer a los demás. Aunque para él sea más difícil que para el resto. Aunque no tenga un título académico de una universidad extranjera en la que seguro coincidió con algunos de los que hoy toman las decisiones en empresas que pudieran invertir en él. Aunque para él levantar cien pesos sea como levantar un millón para el que a partir de la herencia conoce a las personas correctas.

El emprendedurismo en México intimida al outsider. Apellidos que suenan mejor que otros. Outfits que te encasillan o te exilian. Referencias a escuelas y fondos de inversión para impresionarse unos a otros. Preguntas sobre el árbol genealógico. Sí, como en mil ochocientos o como en Game of Thrones. Acentos que o te ponen en el bando con posibilidades o en el de los pobres que quieren alcanzar un peldaño que no les corresponde. Contra eso debe luchar. A eso debe imponerse mientras los especialistas de la vida, que somos todos, y sobre todo los que nacieron siendo emprendedores (bajo el concepto de que tener dinero y hacer algo con ese dinero que ya está significa ser emprendedor), juzgan, etiquetan y se apropian de las ideas porque son ellos que tienen el dinero. Si tienes el dinero, tienes las ideas de otros. Y si tienes las ideas de otros, seguirás teniendo dinero mientras esos otros trabajan para ti. Porque así debe ser. Porque el que nació con dinero está marcado. Porque México, y por ende el ecosistema emprendedor mexicano, sigue siendo tan elitista como siempre.

El outsider no debe cansarse de intentar. Le toca probar de todas las formas posibles. Y también de las imposibles. Si para vencer a un villano en Mega Man era necesario usar cada arma en el inventario para ver cuál era la correcta, al outsider le corresponde hacer lo mismo, con la desventaja añadida de que a otros, a partir de su posición socioeconómica y de la red social que lo acompaña, se les han dado todos los beneficios para que sean los ganadores. El outsider va de Mario vulnerable, el de posición acomodada nunca deja de ser ese Mario Bros. con capacidad para volar, lanzar fuego, en modo estrella y con varias vidas como para poder permitirse el fracaso temporal. Se espera del outsider que fracase. Se espera del que tiene dinero que tenga eso y más. Porque sí. Porque se lo merece. Porque más vale un miembro conocido que un revolucionario por conocer.

Con un proyecto. O con dos. O con cinco. Para emprender haz lo que tu inteligencia te diga. También dialoga con tus instintos. Y dado que llevas todas las de perder, disfruta el camino. Celebra cada triunfo. Un like, un peso, un aplauso, un mail, un patrocinador. Lo que sea que te haga creer mientras los de siempre te miran con la soberbia del que se ha olvidado del valor de las pequeñas alegrías. Si así lo haces. Si crees en ti para hacer lo que te venga en gana, un día cualquiera ese o esos proyectos la romperán por separado. O todos juntos. Y entonces sí tendrán que voltearte a ver. Entonces sí habrá aparecido el verdadero emprendedor. El que hace algo de la nada. El que se imaginó antes de tener. El que soñó antes de invertir. El que lo hizo por amor y convicción. El que quizás un día celebrará tener millones en la cuenta, no vistos como un fin, sino como el resultado de haber creado un proyecto que cambió su vida y la de los que conocieron su historia.