Es más noble que cualquiera. La mejor fuente resultó también la más maleable. Sirve para confirmar, pero también para mentir. La vieja confiable que por serlo tanto se convirtió en el arma principal de los embaucadores. Si hablas en su nombre lo que estás diciendo es la verdad, aunque no lo hagas. Aunque no sepas si los científicos que lo concluyeron están calificados, e incluso aunque no sepas si en realidad existen. Mentir en nombre de la ciencia será una tendencia en los medios para 2019. Como también fue en el 2018.

Otra vez el deseo cumplido se convirtió en problema. Queríamos que Internet se convirtiera en un espacio de libre pensamiento. Lo conseguimos a grado tal que a diario ocurren linchamientos públicos a partir de la polarización que produce el que todos quieran imponer su visión a costa de lo que sea. Queríamos que la ciencia estuviera más cerca del ojo público. Lo conseguimos a grado tal que a diario se habla en su nombre para publicar contenido que no tiene más objetivo que el de generar ingresos a partir de la exposición de banners. Las fake news abrazadas por la fake science. La mentira disfrazada de verdad. La investigación real o ficticia que avala lo que sea.

La falsa ciencia es perfecta para engañar. Incluso más que el falso periodismo de datos. Pasa que un lector nunca tendrá ni el tiempo, ni el conocimiento, ni la disposición para comprobar si el artículo que le dice que comer una rebanada de sandía mejora su semen es real o sólo un engaño más. Tampoco tendrá el equipo técnico necesario para hacer su investigación. Y además, pensar que su semen tendrá mayor calidad por consumir sandía o que sus relaciones sexuales serán más satisfactorias a partir del consumo diario de un racimo de uvas no suena tan mal. Es el equivalente a un producto milagro. A algo fácil de hacer para recibir un beneficio. La falsa ciencia es también un placebo.

La fórmula, que bien vista tiene un trasfondo científico, incluye siempre el sentido de pertenencia para un sector determinado. La superioridad de uno sobre otro. Se hace para que el beneficiado en turno comparta y para que el agraviado comente. Son cuestiones inofensivas. Banalidades que viajan de una reunión familiar o entre amigos a laboratorios de científicos y especialistas (reales, ficticios, ociosos o de muy poca monta, difícil decirlo) que se obsesionan por descubrir si la trilliza de piel más blanca es más inteligente, o si la última amiga en casarse será, por cuestiones psicológicas que se generan a partir del comportamiento comunitario, la más fiel de todas.

Es un juego emocional. Te digo lo que quieres escuchar con la ciencia como argumento irrefutable. Aunque no cambie la vida del lector, a éste le gustará encontrarse con un artículo que le dice que por ser el más chico de su familia está destinado a ser el más guapo. A una persona de tez morena le encantará saber que la ciencia comprueba que son ellos los mejor constituidos físicamente a partir de una serie de pruebas realizadas por la Universidad de Wakanda a más de tres mil quinientos seres humanos. Es más, hace no mucho uno de los sitios nativos más visitados de México, tranquilizaba a millones de novias preocupadas porque sus novios sentían un deseo sexual por su mejor amigo. El fenómeno, según explica el artículo, está directamente vinculado a cuestiones químicas que se producen cuando dos seres humanos se quieren, aunque sea como besties.

A los medios hay que aplaudirles la creatividad. Con tal de sobrevivir harán lo que sea. Es un instinto natural. Detrás de la fake science hay una industria rota. Con usuarios que no quieren pagar, con generadores de contenido que prefieren mentir que apostar por el esfuerzo de largo aliento, con plataformas que incentivan más las emociones que la razón, y que además se llevan todo el dinero, y con marcas demasiado ocupadas consigo mismas como para decidir con responsabilidad social dónde invertir su presupuesto publicitario. La fake science es una mierda. Como las fake news. Y como cualquier mentira. Pero no es menos triste que la incapacidad que como humanos hemos tenido para manejar los deseos que se hacen realidad. Comprobado científicamente: los seres humanos nos destruimos a nosotros mismos.