No podría dejarlo pasar. No ahora.

Me parece que es un mensaje poderoso por su transparencia y brutalidad. Y hasta donde tengo entendido, esa noticia se viralizó. O, al menos, así lo registró el periódico El Universal.

Un niño, Benton, de siete años, en solitario, logró recaudar 22 mil dólares para la construcción del muro en la frontera de Estados Unidos y México gracias a la venta de limonadas y chocolate caliente.

El niño Benton Stevens, se ha difundido, está empeñado en apoyar al presidente Donald Trump en la edificación de esa muralla fronteriza y ha hecho suyo el objetivo de impedir la “invasión” de extranjeros a su país.

El niño Stevens, se nos informa, reside en Austin, la capital de Texas. El niño Stevens, para lograr dicha recaudación, ha sido tan emprendedor que incluso diseñó una marca propia para sus productos caseros llamada Benton´s Stand y colocó carteles llamativos en su expendio. La marca igual se vende por “online”.

Al niño Stevens, como también se dio a conocer, lo apoyaron en su ánimo emprendedor sus padres Shane y Jennifer.

Su padre Shane, al ser entrevistado por El Universal, declaró: “quiero a México y a su gente y me gustaría una buena relación. Se trata solo de seguridad y de saber quién ingresa a nuestro país”.

Por su parte, su madre Jennifer reconoció que encauzó a su hijo desde que este le expresó su voluntad de apoyar al presidente Trump para la construcción del muro.

Unida, la familia, es una imagen poderosa. Edificante.

El Universal registró que Benton tomó la idea de iniciar la recaudación monetaria el año pasado al escuchar al presidente Trump en su Discurso a la nación donde solicitó más presupuesto y llamó a levantar esa barrera física entre los dos países colindantes para evitar la llegada de inmigrantes. Se trata de la misma promesa de Trump desde su campaña presidencial.

La familia Stevens, como también se informó, son integrante del grupo Construimos el Muro (We build the wall), que el pasado 30 de mayo inauguró una porción de valla en un terreno privado de Sunland Park, en Nuevo México, con la presencia del niño emprendedor.

¿Cuantos litros, vasos de limonada, o cuántas tazas de chocolate caliente debió vender para recaudar ese dinero? En uno de los letreros, se informaba que el chocolate caliente tenía un valor de 2 dólares. No hay registro del precio de la limonada, así que no se podría saber cuántas limonadas y cuántas tazas de chocolate debió vender para alcanzar la cifra de 22 mil dólares. Del dato que tenemos, esto es, de los 2 dólares por chocolate caliente, quizá sólo podríamos deducir que debió vender 11 mil tazas de chocolate caliente para lograr los 22 mil dólares.

Sólo en la confirmación de este dato, la hazaña realizada por el menor parece no sostenerse por sí misma. Explica sí, por el contrario, la construcción de una historia, de un mensaje para posicionar e imponer un imaginario social de alcances todavía más dañinos que la mera corrupción de construir una historia con información improbable o, de plano, falsa.

Y ese mensaje fabricado, construido, tiene en sí un impacto demoledor. Edificante.

En ese mensaje, por la exposición de la figura de un ingenuo y candoroso menor de edad, por su etnicidad, por el simbolismo implícito de un bienintencionado emprendedor que vende refrescantes limonadas, por su llamado a la comunidad para “protegerse” de ese algo, peligroso, que les llega de México y que se propone “invadirlos”. Por toda esa utilización de señales y símbolos (incluso el más potente: un niño de siete años), la construcción del mensaje principal es redondo. Eficaz a sus propósitos.

Tiene todos los ingredientes, digámoslo sin rodeos, para la propagación del miedo. Pues hay temor, hay emoción y hay pasión. Esto es, el coctel del mensaje más humano y mortífero de todos: el odio.

Se ha difundido poco, pero ya se sabe que el odio, hijo bastardo del miedo, no solo nace, espontáneo, sino que también se aprende. Es decir, también se enseña o enseñamos a odiar. Hay muchas formas de enseñar a odiarnos.

Una, las más social de todas las formas emocionales del odio, es la que forma parte de un rito casi iniciático de incorporación a un grupo, a un clan. Al ser comunitario también asimilamos de ellos (el grupo) los miedos, amores y rechazos. Pero también aprendemos, en comunidad, a odiar a lo mismo que odian todos y de la misma manera que todos.

El niño Stevens se ha iniciado en ese rictus. Está aprendiendo a temer y a odiar. Y ese aprendizaje y esa propagación del mensaje se antoja difícil de parar. Puede incluso expandirse, propagarse más y más.

¿Cómo se revierte? Se ha difundido poco, pero también se sabe que hay diversas salidas.

Una de ellas es revertir los mensajes de odio con la construcción y edificación de otros mensajes alternos que incidan en la seguridad. Argumentaba Carlos Castilla, uno de los ensayistas más notables del odio en sus aspectos sicológicos, que “nadie feliz, satisfecho de sí, puede odiar, como nadie que se sienta seguro puede sentir miedo”.

Resumamos. El verdadero odio, o al menos, el más perdurable de todos, nace y se nutre de la insatisfacción con uno mismo.

Eso es lo que no podía dejar pasar.