Tres veces lo intenté. Tres veces me dormí. Y multiplíquenlo por dos. Una película nos durmió seis veces. Tres a mí, tres a mi novia. Pero no por eso Roma deja de ser una obra maestra. No por eso mi novia o yo somos ignorantes. O quién sabe, porque ahora todos me dicen que sí, que o nos gusta esa película o somos, cuando menos, unos espectadores palomeros que deberían dedicarse a ver a Adam Sandler. De él les recomiendo Fifty First Dates. Sí, he visto muchas de sus películas. Y no me dormí. No como en Roma. No como en los siete samuráis. Lo digo para que se entienda que el mío no es malinchismo sino, a decir de una sociedad de alta cuna cinematográfica, la más vulgar de las ignorancias. Que se me diga pendejo, pero nunca antipatriota.

Claro que noté la anomalía al sistema. Soy fanático de lo raro. Me gusta abrazar lo inusual. Que el personaje principal sea una asistente doméstica refresca una baraja de alternativas compuesta por mirreyes, comediantes que se sienten actores, estereotipos de la gente de élite, sexo, desnudos, groserías y pendejadas. Aplaudo la extravagancia. El sentido de inclusión. Detrás de cualquiera puede haber una gran historia. Pero no por fuerza tan llena de clichés. No por fuerza dedicada a poner ante nuestros ojos lo que ya sabemos. Dicen que mostrar lo común la hace extraordinaria. O a los otros les falta observar, o yo soy un adelantado que tenía claras las cosas hasta antes de que Roma llegara a decirme que al interior de nuestras casas hay cierto grado de esclavitud, o de segregación, o de clasismo.

Si Roma nos ayuda a entender uno de los males de la sociedad mexicana, hará falta que pronto se haga una película sobre el linchamiento social del que son víctimas todos aquellos que no comulgan con la mayoría. A las reglas de convivencia básica, que son necesarias para que una comunidad sea funcional, se han sumado las que emanan de los trending topics. Hace un par de años la gente se sorprendía viendo que en Black Mirror se presentaba un episodio en el que la vida de la gente era calificada a partir de sus actos más insignificantes. Si sonreías cuando no debías, puntos menos. Si te peleabas con quien no debías, puntos menos. Si andabas con alguien famoso, puntos más. Si tenías una fortuna, puntos más. Si no te gustaba una película que a la supuesta mayoría (y digo supuesta porque no me creo que un país que escucha la Ke Buena y La Zeta por encima de todas las cosas sea adicta a Roma), puntos menos. Claro que este punto no ocurrió en la ciencia ficción, pero sí en la realidad. No puedes decir, so pena de ser linchado, que una película no te gustó. Así de frívolos somos. Así de políticamente correctos. Así de mamadores. Y yo así de perdedor. A estas alturas seguro que llevo varios puntos menos.

El mundo hace tiempo que vive en modo Twitter. Los trending topics moldean nuestra consciencia. Trump fue un visionario. Lo descubrió antes que todos. Fue el primer presidente que usó Twitter como plataforma de gobierno. Desde ahí envía mensajes, manipula opiniones y dirige a los medios. También desde ahí se decide qué podemos pensar, a quién debemos linchar, a quién debemos aplaudir y a quién debemos poner en portada. Es valioso que Vogue le entregue la portada a Yalitza Aparicio. Cumple con todas las características necesarias para ganar relevancia. Atiende a un momento, es políticamente correcta, es inclusiva, es inédita, es insólita. Y sin embargo, para mí hubiera sido mejor que esa portada mostrando a una indígena fuera antes que el trending topic. Que Yalitza Aparicio o cualquier otra mujer indígena hubiera llegado a la portada de Vogue sin la necesidad de estar atada a un trending topic. Porque entonces hubiera podido afirmarse que se trataba de una convicción filosófica, no de una oportunidad para vender muchas revistas.

Es peligroso el negocio de lo políticamente correcto. Tanto a nivel empresa como a nivel personal. Los medios, urgidos de oportunidades para darnos a notar, nos montamos a cuanta tendencia exista. Sí por convicción. Sí por compromiso social. Sí, sobre todo, para vender. Y las personas hacen lo mismo. Tengo amigos que viven de ponerse estrellas de reconocimiento en la frente. Que trasladan el mazo crítico de Twitter a su vida cotidiana. Frente a ellos no puedes decir ni hacer nada que vaya contra el manual. Ya no hablemos de mencionar términos que analizados a fondo pudieran tener rasgos misóginos, clasistas o racistas, sino de que no te guste una película, que no te emocione una canción, o hasta que no comulgues con un político. Son los que piden que los amigos sean amigues. O que todos sean todes. Somos una sociedad futbolerizada. Del chinga tu madre si le vas al América al eres un pendejo si no te gusta Roma.

Desde que las opiniones privadas se hicieron públicas el mundo se ha ido un poco más a la chingada (no lo expreso así con intenciones misóginas, sólo como referencia a lo mal que estamos). La realidad es que mi opinión sobre Roma carece de importancia. No soy cinéfilo. Casi nunca voy a la cineteca. Veo Limitless como si fuera la mejor película de la historia. Y me pido baguette de pechuga de pavo, crepa de Nutella con plátano y hasta una malteada en Cinépolis, lo que no creo que se vea bien ni en la austeridad republicana ni al momento de ver buen cine. Pero también tendrían que carecer de importancia las opiniones de todos los demás. El disfrute o no de una película, cualquiera que sea, tendría que ser personal en vez de pasar por el juicio público y furibundo de los que encuentran validación en decir que Roma es la mejor película que hayan visto en los últimos tiempos.

Quiero que Roma gane un Óscar. O varios. Quiero que México siga en lo más alto de la industria cinematográfica. Quiero que cada vez haya más indígenas, morenos y gordos en la televisión y en las revistas. Pero también quiero poder opinar que no me gusta una película. Quiero poder decir que me dormí tres veces viendo Roma. Y también quiero poder decir que mi personaje favorito fue el Borras. Sí, el perrito. El que es mudo testigo del clasismo, el racismo y la misoginia de la sociedad mexicana. Sí, él, aunque siga perdiendo puntos por eso. Aunque gracias a él, y sobre todo a los extraordinarios consumidores de buen cine, el mundo de Black Mirror caiga con toda su furia sobre mí.