Las pruebas saltan a la vista. No hay escapatoria a la realidad que nos hemos construido. El agua se agota hasta convertirse en un problema mundial. Los lugares que antes eran sinónimo de fiesta ahora se cubren con la advertencia de inseguridad. Los animales se extinguen en cadena, tanto que resulta obvio que un día nosotros seremos los siguientes en la fila. El futbol –ese reducto de paz que según Maradona no podía ser manchado– está en el luto más real que pudiera existir a partir de que la pelota ha quedado imposibilitada por el hombre: con piedras, palos y gas lacrimógeno ha hecho sangrar el balón como símbolo de que tenemos las manos, los pies y, sobre todo, la conciencia manchada de sangre.

Podemos culpar a otros de lo que pasa. Hablar de la poca educación que el gobierno nos da. Decir que la violencia en el futbol es el reflejo de la descomposición social de un país. Justificar la sangre como símbolo de la urgencia que tenemos por manifestar nuestra ansiedad. Todo es una falacia. Un curita moral que nos ponemos para apuntar a terceros donde la culpa también es propia. El problema de lo macro es que termina indultando a lo micro. Si el responsable es el gobierno, el pueblo es inocente. Si los responsables son los directivos, la afición es inocente. Si el agua se agota, la culpa es de todos, y dado que es de todos a nosotros nos toca un porcentaje de culpa mínimo, tan insignificante que no es suficiente para quitarnos el sueño por las noches.

La naturaleza emite lecciones a gritos. Está desesperada porque entendamos lo que estamos haciendo con ella. Lo que estamos haciendo con nuestra libertad. Pero ese método, que es el mismo que usa un padre con su hijo cuando descubre que éste ha convertido su habitación en un campo de guerra, o el mismo que usa un dueño con su mascota para hacerle ver que se ha portado mal, no provoca cambio alguno entre nosotros. Y lo peor es que a estas alturas no podemos decir que desconocemos el problema.

Quien no despierta y se pregunta qué ha (hemos) hecho con el mundo, vive en la más peligrosa de las fantasías. En las calles, en los noticieros, en el grifo, en las cárceles, en los estadios, donde quiera que estés y hagas lo que hagas está ese reproche implícito de quien nos pide que observemos lo que hemos hecho con el mundo. Pero nosotros, a diferencia del perro que un día dejará de orinar donde no debe o de un niño que no volverá a pintarrajear las paredes, seguimos acabando con todo. Como si las amenazas fueran infundadas. Como si las consecuencias fueran tan distantes que no nos fueran a alcanzar. Como si el mañana fuera un problema de nuestro yo del futuro, que seguro cuando llegue el momento estará blindado con versiones mejoradas de indecencia y descaro.

El hombre no sabe qué hacer con su libertad. Ni en lo simple ni en lo complejo. Su necesidad de un marco de acción, lo que lo lleva a tener que trabajar en una oficina por temor a ser incapaz de disciplinarse desde casa, no es sino la muestra más básica de la incapacidad del ser humano para hacerse responsable de sus actos. Y de ahí a lo complejo. Como el hecho de que vivamos con miedo a confiar en un presidente con mayoría en el Congreso por la posibilidad de que acabe siendo un dictador, o a que valide consultas hechas por él mismo, manipuladas por él mismo y promovidas por él mismo.

O como el manual de reglas y protocolos que de a poco matan el espíritu de juego como mal menor ante la posibilidad de que de no hacerlo, como saltó a la vista en Argentina, sean los hombres los que se maten entre sí. O como los candados y desconfianzas que hoy gobiernan Internet cuando estaba llamado a ser el espacio del libre pensamiento, la plataforma colaborativa de conocimiento y el acceso ilimitado al entendimiento de otros seres humanos.

Lo que hicimos con Internet es lo que hacemos con nuestra libertad. No somos tan distintos al Rey Midas. Él convierte en oro lo que toca, nosotros simplemente lo jodemos.

Al futbol, visto como macro, se le atribuyen muchos peligros. Para algunos el problema es que el ser humano sienta un amor profundo por un equipo. Se habla de que la pasión que genera el juego es tóxica. Que provoca matanzas y agresiones. Que una cerveza combinada con la pelota es tan peligrosa como un arma apuntando a la cabeza. Como resultado el futbol o vive en pena, como en Argentina, o vive en la nostalgia, como en México. Aquí prevalece la civilidad pero también la sensación de que donde antes había una fiesta, ahora hay una ceremonia cualquiera a la que no puedes entrar ni con cinturón ni con bandera, porque ondearla pone en riesgo la pupila de otros y porque el palo que la sostiene puede ser usado como arma.

En Argentina se matan, y claro que eso es peor. Pero acá tan incapaces hemos sido de manejar nuestra libertad que a los jugadores se les prohibe provocar al rival, a los técnicos se les exige hacer de diplomáticos, a los árbitros se les arrincona con tecnología porque el destino del juego no debe depender del juicio humano. Aquí todavía no matamos al futbol, pero lo redujimos a su expresión más sosa. Y todo porque o hacíamos eso o acabaríamos con él. No por su culpa, sino por la nuestra. Él sólo nos reúne, nosotros somos los que decidimos que el encuentro es una guerra.

El futbol sigue siendo un espejo de la sociedad. Él, como nosotros, vive en libertad condicional. Es ya un presunto culpable. Si se nos acaba el juego, si se nos acaban las rivalidades, si se limitan las emociones, si la pelota vive en la pena o en la nostalgia, no es por ella. Ella no ha hecho más que congregarnos para presenciar un duelo que debería entretenernos. Es por nosotros que nos emborrachamos hasta transformarnos en seres violentos, que nos peleamos como si la rivalidad no pudiera ser más que un detonante para ser mejores sin agredir al contrario, que somos incapaces de estar en grupo porque si nos sentimos parte de una tribu entonces pensamos que debemos atacar a los que pertenecen a otra. El futbol se muere. Como el agua. Como los animales. Como la seguridad. Como Internet. Y no, la culpa no la tiene la pelota. Tampoco el sistema Cutzamala. Y ni siquiera Mark Zuckerberg por haber creado Facebook. Al menos no sólo él. La culpa la tenemos todos por joder todo lo que tocamos. Sí, incluso a la pelota.