Apenas cae la noche en la sede nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Aún faltan tres horas para que el árbitro electoral anuncie oficialmente al próximo presidente de México, cuando José Antonio Meade aparece en público para anunciar su derrota.

“En este momento habré de reconocer que, de acuerdo a las tendencias, fue Andrés Manuel López Obrador quien obtuvo la mayoría, señala con cierta pesadumbre. “¡Pepe, Pepe!”, grita la militancia buscando arropar a su abanderado que trata de lucir tranquilo, aunque a veces es inevitable verlo esbozar una que otra mueca de decepción o quizá de resignación. Sus ojos más bien reflejan tristeza.

Pepe está flanqueado por René Juárez, el líder nacional del PRI, y de Juana Cuevas, su esposa y mano derecha en esta campaña. Más distante aparece Aurelio Nuño, su coordinador de campaña, cuyo rostro no puede ocultar la molestia por la derrota o quizá aun no la asimila. Rara vez levanta la mirada que parece perdida en el horizonte.

Meade agradece el apoyo a todos sus colaboradores pero tan pronto intenta mencionar el nombre de su esposa se le corta la voz. Debe hacer una respiración para continuar con su discurso.

Los priistas se abrazan como si buscaran consuelo unos con otros. Es imposible no notar los ojos rojos de Claudia Ruiz Massieu o la tristeza en la cara de Javier Lozano. Los priistas de cepa como Manlio Fabio Beltrones, Miguel Ángel Osorio Chong o Beatriz Paredes simplemente no dieron la cara. Brillaron por su ausencia. Es así como el viejo partido que hace seis años había regresado a Los Pinos por la puerta grande hoy es echado de nuevo del poder.

La tristeza embarga a todos en el edificio de Insurgentes Norte 59. Los más realistas sabían que protagonizaban la crónica de una derrota anunciada por una campaña que nunca levantó. Hay otros rostros que más bien reflejan preocupación al saberse desamparados por el poder. Esos que pese a todas las señales de fracaso, pensaban que no todo podía acabar tan mal, que podían dar la sorpresa la noche de la elección, que su aceitada maquinaria política más el voto de un ejército de indecisos salvaría su barco del naufragio, con José Antonio Meade al timón. Se lo repitieron una y otra vez y hasta hicieron analogías mundialistas: si la selección mexicana, contra todo pronóstico, derrotó a la poderosa Alemania, ¿por qué ellos no podrían arrebatarle el triunfo a Andrés Manuel López Obrador?

Las encuestas de salida con los resultados de la elección para gobernadores difundidas a partir de las 6:00 de la tarde comenzaron a darles ese baño de realidad. De nueve gubernaturas en juego, solo en una —Yucatán— tendrían posibilidades de ganar. “Son solo encuestas de salida, no son los resultados finales”, se decía a sí mismo un miembro del staff de prensa del PRI. Hasta ese momento, ni Meade, ni su equipo cercano, ni la cúpula del partido asomaban aún la cabeza. La militancia tampoco se hacía presente: no había matracas ni porras, solo un silencio sepulcral.

Al final no fue necesario esperarse al resultado oficial. A las ocho de la noche Meade aceptaba la derrota. René Juárez asesta el nocaut a su militancia al señalar que de nueve gubernaturas en juego, sólo en Yucatán tendrían posibilidades de ganar.

Termina el discurso. Meade se va arropado por sus colaboradores más cercanos. Se va con la frente en alto y con ocho kilos menos. Apenas empieza la noche y la fiesta nunca llegó.

Y la esperanza murió con el "mero, mero"

El luto que se vive en los pasillos de esta sede no es el de aquel 27 de noviembre cuando Meade, el entonces secretario de Hacienda renunció a su cargo para buscar la candidatura del PRI a la Presidencia de la República. En ese momento la militancia entera había recibido la señal inequívoca de que el presidente Peña, conforme a la vetusta usanza priista, había elegido al delfín que les aseguraría retener el poder otros seis años.

