Hay gente que se obsesiona con la música clásica, o los libros, el arte, los autos o la tecnología… yo lo hago con la cocina.

La comida tiene a veces una maravillosa virtud que no he encontrado en otra área de la vida: une hasta a los que no tenían razón para convivir y se vuelve un punto de partida.

La cocina siempre me llamó la atención: me encantaban los sabores raros. De pequeña los carniceros del mercado de Miramontes, frente a casa de mi abuela en la CDMX, cada sábado tenían para mí una tostada bañada en crema y queso. Y mientras los adultos hablaban, yo arrancaba algunos pedacitos de esos filetes crudos que estaban allí, dispuestos para ser comprados, y me los comía velozmente.

También robaba pequeños puñitos de hierbas de olor de los puestos y los guardaba en las bolsas de mis pantalones, los que después mi abuela me haría tirar porque “sepa Dios con qué agua habrán regado esas hierbas”. Recibía con todo gusto las muestras de fruta cortadas con cuchillos comunitarios y sucios, y la experiencia me llenaba la cara de restos de mangos, chicozapotes y naranjas jugosísimas.

En casa de mi abuela había siempre muchísima comida. Diario había café, adobos, moles, tamales, gorditas, frijoles, huevo, chilorio, quesos y todo lo que alguien originario de Durango pensaba que era la buena cocina. Desafortunadamente, jamás me enseñó a cocinar.

Ese conocimiento llegó tarde a mi vida. Exactamente a los 23 años, cuando decidí dejar la carrera de Medicina para irme a estudiar Cocina, después de poco más de tres años y medio de prepararme para ser médico. El día que me puse la camisa filipina para tomar mi primera clase se me salieron las lágrimas y pensé que había tomado la mejor decisión de mi vida. Y era verdad.

Estudié en una escuela rodeada de muchas otras personas que sí sabían prepararse algo más que un sandwich y me empeñé en saber lo más posible para compensar mis años de desventaja. Tuve que aprender a confiar en mi paladar: en lo que me gustaba, lo que me parecía que funcionaría, lo que había probado en mi infancia, lo que conocía de los mercados. Aprendí la diferencia entre el cilantro y el perejil, y me enseñaron –entre otros cientos de técnicas y recetas– a destazar un faisán, a embutir salchichas, a hornear, freír, a hacer un caldo y pasteles. Y fui muy feliz.

Aprender a cocinar, y conocer más sobre los ingredientes y sus procesos, me fue dando un poder absoluto sobre mi vida. Me conmovía ir a un restaurante y reconocer todos los sabores de un plato. Disfrutaba más cada momento en la cocina y, sobre todo, bailaba en mi lugar mientras probaba un bocado perfecto.

Cocinar me hizo sentirme parte de algo mucho más grande: un mundo de tradiciones, herencias, recetas, costumbres, familias, identidades y orgullo.

Descubrí que todo mundo tiene un plato que le remueve las entrañas y que las respuestas a la pregunta “¿Cuál sería tu última cena?” reflejan no solamente un antojo, sino un momento crucial en la vida de quien responde, algo que lo marcó para siempre en un bocado.

A la cocina le debo todo. Para mí fue y será siempre salvación y futuro.