Hace unos días Spotify publicó la lista de los artistas más escuchados en México durante 2018. De los diez más escuchados, ocho pertenecen a alguna de las tres principales disqueras transnacionales. Los dos restantes son Banda MS, de Lizos Music, y Bad Bunny, de la compañía discográfica puertorriqueña Hear This Music.

Bad Bunny cuenta con más de 60 canciones (la gran mayoría colaboraciones) y sin embargo no tiene un solo álbum. Las reglas están cambiando pero la distribución no. Hemos creído que la revolución de la industria musical ha venido a democratizar lo que escuchamos, pero los números dicen lo contrario, al menos a nivel macro.

No debemos confundir la facilidad actual para producir música con la posibilidad de que esta llegue a muchos oídos. Prácticamente cualquier artista que componga una canción puede grabarla y subirla a plataformas de streaming, pero de nada sirve tenerlas ahí si nadie las escucha.

Los diez artistas que componen la lista antes mencionada cuentan con una maquinaria enorme que empuja su catálogo: los escuchamos en las principales estaciones de radio, sus videos salen en televisión, están en las listas de todos los sistemas de streaming, y suenan en antros, bares y supermercados. No podemos hablar de equidad en la industria si lo que más se escucha sigue perteneciendo a las principales disqueras y lo independiente sigue en segundo, tercero o quinto plano.

En lo que escuchamos sigue sin haber cabida para propuestas nuevas, bandas independientes, nuevos géneros o proyectos que carezcan de una infraestructura grande para darse a conocer. De los diez artistas más escuchados en México, más de la mitad están activos desde la década de los 90. El resto son de reggaetón.

¿Cómo llega una canción a alguna de las listas de las distintas plataformas de streaming? Hay distintas maneras. Estas plataformas cuentan con curadores que se encargan de escuchar música y generar playlists. También la gente puede apoyar a partir del número de plays que le da a una determinada canción y, por supuesto, hay managements y disqueras empujando por posicionar a sus artistas.

La cuestión es que siempre terminan siendo más o menos los mismos artistas quienes coronan estos espacios. Si tomamos en cuenta que se suben cerca de veinte mil canciones a Spotify cada día, podemos entender lo imposible que resulta que alguien –incluso un algoritmo- pueda tener noción de toda la información sonora que la plataforma alberga.

Hay otros factores que determinan lo que la gente escucha. Canciones que residen en el inconsciente colectivo de cualquier mexicano mayor a 30 años como “La Incondicional”, “Culpable o No” o “Soy Como Quiero Ser” fueron sacadas del baúl de los recuerdos gracias a su serie biográfica e hicieron que Luis Miguel se convirtiera en el artista más escuchado del país en Spotify.

Una amiga me comentaba sorprendida que su hija de 18 años estaba descubriendo a Luis Miguel, cantaba y se apropiaba con sus amigas de canciones con las que su madre creció y con las que nunca se identificó. Lo mismo sucedió a nivel global con Queen. En el momento que salió la película Bohemian Rhapsody, llegó a 37 millones de escuchas en promedio, la misma cantidad que Ed Sheeran, quien fue el artista internacional más escuchado en 2017.

Un fenómeno similar sucedió a partir de shows en la ciudad. Shakira, la única mujer de ese Top 10, está en la octava posición en parte por los conciertos que dio en octubre en el Estadio Azteca. Los Pixies aumentaron en 300% sus escuchas en México a partir de sus presentaciones en el Metropolitan y el Zócalo de la Ciudad de México. Y hablando de rock: ¿Dónde quedó? No hay un sólo artista del género en los primeros diez lugares nacionales ni globales. El reggaetón domina las listas seguido del hip hop y el pop.

Existe un cementerio de canciones, llamado forgotify, el cual alberga todas las canciones de Spotify que no han sido escuchadas en su totalidad ni una sola vez. Ni siquiera por la persona que la subió, sus familiares o el mismo artista. Esto nos da una perspectiva de lo inútil que resulta tener tu música al alcance de todos si nadie sabe que existe. Sin igualdad de oportunidades, no podemos hablar de una democratización musical.

Si las plataformas de streaming quieren apoyar artistas nuevos o independientes deben comprometerse y empujar, no basta con incluir la música en su catálogo. Necesitan darles visibilización, promocionar dichos proyectos y buscarles espacios dentro del mainstream.