De niño me creí el cuento de que tener buenas calificaciones escolares era el primer paso para una vida exitosa. Nunca fui un purosdieces, pero rara vez bajaba de los ochos en la boleta. En cambio mis amigos, durante la secundaria, justo eran los que peores calificaciones obtenían. El director los humillaba en público arrojándoles los boletines al piso. Ellos tenían que agacharse a recogerlos en medio de un coro de besos de todos los presentes. A veces los alineaba para propinarles un tablazo en las asentaderas. Era una escuela de puros hombres, administrada por una congregación católica, y eran los años ochenta. Esos usos y costumbres que hoy nos parecen salvajes, eran celebrados por los mismos padres de familia, que pensaban que no había otra manera de educar a esa caterva de adolescentes.

A golpes (recibidos o no) aprendimos que tener buenas notas era motivo de orgullo y señal de éxito duradero. Los que reprobaban consecutivamente eran —y se supone que iban a ser por siempre— unos fracasados. Las buenas notas eran símbolo del esfuerzo. El esfuerzo abría las puertas a una posición privilegiada. Sólo las mejores notas tenían derecho de ingreso a las universidades. La universidad no era para todos, sólo para aquellos que la merecieran, y ello llevaba a una vida económicamente holgada.

El tiempo demostraría que esa narrativa era incorrecta. Casi todos mis amigos de entonces, que reprobaban un mes tras otro, han alcanzado sin problemas el éxito económico y social. De los que sacábamos buenas notas, a algunos les ha ido muy bien, a otros no tanto. La vida adulta es infinitamente más compleja que los sistemas evaluatorios, y sus parámetros son completamente otros.

Después de toda la infancia y adolescencia en escuelas donde las variables están más o menos limitadas, los estudiantes salimos al salvaje oeste de la realidad, en donde hay algunas reglas, pero ajustarse a ellas al pie de la letra (como intentamos hacer los buenos estudiantes) a veces no es la mejor de las estrategias. El esfuerzo y el trabajo no garantizan el éxito en una sociedad que, como la nuestra, no es meritocrática. Importan mucho más otros valores como la escala social en la que uno se haya desarrollado y la calidad de las relaciones profesionales y de amistad que sea capaz de establecer. Incluso es deseable cierta fluidez moral que deje pasar claras faltas a la legalidad y a la ética, sin lo cual no sería posible acaparar privilegios.

Hace unos días, en su pausadísima conferencia mañanera, el presidente Andrés Manuel López Obrador repitió una frase que venía diciendo desde su campaña: “la educación es un derecho, no un privilegio”. Su frase armoniza con su rechazo tajante a la reforma educativa del sexenio anterior —que en el suyo se han apresurado a cancelar—, y a la promesa de campaña de ofrecer educación superior a todo el que la solicite… con bastante independencia de los méritos académicos o el esfuerzo previo del solicitante.

Su frase pone de cabeza todo el fundamento de la educación tradicional: si no es el esfuerzo, ¿entonces qué es? Habíamos entendido que la educación no era para todos. Que los que teníamos el privilegio de estudiar, los que más le echábamos ganas teníamos ganado un futuro promisorio. Negar ese privilegio y darle a los malos estudiantes las mismas oportunidades que a los más esforzados suena tan injusto como el arrepentimiento cristiano. Ese que dice que no importa cuánto hayas pecado en vida, si al final de tus días te arrepientes de corazón también tienes ganado el reino de los cielos.

El hecho es que hay que reconocerle que a pesar de las incongruencias que los detractores a diario le encuentran a la llamada Cuarta Transformación, hay ciertas constantes que se han mantenido al menos a nivel del discurso. Una de ellas es la famosa promesa de “acabar con los privilegios”. Esta máxima lo ha llevado a denostar con el adjetivo “fifí” a todo aquello que huela a aventajamiento socioeconómico. Pero también lo ha llevado a derrumbar la reforma educativa peñanietista, aún a pesar de que al hacerlo mantendría los privilegios a todas luces ilícitos de los líderes magisteriales y a una parvada enorme de aviadores. Pero va más allá: no sólo cancela la reforma; también plantea que la educación sea un derecho independiente a los logros académicos.

Quizá más sintomático fue el argumento que el mismo López Obrador enarboló en defensa de ese precepto: él fue un alumno más bien desobligado que tardó años en terminar su licenciatura. Por lo tanto todos, sean o no como él, tienen derecho a luchar por un título, lo merezcan o no.

La abolición de los privilegios implica un cambio de narrativa radical. No resulta sorprendente el intento de desfondar a la élite educativa con la virtual desmantelación interna del Conacyt. Pero impedir que haya privilegiados en lo académico sólo para que el derecho a la educación cumpla con su universalidad, es la vía equivocada. Una cosa es que todos puedan acceder. Otra muy distinta es que a todos les haga el mismo sentido.

Recordemos que la reforma que se rechazó proponía cosas sumamente pragmáticas como la evaluación universal de los maestros y la medición del desempeño educativo bajo estándares internacionales. Ahora con el cierre inminente del Instituto Nacional de la Evaluación Educativa, la posibilidad de medir la competitividad global de los egresados de las escuelas mexicanas quedará al menos lisiada. El esquema idealista que ahora se busca imponer, antes que evaluar a los maestros se busca algo que también es muy necesario: redignificarlos.

Es muy posible que ante la ausencia de herramientas comparativas (o el limitado acceso a las mismas), la calidad de la educación en el país tenderá a bajar aún más en relación al nivel educativo de otros países. Es posible que se abra la puerta a la complacencia y de ahí a la simulación.

Por otra parte, redignificar la figura magisterial es algo mucho más complejo. Qué más quisiéramos que nuestros maestros de escuela tuvieran el estatus social que tienen en otras sociedades. Pero lo mismo podemos decir de nuestros policías, nuestros bomberos, nuestros trabajadores del aseo. La propuesta suena maravillosa. Pero fácilmente puede empantanarse en burocracia, discursos simuladores, aumentos salariales irrisorios, luchas sindicales a modo, el clasismo y el racismo imperantes.

Ante la apertura de universidades, tendremos más egresados universitarios. Como su nivel educativo no necesariamente será competitivo, tampoco asegurará buenos empleos. Admitamos que el nivel educativo de la mayoría de los egresados actuales es para dar vergüenza. Entonces, en el salvaje oeste de la realidad, persisten y seguirán persistiendo los más aptos, que no siempre son los más estudiados.

Columna publicada originalmente en Negocios Inteligentes