Como en los viejos tiempos de “la dictadura perfecta”, a su destape siguió la cargada. Durante todo ese día Meade fue recibido con elogios, porras y vítores por todos los sectores del PRI. A donde quiera que se paraba la multitud estallaba en aplausos como si la elección estuviera cantada y en su pecho se hallara ya ceñida la banda presidencial. Después de todo era el hombre del presidente, el más capaz y experimentado para dirigir el país, el penta secretario —en dos sexenios había ocupado las carteras de Energía, Hacienda, Relaciones Exteriores, Desarrollo Social y de nuevo Hacienda— el funcionario honesto, el candidato ciudadano, el no priista que, sin embargo, había sido ungido con todos los usos y costumbres del PRI.

Su cara no podía ocultar la alegría de haber sido elegido como “el mero mero” en lugar de su compañero Miguel Ángel Osorio Chong, entonces secretario de Gobernación y quien aparecía en las encuestas como el aspirante priista más competitivo para hacerle frente a López Obrador.

Al no haber militado en el Revolucionario Institucional, en la cúpula del partido existía la esperanza de que Meade pudiera contrarrestar la pésima reputación que tenían. Él era el superhéroe capaz de salir ileso de los escándalos de la Casa Blanca, OHL, el socavón del Paso Exprés de Cuernavaca, Odebrecht y la Estafa Maestra. Con el tiempo se vio que no, y de alguna u otra forma terminó involucrado en los últimos dos.

El no priista, creían, podría lidiar sin problema con el historial de corrupción de los gobernadores que habían sido presumidos por el propio Peña Nieto como los exponentes de un “nuevo PRI” y que al final de su mandato terminaron prófugos o en la cárcel.

Los cálculos fallaron. Meade nunca pudo quitarse de encima la pesada lápida del partido y su candidatura se hundió. Sin importar las veces que cambió de estrategia durante su campaña —a veces aguerrida, a veces conciliadora, a veces usando el aparato del Estado— nunca pudo levantarse del tercer lugar en las encuestas. Fue de principio a fin una misión imposible.

Esta noche, a diferencia de aquel efusivo 27 de noviembre, los rostros alegres han mutado en sonrisas tímidas y la alegría se ha convertido en pesadumbre. Y mientras más avanzan las horas, se dan cuenta de la magnitud de la debacle.

Una herida más al dinosaurio

No es la primera vez que el fantasma de la derrota recorre estas oficinas. La sensación de fracaso no es un sentimiento extraño para un partido que tras gobernar siete décadas ininterrumpidamente fue vencido en las urnas a principios del milenio. La victoria de Vicente Fox sobre Francisco Labastida aquel histórico 2 de julio del año 2000 —el entonces panista ganó con el 42% de los votos frente a un 36% que obtuvo el priista— los había dejado estupefactos. Era su primera gran derrota y vendrían más.

En ese entonces se creía que el PRI estaba al borde de la extinción y que la hecatombe de los dinosaurios era inevitable. Los priistas no desaparecieron aunque sí llegaron divididos a los comicios de 2006. La consecuencia fue un nuevo descalabro al desplomarse al tercer lugar y conseguir apenas el 22.26% de los votos, el apoyo más bajo en toda su historia, al menos hasta ese momento.

Tras este segundo revés vino la revancha. Durante seis años prepararon cuidadosamente el as bajo la manga que los regresaría al poder. Día tras día trabajaron para construir en la persona del entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, la imagen de un político joven, bien parecido y representante de un “nuevo PRI”. La estrategia mercadológica funcionó y Peña Nieto se alzó con el 38.21% de los votos en 2012.

El sexenio que está por terminar lejos quedó de diferenciarse del viejo PRI. Los escándalos de corrupción sin castigo, la violencia sin control, la censura a la prensa, el espionaje a la oposición y los eternos problemas de pobreza y desigualdad marcaron la antesala de una nueva derrota, la de este 1 de julio. La señales estaban a la vista de todos, menos de algunos priistas que hoy miran desencajados cómo se les vuelve a ir de las manos el poder.