Una muestra, una semana.

En el mes de la mujer.

La misma semana de vacas, puercas, burras.

La misma de los pañuelos verdes.

Una semana de vociferaciones, consignas deshilvanadas, falsas intenciones y florilegios al viento.

Es una semana normal para un país caótico, inconexo, frívolo, saturado de diatribas irresponsables y alimentadas desde las esferas del poder con mensajes cruzados, insustanciales, polarizados.

Sí. Una semana común. De las típicas, ya normalizada.

Acotemos:

Una senadora, de vestido blanco con bordado de motivos indígenas, quizá mixe o mazahua, no lo sé de cierto. La misma senadora, Jesusa Rodríguez, con un rebozo rojo minuciosamente doblado que sostiene en su hombro izquierdo. Es un símbolo. Una senadora comprometida, aguerrida, agradecida con la Cuarta Transformación.

Es la misma legisladora, del grupo Morena, en una toma de perfil para responder a una pregunta que se sugiere es parte de una entrevista periodística a propósito del Día internacional de la mujer.

Es la misma senadora que suelta con ese dejo de político sabelotodo y fanfarrón que ofrece cátedra:

“No debemos olvidar en el Día de la mujer a las hembras de todas las especies que están siendo explotadas por la industria alimenticia de una forma brutal”.

Sí. La senadora ha dicho “hembras de todas las especies”, “industria alimenticia” y “forma brutal”.

Hay un video. El testimonio. Que se trasmite en las redes sociales. Que se difunde masivamente. Que se vuelve “viral”. Y hay una senadora —esto lo supongo— orgullosa de lo que ha dicho.

Ahí la misma senadora continúa: “todas las hembras de todas las especies merecen vivir, son iguales a los humanos, todos somos iguales, todas somos iguales: las vacas, las puercas, las burras. Todas las hembras somos iguales”.

Sí. La senadora ha dicho “merecen vivir”, “todas somos iguales” y ha llamado por su nombre de especie a las “vacas, puercas, burras”.

Sigue la senadora con ese aire fanfarrón de saberlo todo. Remata con una oración que sabe a consigna libertaria:

“La lucha feminista si no es antiespecista no es”.

La senadora ha entrado triunfal a la plaza pública de las redes. Revientan comentarios. El hervidero de opiniones. Son reacciones, veredictos, juicios, bofadas, entrañas, vísceras del lenguaje ya normales en una semana normal de un país caótico por igual.

A la senadora se le tilda de loca. Ligera. Desmesurada. Hasta llaman en auxilio al Fray Bernardino, el hospital psiquiátrico más icónico del país. La senadora —esto también lo sospecho— ha logrado llamar la atención.

Sigue la semana, los días. Hay que “contextualizar” la declaración, argumentan en su defensa. Se requiere entender la filosofía, las razones, los conceptos del veganismo. Así se alcanza, con mayor mesura nos dicen, a descifrar los mensajes de la senadora. Escriben los otros doctos de las redes. Concursan. Habría que preguntarles a los veganos, reclaman. Incluso convocan a las lecturas de Peter Singer o J. M. Coetzee.

Sí, es una semana norma en la vida de las redes sociales en este país.

Pero qué es eso de oponerse al “especista”. Aquello a que refiere la senadora en el video donde se incluye ese lema que parece en desuso: “la lucha feminista si no es antiespecista no es”. Y es Liliana Felipe, la también icónica pareja de la senadora Jesusa Rodríguez, quien nos aclara el concepto:

“El ‘especismo’ es la discriminación que ejercemos los seres humanos contra los animales por considerarnos superiores.”

Sí, Lilia Felipe ha dicho: “discriminación”, “contra animales” y ha expuesto el móvil que lo origina: “por considerarnos superiores”. Y esto —lo supongo de nuevo— ha logrado mantener la atención.

Los mensajes se van descifrando: hay teoría, acción política, causa y ruta militante.

Sí. Es una semana, una sola muestra de una semana normal en la era de la Cuarta Transformación.

