Hace unos meses asistí a una fiesta de despedida a una excompañera de la preparatoria. Se pusieron las mesas para jugar beer pong,—en una modalidad que no conocía—, pero el perder no tendría chiste, si no había castigo.

Una de las asistentes de la fiesta —que no conocía— sugirió que el castigo sería “el juego de la chacha”.

La palabra “chacha” ya me daba indicios de qué se trataba, pero quería que alguna de ellas me lo explicara, porque me dio la impresión de que todos los presentes sabían qué era y lo aceptaban.

Pregunté a la persona junto a mí y me explicó que era “como ser la sirvienta de alguien y haces todo lo que te diga”. Alguien más añadió:"eres la esclava, te dicen qué hacer".

Para mi mala suerte y mal tino, perdí. Tenía que ser la "chacha" de alguien en esa fiesta. Cuando se estaba decidiendo a quién serviría, tomé la cerveza y les dije que no iba a jugar.

No era mi primera vez en una casa de esa zona, donde la mayoría tienen un patio al frente y otro atrás, con más de cuatro cuartos y tres baños. Pero sí era la primera vez que escuchaba ese “jueguito” y me heló la sangre la forma en la que todos lo aceptaron. Incluso, algunas contaron sus experiencias siendo las “chachas” de otras.

Una de ellas le dijo a su hermana, quien también estaba presente, que había exagerado la última vez que jugaron eso. En aquella ocasión, la gemela mayor le había ordenado que le hiciera la cena y prácticamente todo lo que ella dijera. El castigo entre las gemelas de 20 años había durado medio día, según su relato.

Aunque ninguna dijo si tenían trabajadoras del hogar en sus casas, por la zona en la que me encontraba, sabía que las tenían y solo podía pensar que esas mismas jóvenes que se dicen feministas en sus redes sociales son las llaman “chacha” a la persona que trabaja dignamente y que hace absolutamente todo.

No solo ese suceso me animó a escribir del tema. En una comida familiar —esas a las que desearías nunca haber ido— un tío empezó a preguntarle a la trabajadora del hogar por qué su hija era blanca y ella morena. "Se me hace que te la cambiaron", dijo.

Ese no fue el único comentario racista en contra de ella. Una prima y su novio, le decían "en broma" que en la calle debería "aclarar" que ella era la nana de esa niña, porque en su mundo racista y clasista no les cabía que Susana tuviera una hija de tez más clara.

Las trabajadoras del hogar no solo tienen que luchar por sus derechos laborales y que se los respeten, también deben hacerlo en contra del clasismo, racismo y discriminación que permean en esta sociedad que se jacta de ser abierta.

De dientes para afuera todos parecemos ser muy justos: el 91.8% de los mexicanos considera que el trabajo de las trabajadoras del hogar es poco valorado y la mitad de la población considera que las personas respetan poco o nada sus derechos, según la Encuesta Nacional sobre Discriminación 2017 (ENADIS 2017) .

¿Pero quienes son esas terceras personas? La encuesta sobre las condiciones laborales de las trabajadoras domésticas, realizada por el Conapred en 2015 refleja que el 14% de ellas fueron víctimas o supo de maltrato verbal (gritos, groserías, humillaciones) a compañeras y 10% sufrió o supo de tratos con desprecio a compañeras por su apariencia.

El pasado 15 de mayo el Senado aprobó reformas a las leyes Federal del Trabajo y del Seguro Social, en beneficio de las trabajadoras del hogar. Ella no tenían derecho a seguridad social o a recibir una pensión durante su vejez ni al servicio de guarderías porque hay quienes creen que no lo merecen o porque “como no saben hacer otra cosa...”.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación consideró que esta política es discriminatoria y una forma de violencia de género, por lo que ordenó en diciembre pasado al Instituto Mexicano del Seguro Social llevar a cabo un programa piloto para que formen parte del sistema de seguridad social como una obligación de sus patrones.

Más de 2.3 millones de personas se emplean como trabajadores del hogar en México, un país con gente ha sido injusto con ellas, la mayoría son mujeres.

De esta forma tendrán, por ley, derecho a vacaciones, pago de días de descanso, aguinaldo, acceso a guarderías, servicios de salud, pensión, alimentación y cualquier otra prestación que se acuerde.

La reforma se puede considerar una gran victoria; la discriminación y el clasismo aún continúan y esa es la verdadera lucha de todos los días.

El juego que me tocó ver entre gente de mi generación es una muestra de que esos lastres mentales persisten y se reproducen. No son chachas, sirvientas, muchachas o de las otras formas que se les ocurren. Son trabajadoras del hogar que deben tener un trato digno.

* ‘De mi ronca vulva’ es un espacio de opinión de las mujeres periodistas de mexico.com