Es al expresidente Adolfo López Mateos a quien se le debe la máxima. Se trata de una sentencia, enseñanza, de un ritual presidencial. Fue un adagio expresado en el pináculo de su sexenio, justo en los días en que se había decantado por su sucesor, Gustavo Díaz Ordaz, en noviembre de 1963.

Revivámoslo. Escuchémoslo como si ahora mismo nos hablara por la radio. Qué tal a través de la legendaria XEW: “la voz de la América Latina desde México” (fondo de campanas del xilófono).

¿Ya?

Ahora, demos pase al expresidente López Mateos. Oigamos su entrenada voz. Magnánima, grandilocuente:

“Durante el primer año la gente te trata como Dios y lo rechazas con desprecio… en el segundo te trata como Dios y no le haces caso… en el tercero te trata como Dios y lo toleras con incredulidad… en el cuarto te trata como Dios y comienzas a tomarlo en serio… en el quinto de te tratan como un Dios y no sólo lo crees: lo eres”.

Ahora, apaguemos la radio. Y regresemos a este caluroso mayo de 2019.

¿En qué año estamos posicionando, hoy mismo, al presidente Andrés Manuel López Obrador? ¿hay elementos para deducir que ya se le trata como en el quinto año de gobierno, aunque estamos transitando apenas en el primer año?

Observemos algunos botones:

Sandy, la periodista de las conferencias matutinas en Palacio Nacional a quien le parece que el presidente López Obrador tiene “mucha energía” y es dueño de una vitalidad física comparada con la de un corredor de fondo de origen keniano, asombrada, le inquiere: “¿utiliza cámaras hiperbáricas para agarrar energía?”.

Carlos, el otro célebre periodista de las mañaneras que, admirado, quiere saber si al presidente López Obrador “¿le ha sido fácil gobernar?”.

Germán, el exdirector del Seguro Social que en resonada carta de renuncia saluda al presidente con todos los honores y —supongo— lo libra de toda culpa: “Claro que el IMSS se debe transformar, como lo ordena el presidente. En el IMSS no se desobedece al presidente. (Las cursivas son mías).

O líneas más adelante: “Creo y defiendo al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, porque no es gerente de los que se creen dueños del país. No es florero de nadie, como él mismo lo dice. Yo seguiré su ejemplo. (Las cursivas son mías).

Zoé, el nuevo directivo del IMSS que celebra su nombramiento y señala en conferencia que hay una ruta y que todos somos el “equipo” del presidente. Por eso, orgulloso, “lo que ha señalado el presidente de la República, no se toma como una medalla de orgullo, se toma como la enorme responsabilidad de no fallarle al Jefe de las Instituciones del Estado de mexicano”. (Las cursivas son mías).

Josefa, la exsecretaria de medio ambiente que decide (“en congruencia con sus principios”) retirarse de su cargo después de ocasionar un retraso de vuelo a pasajeros y la tripulación. Pero también quien no se retira sin antes dejar constancia fehaciente en Twitter de que nadie más que ella es culpable de semejante abuso de poder: “PD. No hubo orden presidencial para retrasar la salida del avión; soy la única responsable de lo sucedido. Presidencia jamás intervino.” (Las cursivas son mías).

Víctor Manuel, el sustituto en la secretaria de medio ambiente, al que le recuerdan uno de sus tuits más virales: “la grandeza de AMLO es una luz que ilumina el firmamento tras la larga noche neoliberal”. (Toda la frase, sin cursivas, es de él).

Paloma”, o una cantante nayarita que dijo llamarse así, interpreta a todo pulmón ante el presidente y en pleno vuelo de avión una canción de su autoría: “Yo tengo el orgullo de estar con “el peje”, este presidente de gran corazón, la gente lo aclama, lo sigue y respeta…”.

Gibrán, el académico más articulado, libertario y encumbrado de la inteligencia nacional de hoy celebra, con mirada fija ante las cámaras y sin “pudor intelectual” (¿dónde leí esa declaración?), la “centralización” del poder Ejecutivo a cargo del licenciado Andrés Manuel López Obrador y, además, lo argumenta: “la concentración de poder era necesaria, porque había de reconstruir la autoridad, porque teníamos un Estado sumamente débil”.

Será el tintero mayor (¡ya esperamos su libro!), pero no estaría mal recordarle al jovenazo Gibrán y recordarlo juntos, que es por experiencia histórica y por verdad de Perogrullo que el poder y, más el público, es insaciable. Muchas inteligencias anteriores nos lo han advertido. El inglés Lord Acton lo definió con claridad: “el poder tiende a corromper; el poder absoluto corrompe absolutamente.” Igual lo hizo George Mason: “podemos estar seguros de que aquellos que tiene el poder en sus manos, siempre, en cuanto puedan, lo acrecentarán”.

En fin. Lo que más me puede es que todos estos ni siquiera consideran su dichos y usos como algo de que avergonzarse o respecto a lo que mostrarse particularmente reticentes.

Y, claro, el presidente Andrés Manuel López Obrador, en medio como un Dios.

No se vayan. Terminemos otra vez con el citado Carlos, el célebre reportero de las conferencias mañanera del Palacio Nacional que le ha preguntado al presidente López Obrador si le ha sido fácil gobernar. Y evaluemos, feligreses todos, la respuesta presidencial:

“Sí, fácil. No quiero presumir, no hay ningún problema…”.