En la misma semana. Y en la misma ágora. Otra senadora. Sonorense. Lilly Téllez. De Morena. Otra orgullosa de la Cuarta Transformación. Desafiante. En el pleno. Agarra un pañuelo verde que es emblema de la campaña en favor del aborto legal y lo levanta con su mano izquierda como quien desprecia un trapo sucio. Erguida, solicita la palabra desde su curul a la presidencia del Senado.

Quiere dejar constancia. Que se registre en actas:

“Yo les pido que, así como yo no voy con ustedes a arrancarles el trapo verde del cuello, ustedes no vengan a imponerme un trapo verde que para mí significa la muerte”.

Y remata:

“Yo represento a muchas personas que creemos que el aborto es un asesinato”.

Sí, la senadora Téllez ha dicho: “no vengan a imponerme”, “trapo verde” y ha dado un significado a quienes lo portan: “muerte”. Además, añade un juicio: “asesinato”.

Y esto —lo supongo— ha logrado llamar la atención.

Sí, otra muestra más de una semana normal.

Sí, una semana normal, en este país, con sus políticos normales y con sus igualmente normales mensajes caóticos, inconexos, babélicos, inextricable e irresponsables como las burradas mismas.

Pero resulta que también transcurre una semana normal para las mujeres: la otra realidad normalizada.

O si se quiere, del trato normal para las mujeres en este país.

Esto es, 63 mujeres asesinadas en esa semana.

Esto es, nueve mujeres asesinadas al día.

Esto es, una mujer asesinada cada 160 minutos.

Esto es una semana normal para las mujeres en este país.

Y si atendemos a las cifras del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, las nueve mujeres asesinadas cada día son por golpes, estrangulamiento, asfixia, quemaduras o apuñaladas con tanta furia como cuando nos queremos deshacer de aquello que nos han educado a odiar.

Sí, una semana normal.

Una semana, en este país, con esos mismos cuerpos de mujeres asesinadas expuestos de forma visible en carreteras, terrenos baldíos, hoteles, bares o en el interior de casas abandonadas o derruidas.

Sí, una semana normal en este país.

Como el cuerpo de Renata Spencer hallado en un lote baldío en la colonia El Cerrito, del municipio de Tepeji del Rio de Ocampo, en Hidalgo, con huellas de vejación, acuchillada, desfigurada del rosto a golpe de estrellarlo contra el concreto. Un crimen normal, en una semana normal en la que acude la policía estatal y se percata de forma normal “que era una persona trans por las ropas que portaba”.

Sí, una semana normal, con todos sus días normales.

Como antier mismo, cuando un policía ministerial del Estado de México tomó de rehén a su pareja sentimental en su domicilio de la Colonia Antigua Argentina, en la Alcaldía Miguel Hidalgo, hasta que después de varias horas otros compañeros de la corporación lograron desarmarlo y liberar a su “presa”. Había golpeado a su pareja, sometido y la había encañado con arma de fuego.

Es una semana normal, en el México normal, donde 6 de cada 10 mujeres sufren un incidente de violencia. El 41 por ciento de ellas, son violadas.

Tan normal como en una estación cualquiera del metro, por ejemplo, en Coyoacán, donde una chica, Zué, por ejemplo, que acaba de librar un intento de secuestro. Que forcejea con un desconocido. Que es arrastrada hacia un coche.

Que grita. Que apenas y logra la atención de dos chicos que observan la escena y se acercan para atener el auxilio. Y el agresor, que se sabe descubierto, les asegura que “su” chica “está haciendo un berrinche” e intenta sin éxito distraerlos con un “ya vámonos para la casa”.

Sí, una muestra, una semana.

En el mes de la mujer.

La misma semana de vacas, puercas, burras.

La misma de los pañuelos verdes.

Solo una semana, con todos sus días normales: en este país.

Las mismas semanas con sus mismos políticos y sus mismas diatribas inconexas, irresponsables, vacuas.