He visto por las fotografías anexadas a los expedientes de investigación la forma en que fueron acribillados y abandonados a su suerte. Al cuerpo de Fabián Yáñez, un joven de 18 años, lo intentaron meter a presión como si fuese un bulto en el clóset de la habitación 46 del Hotel Colonia Roma. Lo mataron a golpes contusos de cráneo sobre la loseta, había recibido más de una docena de cuchilladas y lo terminaron asfixiando con un cordón de persiana.

He observado otras instantáneas de cuerpos hinchados de golpes, desfigurados del rostro, cercenados sus genitales. Imágenes tomadas en departamentos habitados en solitario por las víctimas, en estéticas, en bodegas, talleres mecánicos, en fábricas, hoteles. Cuerpos lacerados, en carne abierta, lapidados.

Otros envueltos con guiñapos, harapos y sujetados con cuerdas o cintas para ductos. O en bolsas de plástico y abandonados en los lotes baldíos, en la vía pública, en cerros, barrancas, ahogados entre la inmundicia de las cañerías del desagüe. En las laderas putrefactas de los cauces de riachuelos malolientes.

He sentido la saña contra los otros. En los cuerpos herméticamente atados, salvajemente amordazados, torturados, vejados, mancillados. En las extremidades quebradas, contorsionadas hasta la ruptura de hueso. En el tubo de pasamanos, en la varilla de acero, en los mangos de martillos, en los palos de escobas penetrados en sus cavidades anales hasta desgajarlos.

He sentido la saña en las cabezas casi desprendidas del cuello por la filosa cuchillada de un arma punzocortante en la yugular. En los ojos desorbitados. Suplicantes. Aterrorizados. Ojos de pánico. En el rostro del horror petrificado: la mirada en los últimos instantes de vida.

Como en el rostro de Emilio Zúñiga, un niño 13 años, reventado de las entrañas a puntapiés, con la cabeza destrozada por piedras y dejado a su suerte en el camino de terracería rumbo al municipio de Azoyú, en Guerrero. O el de Alejandro Colín, adolescente de 16 años, amarrado de sus extremidades y arrastrado hasta el fondo de una barranca, a las afueras de Zitácuaro, Michoacán.

O de Jorge A. Romero, otro niño de 13 años, golpeado hasta desfigurarlo, lapidado y abandonado en los terrenos baldíos contiguos al campo de futbol en la comunidad de Emiliano Zapata, en Veracruz. Este niño con un letrero colocado en su desgajado vientre y sobrepuesto con piedras como pisapapeles. Una pancarta hecha de cartulina, con letras negras y la leyenda: “por puto”.

Después, he asistido a un partido de futbol. Ese murmullo de moscardones que convocan a la jauría segundos antes de que el portero reviente la pelota. Ese grito, ensordecedor, dichoso en su gracia viril y machista. Y ese grito, al unísono, me ha hecho recordarlos. Volver a mirar las imágenes, al fondo de una barranca, en los caminos de terracería. Ese despojo humano hinchado con el letrero: “por puto”.

Eran cuerpos de niños. Uno, dos, tres, de los 76 menores brutalmente asesinados y registrados en los informes de la CCCCOH (LetraS) y sólo en la última década.

Imaginarlos ahí. Aterrorizados. Una parvada de machos cual hienas. Babeantes, golpeando. Entre gritos de puto, maricón, joto. Y luego, el letrero en su cuerpo párvulo de 13 años: “por puto”.

He atendido los registros del Semefo, a donde van los cadáveres para la obligada autopsia. A donde van los sin nombre, las desconocidas con sus prendas de mujeres, las uñas pintadas, la pestaña inventada. Decenas de cuerpos sin reconocer, en calidad de desconocidos, enterrados en fosas comunes o, de aquellos que tuvieron otra suerte, los cuerpos completos, útiles para las prácticas en los laboratorios de universidades. También he registrado los nombres de los otros cuerpos que fueron identificados por sus familiares, pero no reclamados. Ni para sepulturas, ni rezos, ni hostias.

He visitado las agencias del ministerio público, las procuradurías y he constatado las decenas, quizá cientos de expedientes apilados, deshojados, empolvados en estanterías o en los archivos, en medio de pasillos, corredores, amontonados en los escritorios.

He leído los interrogatorios hechos a los familiares, a los amigos íntimos, a las parejas. La pregunta que incrimina, que inquiere, que es prejuicio y burla. “¿Quién se la metía a quién?

He escuchado el testimonio de Norma, la madre del joven Fabián que aceptó acudir a una cita clandestina, en sigilo, a media voz con un perito investigador.

“¿Sabía usted que su hijo andaba con otros chicos?, ¿sabía que llegó al hotel por su consentimiento?, ¿si usted quisiera, si así lo desea, podríamos ayudarle, no sé, agilizar el trámite, tocar algunas puertas?”

He atendido los registros de asesinados. Sólo de 1995 a 2015 se sumaron mil 310 crímenes por odio homofóbico en 29 entidades del país, aunque se estima que por cada caso reportado hay tres o cuatro más que no se denuncian, según informes de Letra S.

De 2015 a 2018, se sumaron 79 personas LGBT asesinadas por año. Esto equivale a siete homicidios por mes. Y si tomamos en cuenta las proyecciones moderadas de crímenes contra la comunidad LGTB y que no son denunciados o registrados, cada día es asesinada, al menos, una persona por odio a su preferencia sexual. Todos, o al menos el 98 por ciento de esos crímenes, siguen impunes.

He revisado la frase que hiciera Raúl Osiel Marroquín al ser capturado: “Hasta le hice un bien a la sociedad, pues esa gente hace que se malee la infancia”. Había secuestrado, con su cómplice Juan Enrique Madrid, a seis jóvenes homosexuales, a cuatro de ellos los asesinaron tras asfixiarlos y colgarlos como reses en el departamento donde vivían los febriles compinches. “No me arrepiento de lo que hice. De tener la oportunidad lo volvería a hacer, solo que sería más cuidadoso para no ser atrapado”, argumentó quien sería apodado como “El Sádico”.

He rastreado el trayecto que le llevó al Sádico y su cómplice empujar una de las maletas negras donde había introducido el cadáver de una de sus cuatro víctimas.

He sabido de la propagación del odio desde todos los púlpitos religiosos. En las escuelas. En los juzgados, tribunales, en los ministerios públicos. En las letras de canciones. En sus intérpretes. En nuestros políticos. En los medios de comunicación. En las redes sociales. En casa. En familia. En uno mismo.

Sí, he visto y lo sé.

Y he caído en la cuenta que todo, absolutamente todo, forma y define la moralidad de mi país: México.